UN JOVEN ESTUDIANTE llamado Albert Einstein reposaba su músculo pensante en las terrazas de Zúrich. Era un alumno aventajado del Politécnico Federal; uno de los muchos mozalvetes que apuraban una pinta embobados por un límite alpino de blancas cumbres y edificios de historia vertical. Lo cierto es que no tuvo mal gusto: casi un siglo después, la prestigiosa consultoría William M. Mercer sitúa a esta ciudad suiza en cabeza mundial en calidad de vida. Pero no hay que llevarse a engaños: nadie pone rumbo a un rincón del planeta porque sepa que en él se vive bien. En Zúrich, ese bienestar es un complemento indirecto de una oración llena de circunstanciales. La región es ideal para el ocio y la diversión, el turismo cultural y el disfrute gastronómico. Suaves colinas, bosques silenciosos, un lago y un río de leyenda, vida nocturna, fiestas alocadas y bocaditos de historia y cultura. Zúrich no supera los 370.000 habitantes. Bancos y compañías de seguros son el motor económico de una ciudad con una de las rentas per cápita más envidiables del mundo y un sistema político que basa en el referendo las decisiones que afectan a la población. Un ejemplo: en el mes de mayo del 2000, los ciudadanos decidieron, con un 53% de los votos, reducir los sueldos de los miembros del Consejo de Gobierno municipal. CÓCTEL DE LUJO Algunos verán en Zúrich una ciudad para carcas, amantes del orden y fanáticos del silencio. Apuesten a que no se han molestado en pasar una noche en sus bares, discotecas y locales musicales. Una prestigiosa revista italiana de viajes definía esta metrópoli como “un cóctel mixto compuesto por Nueva York, Londres y Berlín”. Más de 300 locales nocturnos acreditan esta arriesgada declaración. En invierno, a cubierto en antiguas lecherías convertidas en clubs de moda. En verano, cine al aire libre frente al lago, terrazas y festivales de renombre internacional. ‘STREET PARADE’ Entre todo ese jolgorio nocturno, hay una cita ineludible. El segundo fin de semana de agosto, Zúrich celebra la Street Parade, que este año barrió su 12ª edición. Este desfile del amor reúne a más de un millón de personas de todas las edades y procedencias al son de la música techno. Las carrozas debidamente engalanadas discurren por la ladera del lago y finalizan su recorrido ensordecedor en Hafendamm Enge. Más de siete horas de baile y diversión que pasan de la calle a las multitudinarias fiestas que se organizan en locales de toda la ciudad. Tampoco vayan a pensar ahora que Zúrich vive bajo un influjo de cachondeo y desfase constante. ¿Para qué iba a tener sino 50 museos y 100 galerías de arte? La ciudad ofrece al visitante una oferta cultural muy atractiva. Cuenta con un auditorio de conciertos, el Tonhalle, con una de las mejores acústicas del mundo, y el Teatro de la Ópera, un imponente edificio que acoge ballets y óperas de reconocido prestigio a nivel mundial. En cuanto al arte, cabe destacar el Museo de Bellas Artes, donde destacan las obras de Giacometti, el Rietberg, dedicado al arte extraeuropeo, sobre todo el que llega de la India, China, Japón y África, y el Museo Nacional, un castillo de cuento de hadas que alberga una muestra que repasa la historia del país desde la Edad Media. Para los amantes de las rarezas, Zúrich esconde, entre otras peculiaridades, exposiciones dedicadas a los relojes, las muñecas o los objetos domésticos de los suizos. BELLEZAS DE ALTURA En el apartado de templos, Zúrich tampoco decepciona. En el skyline de la ciudad sobresalen tres edificios. Grössmunster es la catedral románica del siglo XII y está considerada como el origen de la Reforma en Suiza. Rivalizando en belleza, al otro lado del río se encuentra la iglesia Fraumünster, donde destacan los cinco vitrales de Marc Chagall. Muy cerca también se levanta la iglesia de San Pedro, que contiene la mayor esfera de reloj de iglesia de toda Europa con un diámetro de 8,7 metros. Fiesta, arte, arquitectura, cultura y tradición. ¿Un poco de deporte? Sin problemas, Zúrich ama el ejercicio físico. Bicicleta o senderismo por los montes que rodean la ciudad, voley-playa en el centro y footing por la bahía del lago. Así que ya saben: olviden ese tópico de que en Suiza sólo hay Toblerone y relojes y preparen la maleta para un destino de una calma excitante