UNA DE LAS MEJORES formas de conocer una ciudad es perderse en ella, caminar por sus calles sin rumbo fijo y con el mapa guardado en el bolsillo solo para emergencias. Premisa básica en el manual del buen viajero que, de todas formas, no es válida para todas las ciudades, sobre todo sin son capitales. Aplicarla en Berlín sería un suicidio, pero en Lisboa alcanza todo su sentido. La llamada ciudad blanca –por la luz que desprende– vive volcada en sus calles. Nada mejor que recorrer de arriba abajo sus barrios históricos para descubrir la auténtica capital portuguesa, con el olor a mar que se cuela desde la desembocadura del Tajo, sus cuestas imposibles, sus tranvías y el sonido de los fados que inunda el aire con historias de amor despechado, soledad y nostalgia. Como el blues del Mississippi, como el tango porteño. Comenzar por el Bairro Alto es una buena opción. Esta zona se ha convertido en una de las zonas más atrayentes de la ciudad, por la mezcla que se genera al combinar sus rasgos populares con los toques de modernidad que han ido añadiendo en los últimos años las tiendas de ropa y los bares de diseño. Paso tras paso, a través de sus calles y callejuelas, el viajero se encuentra con buenos restaurantes, librerías intimistas, casas de té y mucha oferta nocturna.

MÁS SOFISTICACIÓN
Muy cerca, se encuentra el barrio de Chiado, que incluso supera en ambiente y sofisticación a su vecino. Punto de encuentro de jóvenes, artistas e intelectuales, esta zona alberga cafés emblemáticos, escuelas de arte, teatros y todo tipo de gente dispuesta a hacer historia. Se trata de una de aquellas zonas que van más allá de su propia belleza, que queda superada por la actividad y la actitud de las personas que lo conforman, creando espacios vivos, donde se respira cultura y ganas de hacer que las cosas se muevan, que no permanezcan tan estáticas como las ruinas de la zona del Carmo. Es en este barrio donde se reúnen algunos de los puntos más fascinantes de la historia de la ciudad, como el Convento y la Iglesia do Carmo, que todavía mantiene su elegancia e imponencia. Además, el Museo Arqueológico do Carmo exhibe conjuntos de piezas prehistóricas, romanas, medievales, manuelinas, renacentistas y barrocas. Historia que se mezcla con más historia, en este caso reciente, ya que el Largo do Carmo fue un escenario privilegiado de la Revolución de los Claveles de 1974. Desde aquí, el Elevador de Santa Justa conecta la parte alta de la ciudad con el barrio de Baixa, reconstruido por completo tras el terremoto de 1755 a partir de una planificación en cuadrícula. Es el centro comercial de la ciudad por excelencia, donde se concentran los comercios y donde se pasea entre los azulejos que decoran las casas. Atravesando la Baixa, se llega al Rossio y a la Praça da Figuiera, con sus monumentos y fuentes que brillan con todo el esplendor del antiguo imperio de ultramar. Queda subir hasta el barrio de la Alfama en tranvía, aunque si las fuerzas y el calor lo permiten, un paseo a pie servirá para descubrir otra buena cantidad de calles típicas, callejuelas y miradores. Como los de Santa Lucía y el de Portas do Sol. Y, por último, el Castillo de San Jorge, con su magnífica vista sobre Lisboa. Para acabar, Bélem, el barrio donde más se respira la grandeza de aquel imperio que basó su fuerza en la intuición de sus navegantes. De allá partió Vasco de Gama rumbo al descubrimiento de la ruta marítima hacia la India. Allá se concentraron las construcciones más emblemáticas, como el monasterio de los Jerónimos, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. Pasear hasta esa zona, además, permitirá alcanzar otro descubrimiento, y ese es de los que realmente importan: los fabulosos pasteles de crema de Bélem.