EL VIAJERO que un día tuvo la oportunidad de perderse en la plaza de Jemaa el-Fna de Marraquech –seguramente la más emblemática de toda África– conservará su imagen viva en algún rincón de su memoria por el resto de sus días. Porque en este exótico lugar –centro de la vida pública de la ciudad– se respira una curiosa atmósfera, mezcla de músicos callejeros adivinadores, encantadores de serpientes y vendedores de mil y un bocados. Un lugar para ser visitado en repetidas ocasiones y a distintas horas, para impregnarnos de las diferentes caras que la plaza ofrece. Por eso hay que tener muy presente la ubicación de Jemaa el-Fna a la hora de alojarse en la ciudad: cuanto más cerca estemos, más acertaremos.

Una de las opciones más próximas –al tiempo que exclusivas– es el riad Dar Justo, una antigua casa tradicional del siglo XIV, completamente rehabilitada y decorada para equilibrar tradición, originalidad y modernidad. Aunque el acceso al riad puede resultar impactante la primera vez que se transita, después se convierte en un mágico y secreto trayecto, para apartarse de la bulliciosa Medina.

Tiene una superficie en planta de 1.000 metros cuadrados y dos niveles, donde se distribuyen las 23 habitaciones, con una capacidad total de 60 personas. Las estancias se distribuyen de forma laberíntica a través de varias casas (comunicadas interiormente) que encierran, asimismo, cinco patios con toda la esencia de la arquitectura marroquí. La distribución de las habitaciones en varias casas permite reservar zonas en exclusiva con diferentes combinaciones (según el número de personas) y de forma separada al resto de la actividad. También es posible reservar el riad completo, incluyendo los salones y espacios comunes.

Y por encima de las habitaciones, una gran terraza ajardinada de 700 metros cuadrados –con diversos espacios y jaimas– donde se sirve un delicioso té de menta que endulza las vistas de la mezquita Koutoubia y las montañas del Atlas.

En el aspecto gastronómico, destaca su restaurante, con una deliciosa carta de platos caseros y tradicionales marroquís y españoles (tapas, tajines, ensaladas, bocadillos, etcétera), además del servicio de bar y cafetería, que se encuentra abierto las 24 horas del día.

La piscina –ideal para las jornadas más calurosas– y los tres salones para la celebración de bodas y la organización de eventos y seminarios (todos ellos dotados con el equipo audiovisual necesario para llevar a cabo presentaciones) son otras ventajas del establecimiento. A esto habría que añadir un servicio especializado de guía turístico que, entre otras excursiones, propone una salida al valle de Ourika, a Essaouira (un pintoresco pueblo de pescadores y windsurfistas en la costa atlántica) y a los pueblos del Alto Atlas (de población eminentemente bereber). En definitiva, un lugar más que recomendable, ideal tanto para viajes profesionales, como para escapadas románticas, con familiares o amigos, que contribuirá a hacer de este un destino inolvidable.

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Texto Alberto González