NO TODO EL MUNDO nace con la sensibilidad necesaria para apreciar la belleza en el arte, para emocionarse con la vibración de las cuerdas de un violín o comprender la gravedad de un sentimiento con sólo atender una mirada. Igualmente, no todos somos capaces de ensanchar el alma para dar sentido a los estímulos que se desprenden de una experiencia, para moldearlos en forma de palabra, para alejarlos de la sutileza de lo etéreo y ponerlos de relieve y al alcance de la mayoría. Pero, en cualquier caso, hay circunstancias de tal armonía que incluso conmocionan al menos sensible, tentándole a ver más allá de lo que captan sus ojos, incitándole a liberar sus percepciones y empaparse de realidad. Ocurre a menudo en contacto con la naturaleza, tal vez porque se retoma el estado consustancial de la especie, del que fuimos arrebatados por las grandes ciudades. Por eso, cuando regresamos a ese contexto natural, parece que nuestros sentidos se desperezan y somos capaces de activar aquella receptividad perdida. Así ocurre en el contexto del Parque Nacional de Lake District, rincón de poetas y uno de los más bellos de Inglaterra. Las cumbres más altas del país, aldeas con sabor a tiempos pasados, mercados de hortelanos, artesanos locales y aire puro en un condado de 16 lagos, valles escondidos y tierras remotas. El Parque Nacional de Lake District se puede recorrer de muchas maneras, pero una de las mejores puede ser combinando el turismo más activo con el reposo en los excelentes restaurantes y acogedores hoteles que ofrece la región. Lo más aconsejable es combinar los días de actividades al aire libre con las visitas a los pueblecitos más típicos de la zona. La ruta bien podría comenzar en Grasmere, con sus cabañas de pizarra encajadas en estrechas callejuelas. Su visita es ineludible, puesto que allí se encuentra el Dove Cottage, casa museo del poeta romántico William Wordsworth, donde vivió con su familia durante nueve años y el lugar donde escribió algunos de sus más famosos poemas, inspirados por el paisaje que le rodeaba. En Grasmere, el gingerbread constituye una parada gastronómica obligatoria. Este pan de jengibre se sigue haciendo con la misma receta con la que Sarah Kemp lo dio a conocer en 1860. Hoy es un comercio que conserva toda la tradición artesana y en el cual se pueden adquirir también productos como mantequilla de ron, pastel de menta, toffees, trufas o cerveza de jengibre. Una degustación a la que uno no puede negarse.

CASAS MOLINO
Un poco más al sur se encuentra Ambleside, un pueblecito de postal con casas de piedra al borde mismo del lago Windermere. En él se puede visitar la encantadora Bridge House, una de las casas más pequeñas de toda Inglaterra. Como su nombre indica, ésta era una de las muchas casas molino de Ambleside, ya que el pueblo está recorrido por numerosos riachuelos. Como colofón gastronómico, no hay que perderse el imprescindible Lucy’s of Ambleside, una fabulosa combinación de delikatessen, cafetería y restaurante. Un concepto único creado para relajarse, charlar, comer, beber o leer el periódico tomando un té sin preocuparse del reloj. Si se busca una opción más sofisticada, vale la pena dirigirse al restaurante del Hotel The Samling, una perfecta mezcla de imaginación y los productos locales más frescos, por lo que ha sido merecedor de una estrella Michelin.

LA COTIDIANIDAD
La siguiente parada es la animada y pequeña ciudad de Bowness-on-Windemere, repleta de tiendecitas, talleres de artistas, restaurantes y bares musicales y, por tanto, un lugar perfecto para hacer compras y conocer el lado más cotidiano de los habitantes de la zona. Totalmente recomendable es hacer una parada en la Blackwell House, interesante edificio construido en 1898 que supone la quinta esencia del movimiento Arts and Crafts de Cumbria. No en vano, conviene recordar que el Lake District era el lugar donde los industriales del norte decidían jugar a ser aristócratas, por lo que es fácil encontrar museos, hoteles y spas situados en fabulosas mansiones. En esta zona del parque el alojamiento a cuerpo de rey corre a cargo del Linthwaite Hotel. Sus cuidadas habitaciones, el jardín de 14 acres rodeado de un bello bosque y su magnífico restaurante lo hacen perfecto para una escapada romántica. Otra estupenda elección es el delicioso Gilpin Lodge Country House, una espléndida casa del siglo XIX donde, además de alojarse, se pueden probar los productos de las granjas de la zona. El restaurante de referencia en la zona es Holbeck Ghyll: una estrella Michelin premia su cocina, en consonancia con la solemne decoración en roble y las relajantes vistas sobre la profundidad del lago.