SIMPLIFICANDO MUCHO, y siempre desde el desconocimiento, podría caerse en el error de meter en el mismo saco a las más de 40 tribus kenianas. Exactamente igual que harían ellos con un vasco y un andaluz. Sin embargo, cada una de ellas –desde los maasai a los samburu– tienen unas raíces distintas que les alejan culturalmente y colocan a cada uno en su lugar. Eso sí, algo les asemeja: la blanca sonrisa con la que se dirigen al visitante extranjero mientras saludan con un karibu (bienvenido), y el amabilísimo trato que dispensan. Por lo tanto, es de la mano de un nativo como mejor se explora el país y como se aprende a liberar el espíritu aventurero. Cualquier camino conduce irremediablemente a alguna de las reservas del país, como el Maasai Mara, hogar por excelencia de los cinco grandes del país: el león, el leopardo, el rinoceronte, el búfalo y el elefante. Este último mamífero es también el principal reclamo de Amboseli, parque natural que alberga a más de 450 especies de animales y donde se encuentra la sede de la organización Save the Elephants, a través de la cual se puede apadrinar a alguno de los centenares de elefantes que quedan huérfanos a causa de la caza furtiva. Por otro lado, la reserva forestal de Kakamega es un recóndito lugar en la frontera con Uganda famoso por sus plantaciones de té y por albergar a diversas especies de primates: el mono de cola roja, el colobo blanco y negro y el mono azul. Y otra de las rutas atípicas es Sandbur, al norte, que se puede recorrer en camello, ya que alberga el mayor número de ejemplares de esta especie del país. Por último, las aguas alcalinas del lago Naukuru cobijan a la mitad de la población mundial de flamencos del mundo. Una cifra que tiñe de rosa el paisaje y que encandila a los amantes de las aves. Ante ellos, Kenia presume de contar con más de 1.300 especies de bípedos distintas, además de poseer el récord de más especies vistas en 24 horas. Kenia también cuenta con más de 480 kilómetros de litoral. Sus aguas cristalinas, junto a la arena blanca y el sonido de las olas rompiendo en los arrecifes de coral, hacen de sus playas un destino paradisiaco para los que buscan sol, relax y la sensación de detener el tiempo. Las playas ofrecen la posibilidad de practicar el esnórquel, el tablavelismo, el kitesurf o el submarinismo. Para este último, la reserva marina de Kisiite Mpunguti, al sur de Mombasa, cuenta con 39 kilómetros cuadrados de océano y con algunas de las mejores zonas para el buceo del país. Nadar entre los delfines de nariz botella o las tortugas Hawksbill es todo un espectáculo. Y también lo es hacerlo junto al tiburón ballena, el pez más grande del mundo. Un animal totalmente inofensivo –se alimenta de plantas– que puede llegar a medir unos 18 metros de largo y que se puede avistar cerca de Diani Malindi y Watamu. En canoa puede alcanzarse la isla de Lamu, donde resulta llamativa la fusión de culturas que allí conviven: restos de la musulmana, india o suajili hacen de esta isla un idílico enclave turístico. Y un lugar donde el único medio de transporte posible es el burro. Para digerir a buen ritmo tanta belleza.

CUMBRES DE GRAN ALCANCE

Kenia es también destino obligado para los amantes de la escalada: el impresionante macizo del Ol Okewe, 30 kilómetros al norte de la reserva de Samburu, cuenta con excelentes rutas para disfrutar de este deporte. Además, el país abraza la segunda montaña más alta de África, el monte Kenia, un volcán inactivo aislado entre otras montañas. Su ascensión, a través de un parque nacional, permite disfrutar de las inigualables vistas de naturaleza salvaje y de tres grandes glaciares. Batian es la cumbre más alta, con 5.199 metros de altura. Y a pesar de que el Kilimanjaro se encuentra en Tanzania, se dice que las mejores vistas solo se consiguen desde el parque keniano de Amboseli, ejemplo típico de sabana africana, que entronca con la idea del paraíso. No en vano, los antropólogos suelen definir a Kenia como la cuna de la humanidad. Qué gran infancia tuvimos.