La Speyside, la tierra que hace posible la elaboración del mejor whisky de malta, se encuentra a medio camino entre dos de las principales ciudades de las tierras altas escocesas: Inverness y Aberdeen. En ambos casos, la distancia es de unos 80 kilómetros. Inverness está emplazada en la ribera del río Ness, que alimenta al lago del mismo nombre, hogar del monstruo más popular del mundo. Por su parte, Aberdeen es el motor económico de la zona, alimentado por la industria petrolífera. Sus casas fueron construidas con granito gris plateado, por lo que la ciudad entera resplandece los días de sol.

LA ESCOCIA auténtica, al menos la que todo el mundo tiene en la cabeza, se encuentra al norte, en las Highlands. Paisajes que hacen temblar las piernas, impresionantes acantilados que se enfrentan sin miedo al Mar del Norte, playas de arena que consiguen hacerse un hueco entre las rocas, enigmáticos bosques de abedules y castillos medievales que vigilan sus posesiones desde posiciones privilegiadas. Al este, además, protegida por los montes Grampianos y regada por el río Spey se encuentra la que muchos consideran la tierra prometida, la Speyside, la zona donde se elaboran los mejores whiskys de malta del mundo gracias al cultivo de cebada de calidad y a la pureza de las aguas de sus manantiales. El noreste escocés se sustenta sobre tres pilares, que ningún visitante puede dejar de lado. Su inacabable y escarpada costa, sus castillos y, por supuesto, sus destilerías. En el primer caso, basta con recorrer una parte de los 240 kilómetros de línea costera y descubrir entre los rocosos acantilados un camino que baja hacia playas de fina arena, muy poco concurridas. Y con cierta regularidad se llega a pequeños pueblos de pescadores, que infunden fuerzas a base de platos de pescado recién traído de mar adentro. Para ver castillos, es una buena idea dejarse guiar por la Castle Trail, un itinerario que conduce a 13 construcciones que, a pesar de que algunas están en ruinas, aún conservan su magia, como Craigievar, Kildrummy o Dunnottar.

UN BARRIL CON NOMBRE Y APELLIDO
Poca gente puede disfrutar de una serie de botellas de whisky Glenfiddich exclusivas. Un privilegio que está a la altura de nombres ilustres como la reina Isabel II o el príncipe Federico de Dinamarca. Ahora, sin embargo, se abre la esperanza para aquellos plebeyos que no gozan de honores reales, pero que sí tienen la capacidad de desembolsar más de 69.000 euros (siguen siendo muy pocos, en cualquier caso). La compañía escocesa propone, a través de la denominación Glenfiddich Private Collection, una visita de dos días a la destilería de Dufftown para participar desde el primer momento en el proceso de selección de la añada que conformará un barril propio y personalizado. El invitado, junto a un acompañante, realizará un recorrido por las instalaciones de la mano del maestro mezclador David Stewart, quien seleccionará ocho muestras de la añada elegida para que los interesados puedan escoger la que conformará su barril. Algo que, según explican, garantiza la exclusividad de poseer un licor único. Una vez seleccionado, se procederá al embotellado de entre 200 y 500 botellas personalizadas y numeradas de forma manual. Luego serán introducidas en una caja de madera de cerezo junto a un manual de cata. Un lujo solo para privilegiados.

La otra propuesta de la zona también viaja años atrás, pero sigue tan vigente como entonces. La Malt Whisky Trail conduce hacia las siete destilerías más importantes de la zona construidas alrededor de Dufftown, abiertas todo el año para mostrar como se elabora en ellas el agua de vida (traducción de la palabra gaélica uisge beatha, que designa al whisky). Una de ellas es la del Valle del Ciervo, es decir, Glenfiddich, en la que se elabora el whisky más vendido en todo el mundo.

ALTO RANGO
Llegar hasta allá requiere enfrentarse a una carretera llena de curvas, pero el viaje tiene premio. Primero porque uno puede alojarse, muy cerca de la factoría, en todo un castillo de alto rango. El edificio que ahora alberga el Macdonald Pittodrie House (www.macdonaldhotels.co.uk) fue construido en 1865 y, a pesar de que fue modernizado en el 2004, conserva en buena medida su estructura clásica, con los torreones, las escaleras en espiral, los muebles de la época y los retratos de todo el árbol genealógico de la familia propietaria colgados de las paredes. Desde allí, la destilería Glenfiddich queda a muy poca distancia, y la visita a sus instalaciones es gratuita. Antes de comenzar el itinerario, una película explica los orígenes de la compañía y todos los pasos que se siguen a la hora de elaborar el whisky. A continuación, llega el momento de que la teoría se convierta en práctica. En el mismo corazón de la factoría, el visitante siente en sus carnes el calor que sube del tonel de triturado y los vapores cálidos que emanan de los toneles de cinco metros de altura, para acto seguido, descubrir como los artesanos miman el producto, que luego va a reposar a los silenciosos almacenes. La última escala es la sala de embotellado, donde el whisky se prepara para recorrer mundo. Finalmente, y como no podía ser de otra forma, llega el momento de probar el resultado en el granero de malta de la factoría. Para los que quieran información más exhaustiva, también hay la posibilidad de contratar un tour con acceso a todas las áreas de la fábrica, con expertos guías de la casa, que acaba con una extensa sesión de degustación. Algo que permite confirmar, por si quedaba alguna duda, que esta tierra es realmente especial.

www.visitbritain.es
www.glenfiddich.com.es

TEXTO EDUARD PALOMARES