A OJOS DE LOS EUROPEOS resulta imperceptible distinguir las particularidades de las tres repúblicas bálticas. Situar en el mapa Letonia, Estonia o Lituania, sin titubear, se presenta como un sudoku difícil. A los españoles quizás les suene Tallin por Eurovisión y recuerden a Rosa de España paseando por las calles de la ciudad estonia con su coro de triunfitos y con los nervios a flor de piel horas antes de romper en el escenario con su Europe is living a celebration. Pero al igual desconocen que Tallin, además de ser la capital, es el principal puerto marítimo de Estonia y que está situada en la costa norte del país, en el golfo de Finlandia, a 80 kilómetros de Helsinki. Tallin es una de las ciudades medievales más bellas y mejor conservadas de Europa. La clave de su atractivo se esconde en la capacidad de conservar lo viejo y permitir que a su lado nazca lo nuevo, adaptándose al mundo actual e intentando, al mismo tiempo, crear un terreno propicio para la irrepetible cultura local. Ahora, cuando ya han pasado quince años desde su independencia de Rusia, se valora especialmente en Tallin el entrelazado de diferentes culturas y el encuentro entre este y oeste. La capital es una mixtura de diferentes épocas e influencias. Junto a la ciudad hanseática, que se formó en los siglos XIV y XV, se encuentran mezclados los barrios de casas de madera para los trabajadores de la época zarista, los edificios monumentales del periodo soviético y los rascacielos de cristal de la ciudad nueva de los años 90. La ciudad estonia ofrece un escenario magnífico para la filmación de películas, pero al lado de estas simulaciones cinematográficas persiste su auténtica belleza y sus singulares espacios urbanos.

LA PRAGA DEL NORTE
Tallin fue aceptada en 1248 como miembro de una de las organizaciones comerciales más importantes de la edad media –la Liga Hanseática– y creció hasta llegar a ser en el siglo XV uno de los más importantes puertos y centros comerciales de la liga en el este. De ese periodo provienen gran parte de los edificios magníficamente conservados con altos tejados de la ciudad antigua (declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997), cuatro grandes iglesias góticas y el ayuntamiento. Esta fisonomía es la que le ha valido a esta ciudad báltica el sobrenombre de la Praga del norte de Europa. Las calles estrechas y empedradas, flanqueadas de edificios unidos unos con otros, con sus pequeños patios interiores y las altas murallas de piedra, de cuya longitud original se han conservado dos tercios junto a 26 torres de defensa, hizo de este lugar un romántico objetivo de viaje ya a finales del siglo XIX. Si en París es obligatorio subir a la torre Eiffel, en Tallin hay que ir a la torre de Oleviste. Construida en el siglo XV, fue en su época el edificio más alto, con 159 metros de altura, y un punto terrestre de referencia, fácilmente visible desde el mar. Después, la torre fue quemada y, tras una reconstrucción, su altura actual es de 123 metros. Gran parte de la magia de la ciudad vieja no reside sólo en su singular herencia arquitectónica, sino en el hecho de que ha continuado siendo el centro de la vida cotidiana. Los habitantes han apostado por los lugares de ocio y han construido, con especial diligencia, salas, cafés y clubs para todos los gustos. En Tallin la cerveza es dos veces más barata que en cualquier otro lugar del hemisferio norte, pero el precio de la entrada para los clubs supera a las capitales cercanas. Después de la fiesta, la ciudad ofrece muchas posibilidades para relajarse: pasear por las calles antiguas, caminar las pasarelas de madera de los pantanos, escalar por acantilados de piedra caliza o disfrutar de un plato de arenques con requesón fresco. Tallin es una auténtica perla a orillas del mar Báltico.