ACANTILADOS

 que descienden verti- ginosamente hacia el mar, casas blancas empotradas en colinas escarpadas, pis- cinas naturales excavadas en la roca, al- tas montañas escondidas entre brumas, estrechos caminos –levadas– que con- ducen el agua, vegetación abundante, vistas impresionantes… Todo eso y mu- cho más es Madeira. Anclado en medio del océano Atlántico, más cerca de Áfri- ca (a 500 kilómetros) que de Europa (el doble, 1.000 kilómetros), el archipiélago portugués, formado por Madeira, Porto Santo y dos grupos de islas deshabita- das –Islas Desiertas e Islas Salvajes– cau- tiva al visitante por sus múltiples y sor- prendentes atractivos naturales. Desde lo alto de uno de sus imponen- tes acantilados –Cabo Girao, de 580 me- tros, es el segundo precipicio más alto del mundo– se otea un horizonte azul, salpicado de minúsculos islotes que emergen orgullosos de las aguas del At- lántico. De reducidas dimensiones –Ma- deira tiene 58 kilómetros de largo por 23 de ancho–, la isla portuguesa despren- de un intenso aroma a flores y plantas de diferentes especies que hacen del encla- ve luso un paraíso multicolor.

CLIMA TEMPLADO

 Este rincón salvaje e inhóspito, a poco más de una hora y media de vuelo de Lis- boa, disfruta de un clima templado –las temperaturas oscilan entre los 22º C del verano y los 16º C del invierno–, y de un paisaje atrevido y desafiante, a veces misterioso y otras enigmático. Célebre por su magnífico entorno natural, Madei- ra es conocida popularmente como el jardín flotante de Europa. Y no se trata de un eslogan gratuito, sino de una rea- lidad palpable. Por algo dos terceras par- tes de la isla han sido clasificadas como reservas naturales protegidas. En este mosaico vegetal rico y diver- sificado destaca el bosque de Laurisilva, el más grande de hoja perenne del mun- do –ocupa una superficie de 22.000 hec- táreas–, catalogado por la Unesco como patrimonio mundial natural. Allí habita la dactylorhiza foliosa, la orquídea de Ma- deira, única en el mundo. La isla es uno de los lugares del planeta con mayor ín- dice de fitodiversidad, lo que significa que Madeira presenta la mayor variedad de plantas por kilómetro cuadrado. Esta fantástica reunión de plantas exóticas oriundas de todos los continentes se puede contemplar en los numerosos par- ques y jardines diseminados por la isla.

 SALUD Y BIENESTAR

Este privilegiado escondite del Atlántico ofrece al viajero una extensa red de alo- jamientos especialmente proyectados para convertir la estancia en la isla en una experiencia inolvidable. Además de la oferta hotelera tradicional de 4 y 5 estre- llas, Madeira conserva 16 hermosas quin- tas, antiguas residencias de príncipes, aristócratas, políticos y escritores que hoy acogen al huésped en un ambiente confortable y acogedor que combina el estilo sofisticado con el carácter familiar. La isla portuguesa es también el des- tino perfecto para huir del estrés y en- contrar el equilibrio entre el cuerpo y el espíritu, gracias, sobre todo, al rico pa- trimonio natural y cultural del archipiéla- go, la hospitalidad de la gente y el bie- nestar que proporcionan el agua de mar, los extractos de algas y plantas, el fres- co perfume de las flores, el aire puro y balsámico que se respira en toda la isla, sin olvidar los tratamientos terapéuticos y relajantes de los spas de Madeira.

diversidad

Pero eso es otra historia…, que hay que vivir a título personal. [Madeira presenta la mayor variedad de plantas por kilómetro cuadrado

 

 Situada en una preciosa bahía bañada por las cálidas aguas del Atlántico, en la costa sur de la isla, Funchal, la capital del archipiélago, es el más importante centro comercial, turístico y cultural de Madeira. En ella se pueden visitar mag- níficos museos, monumentos, jardines y galerías de arte, ir de compras, pasear por sus pintorescas calles y plazas, sin olvidar el encantador puerto de recreo, repleto de vistosas embarcaciones. La estancia en Madeira no puede pa- sar por alto la visita a Cámara de Lobos, el pueblo pesquero más bonito de la is- la, ni eludir el baño en las piscinas na- turales de agua marina de Porto Moniz, situadas en la coste norte.

Contemplar la subida de la marea y el romper de las olas en las rocas son todo un espectá- culo para la vista y deja un recuerdo im- borrable en la retina del viajero. En Madeira no hay playas. La única es Prainha, al este de la isla, cerca del pue- blo ballenero de Caniçal. Tampoco hay arena. Para encontrarla hay que viajar hasta Porto Santo, una isla dorada ba- ñada por aguas azul turquesa que invi- tan a disfrutar del sol y el mar en sus nue- ve kilómetros de playa. La gran suavidad, finura y baja abrasividad de la arena le confieren notables propiedades tera- péuticas. Allí se encuentra la Casa Mu- seo donde residió Cristóbal Colón. Una expedición a las Islas Desiertas y las Islas Salvajes permite conocer rarísimas especies de fauna y flora. Las primeras, reserva biogenética, constituyen el último refugio at- lántico para la foca monje, la más rara del mundo. En las segundas, consideradas un au- téntico santuario ornitológico, anidan familias enteras de di- ferentes aves marinas. Bordados hechos a mano, tapicerías, piezas de mar- quetería y artículos de mim- bre –mesas, sillas y ces- tas– son los productos regionales más aprecia- dos de la isla. ¿Y qué decir del aeropuerto? Ate- rrizar en Madeira es una experiencia única por las especiales características de la infraestructu- ra.

Un pueblo encantador SI BIEN ES CIERTO

que el archipiélago de Madeira ofrece escenarios que cortan la res- piración, y que todos los reclamos turísticos destacan su naturaleza desbordante y su be- lleza salvaje e indómita, la isla portuguesa también es conocida por sus típicas casas multi- colores con sus tejados de paja (foto). Estas singulares viviendas se pueden visitar en el pueblo de Santana, una de las localidades madeirenses que más turistas atraen, donde tam- bién se extraen los juncos de mimbre para elaborar diversos productos de cestería, una de las actividades artesanales más representativas de Madeira, junto a los bordados.