La continua inversión en la última década ha posibilitado que el puerto barcelonés esté listo para recibir los cruceros de más tonelaje. La comodidad y la seguridad son las consignas

LA CARRERA de Barcelona para ser número uno de Europa no habría sido posible sin un esprint paralelo para contar con las más modernas terminales de Europa. Tienen capacidad incluso para albergar, si llega el momento, a los barcos récord del momento (más de 6000 pasajeros) que hasta ahora solo surcan el Caribe. Tras cinco años de frenéticas obras y mejoras, este año han constatado que pueden responder con solvencia ante días punta con más de 30.000 viajeros.

La Autoridad Portuaria de Barcelona y la comunidad portuaria han ido de la mano para que la gran transformación del muelle Adossat fuese una realidad. Como recuerda Carles Domingo, responsable de Creuers de Barcelona, la empresa privada que gestiona las grandes terminales públicas (donde atracan las navieras que lo deseen) de Barcelona, no quedan tan lejos los días en que las del muelle del World Trace Center bastaban para acoger los barcos que como mucho transportaban a un millar de pasajeros. Corría el año 2000 y en el puerto tenían claro que había que avanzarse a lo que estaba por llegar, cuando el Adossat sería el gran muelle estratégico.

En el 2005 nació la actual Terminal B y se remodeló la C, mientras que la flamante y generosa Terminal A estuvo lista en el 2008. Sin contar la D, o Palacruceros, exclusiva del grupo Carnival. La gran ventaja es que al contar con doble finger o pasarela, pueden embarcar y desembarcar pasajeros simultáneamente por proa y popa de los barcos, sin que el pasaje se mezcle con las mercancías.

El que no haya visitado nunca las terminales se sorprenderá al saber que la tremenda operativa de desembarcar a 4.000 personas de los grandes cruceros se completa en 2,5 horas, con la suficiente sincronía para que el viajero se encuentre sus maletas tan pronto se apea del buque. Domingo presume de que jamás se pierden maletas. Y no hay que perder de vista un dato: por las terminales barcelonesas pasan cada año unos 3,25 millones de maletas. Y más de 7.000 personas como media diaria, aunque en verano haya cifras mucho más altas.

A la inversa, desde el momento en que se inicia el proceso de embarque, se activa todo un círculo logístico para que el equipaje llegue muy poco después que el viajero a su camarote. Curiosamente, la seguridad es la consigna máxima, por lo que ni una maleta entra en la zona de check in sin haber sido revisada previamente en la entrada, al contrario que sucede en los aeropuertos.

En una terminal como la de Barcelona, el crucerista se olvida de su maleta a las puertas de entrada (si no ha contratado el servicio directo desde el aeropuerto) y el personal designado para la manipulación de equipajes se hace cargo, lo escanea, lo introduce y lo traslada al barco. Mientras, el viajero accede a una de los hasta 46 mostradores habilitados en alguna de las terminales, donde el personal contratado por cada consignatario atiende al público y les facilita los sea pass o tarjetas identificativas para entrar en el barco, empezar sus vacaciones, acceder a sus camarotes y cargar en su cuenta con los gastos que realice a bordo.
Esta operativa, que precisa de “coordinación suiza” –explica Domingo- cuando se habla de miles de viajeros embarcados en unas pocas horas, ha valido numerosos premios internacionales al puerto de Barcelona por su eficiencia y seguridad, algo que valoran como nadie los viajeros estadounidenses.

Seguridad doble, no solo en los continuos controles a la entrada de los barcos, si no también en los sistemas de anclaje automático de las pasarelas que evitarían accidentes y caídas incluso en el remoto supuesto de que un barco se desamarrase y la pasarela quedase desconectada.