TAN CARGADA DE HISTORIA como moderna, tan monumental como tranquila, tan agradable para pasear como para disfrutar del burbujeante ambiente estudiantil, Lieja, la capital de la Valonia, se despliega a orillas del Mosa, el río que hace de ella un pequeño París. Ciudad episcopal milenaria, cuna de personajes tan diversos como Carlomagno o Georges Simenon, el autor del famoso comisario Maigret, Lieja atesora miles de años de historia, de entre los cuales destacan los ocho siglos de grandeza como principado independiente. Buena prueba de este esplendor es, precisamente, el palacio de los Príncipes Obispos, el edificio gótico civil más amplio del mundo. Una construcción elevada en el año 1000, incendiada y reconstruida en varias ocasiones, cuyas últimas ampliaciones y fachadas datan de los siglos XVIII y XIX. Destacan sus famosas galerías, cuyas bóvedas descansan sobre 60 columnas decoradas con figuras humanas fantásticas y máscaras grotescas.

LUGAR DE CONTRASTES

Lieja es hoy una dinámica metrópoli y también un prestigioso centro de arte. Pero para el visitante lo más importante es su casco antiguo y sus zonas peatonales, donde es posible pasear tranquilamente mientras se descubren los tesoros que han dejado los siglos, se visitan los numerosos e importantes museos, se contemplan los escaparates de las tiendas de lujo o los establecimientos especializados. Luego, las terrazas de los cafés, las tabernas tradicionales o los bistrots frecuentados por los estudiantes invitan a descansar y a disfrutar de una cerveza que fluye fría y abundante. Descubrir Lieja –dicen– es aprender a vivir la vida sin prisa. Y esto es también cierto durante la noche, cuando la gastronomía constituye una tentación para cualquier gurmet, mientras las discotecas y los cafés concierto –con actuaciones en vivo y la sentida música de los acordeones– conjugan su presencia con los clubs.

PATRIMONIO HISTÓRICO

Pero lo que no debe olvidarse en Lieja es su patrimonio arquitectónico, con la catedral de Saint Paul, las antiguas iglesias, el ayuntamiento, las fuentes bautismales de la iglesia de Saint-Barthelemy, la estatua ecuestre de Carlomagno y, por supuesto, Le Perron, el monumento más famoso de Lieja y símbolo de las libertades de una ciudad en la que es fácil sentirse libre.