La comarca del Pla es un regalo de tradición, paisajes serenos y relajados biorritmos para disfrutar de una escapada con la tranquilidad como única compañera de viaje. 

Texto David Revelles. 

MallorcaEN LA ISLA de Mallorca hay un rincón en el que sosiego, biorritmos relajados y paisajes serenos son la norma. Ese secreto que bien pudiera encajar en la esencia de lo que el pintor Santiago Rossinyol definió como “la isla de la calma” lo encarna el Pla de Mallorca, un retazo de genuinidad mallorquina. Y es que en esta comarca apenas hollada por el turismo masivo y en la que se arraciman pueblos como Montuïri, Llubí, Sencelles o Sineu, la vida sigue su curso al compás de usos y costumbres ancestrales. Aquí no hay ni mar ni paseos marítimos ni muchos turistas; aquí solo hay molinos de viento, santuarios y tranquilidad. Quizás por eso no es extraño que fuera aquí donde el filósofo, místico y poeta mallorquín del siglo XIII, Ramon Llull, encontrara la inspiración en las cuevas cercanas al Puig de Randa, monte que se otea desde la carretera que comunica Palma con Algaida.

Paisaje y sabores. Son muchos los motivos y atractivos que invitan a descubrir el Pla, territorio de payeses con frentes tintadas por el sol, de excelentes ensaimadas y de mejores sobrasadas y vinos. La mayoría de los turistas que recorren esta tierra saben que uno de sus mayores reclamos son sus intactos paisajes rurales y la belleza natural de su horizonte. En primavera, los caminos son un festival de almendros en flor, de flores amarillas y de verdes imposibles mientras la arquitectura popular de pared seca –paredes de piedra apiladas sin argamasa– crea geometrías imposibles al bordear los caminos.

Los amantes del turismo activo entre paisajes idílicos disfrutan a lo grande del Pla siguiendo las dos principales rutas de cicloturismo –Santa Eugènia-Sencelles (21 kilómetros) y Algaida-Pina-Ruberts (25,5 kilómetros)– que atraviesan la comarca. En su caso, como si el recorrido se hace en coche, a pie o incluso a bordo de un globo aerostático, el resultado siempre es el mismo: una completa fascinación por la variedad de los colores de la tierra (roja en Sencelles, blanquísima en Vilafranca) y por su paisaje calmo. No es para menos. Los caminos del Pla, como el que recorre la carretera que une las localidades de Montuïri y Sineu, la capital de la comarca están siempre jalonados por molinos, talaiots (como el de Son Fornés), cuando no con rebaños de ovejas conquistando la calzada.

Pueblos con encanto. Sin duda, uno de los atractivos de recorrer el Pla es descu- brir la vida relajada y las tradiciones de los 14 pueblos enmarcados en la comarca. En este sentido, una de las citas inexcusables de toda visita a la región, sobre todo entre los meses de julio y septiembre, es disfrutar del Festival Internacional Mancomunitat Pla de Mallorca, conciertos de música clásica en iglesias y santuarios de pueblos como Ariany, Costitx o Lloret de Vistalegre.

Un excelente punto de partida para recorrer la comarca es Sineu, antigua morada de los reyes de Mallorca. Allí se encuentra el palacio de los Reyes de Mallorca, construido en 1309 sobre lo que era el alcázar del emir Mubaxir. Otras interesantes coordenadas de la comarca son las poblaciones de Sant Joan y Algaida. De la primera, sobre todo para los amantes de la historia, destacan las necrópolis de época talayótica de Carrutxa y Son Gil, mientras que de Algaida destaca su coqueta fisonomía urbana entre almendros y las ondulaciones que ascienden hasta Randa, la montaña más alta del Pla y la mejor atalaya para otear el interior mallorquín.

Ni que decir tiene que cualquier recorrido por los pueblos y aldeas del Pla es el mejor modo de empaparse de esta tierra, sobre todo a través del olfato y el paladar que emana de algunas de sus delicatesen autóctonas. Un sencillo pa amb oli (pan con aceite) con aceitunas, hinojo marino, alcaparras de Llubí o vino de las bodegas Miquel Oliver (Petra) o Macià Battle (Binis- salem) obran el conjuro. Los gurmets más avezados saben que el Pla es un territorio digno de cualquier ruta gastronómica.

El tiempo se detiene ante unas buenas panales (empanadas), un frit mallorquín, un tumbet de pescado o un arroz brut. Por si fuera poco, los productos típicos mallorquines tienen en el Pla un gran protagonismo. Por ejemplo, la ensaimada, el suvenir gastronómico por excelencia, tiene en Ca’n Mateu d’es Forn, en Sant Joan, su sancta sanctorum, mientras que Ca’n Felip es, según los entendidos, uno de los mejores lugares de la isla para saborear la clásica sobrasada.

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