Más de 470 años de magia, mitos y leyendas que se condensan en una urbe con una climatología privilegiada

“Me bastó dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza, a la luz malva de las seis de la tarde. Y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer”. Así recuerda Gabriel García Márquez el momento en el que quedó unido para siempre con Cartagena de Indias. Con el tiempo, el premio Nobel se inspiraría en algunas de sus casas, callejones y plazas para dibujar en su mente los escenarios de Del amor y otros demonios y El amor en los tiempos del cólera. No conforme con disfrutar de la ciudad únicamente en sus frecuentes visitas, el novelista colombiano acabó haciéndose con una propiedad en el corralito de piedra, como se conoce popularmente a la ciudad. Juanes, Shakira o Julio Iglesias son otros de los famosos que han adquirido una vivienda en Cartagena, declarada por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1984.

La villa original fue fundada por Pedro de Heredia en 1533, convirtiéndose pronto en uno de los puertos más importantes de toda América. Y aunque sus calles empedradas aún guardan rastros de aquella época de próspera actividad comercial, su estratégica ubicación –a orillas del mar Caribe– ha dado a Cartagena otra clara ventaja competitiva: su atractivo turístico. Muy cerca de la ciudad amurallada se encuentra el barrio de Bocagrande, lleno de restaurantes y discotecas, que aprovechan el tirón de las playas (las mejores están en las islas del Rosario, Barú y San Bernardo). También hay modernos hoteles, que convierten la ciudad en sede constante de eventos, congresos y encuentros de empresarios, jefes de estado e intelectuales. Como alternativa de hospedaje hay quien prefiere escoger tradicionales hoteles coloniales o exclusivos boutique, como el Anandá (www.anandacartagena.com).

En los días de sol, Cartagena vibra de forma especial, gracias al colorido de sus fachadas, y la brisa del mar llega a la costa para refrescar el recorrido por los callejones de la ciudad antigua.

A ella se accede a través de la torre del Reloj aunque, paradójicamente, al atravesarla, se pierde la noción del tiempo. Es placentero recorrer sus calles sin prisas, contemplando las muchas construcciones coloniales y descansando en alguna de las 16 plazas del casco viejo. Entre ellas destaca la de Santo Domingo, con su iglesia homónima, rodeada de cafés, terrazas coloniales e impresionantes balcones y donde, durante el siglo XVII, se llevaron a cabo las ejecuciones de la Inquisición. También la plaza de San Pedro, construida en honor a San Pedro Claver y en reconocimiento a la labor de este misionero y jesuita español a favor de los esclavos procedentes de África.

Al llegar a las Bóvedas, es difícil resistirse al encanto de las pequeñas tiendecitas de antigüedades, artesanía, joyería o trabajos en cuero. Es el lugar donde los turistas suelen proveerse de los regalos más auténticos y originales, y donde degustar algunas de las delicias de la gastronomía local, como la arepa de huevo y las carimañolas, ambas típicas frituras cartageneras.

Con el estómago lleno se acomete mejor la visita al castillo de San Felipe de Barajas, sobre la colina de San Lázaro, o a los diversos museos de la ciudad: el del Oro (el más bello testimonio de la cultura zenú), el de la Esmeralda (para los amantes de esta piedra preciosa) o la Casa Rafael Núñez, el que fuera presidente del país a finales del siglo XIX.

Salir de rumba. Al caer la noche, Cartagena es cálida, irradia luz propia, cobra vida y se transforma. La gente sale de fiesta –de rumba, se dice allí– a la calle del Arsenal, con sus animados locales. Y en caso de que Cartagena de Indias acoja algún evento de gran envergadura, no hay que preocuparse por dónde ir, porque la ciudad al completo se viste de fiesta.

Los más importantes son el Festival de Música Clásica (que justamente se celebró la semana pasada), el Hay Festival (del 26 al 29 de enero, con eventos sobre temas candentes como pensamiento filosófico, gastronomía, sociología, psicología y danza), las fiestas religiosas de la Popa y de la Virgen de La Candelaria (en febrero), las fiestas de la Independencia (en noviembre), el Festival de Jazz o el Festival Internacional de Cine (ambos a finales de año).