EN LA PARTE INFERIOR del escudo malayo se lee, inscrito sobre una cinta amarilla, el lema La unidad es la fuerza. Empeñado en mantener su carácter unitario, este es el credo de un país compuesto por 13 estados y tres territorios federales que se encuentra dividido por las aguas del mar de la China meridional: por un lado, la Malasia peninsular, tocando al norte con Tailandia y al sur con Singapur; por otro, la Malasia del este –parte norte de la isla de Borneo–, rodeada al sur por Indonesia y abrazando en el norte al diminuto enclave de Brunéi, un país de solo 5.770 kilómetros cuadrados. Sin embargo, son varias las circunstancias que aseguran la unidad del país. La primordial, el entorno natural: casi el 75% del territorio –330.000 kilómetros– está cubierto por selvas, consideradas como las más antiguas del mundo. Pero antes de zambullirse en la naturaleza más indómita, el turista debe fichar, casi por obligación, en Kuala Lumpur. Su aeropuerto internacional, de impresionantes dimensiones y espectacular diseño futurista, es el mejor telonero del espectáculo que se avecina. Calles limpias y seguras aunque cotidianamente colapsadas, que conducen –por la izquierda, debido a la herencia británica– hasta las torres Petronas, las gemelas que presiden un espacio repleto de rascacielos vanguardistas. Escarbando entre la moderna arquitectura aparecen los edificios más antiguos, como el palacio del sultán Abdul Samal (actual tribunal supremo) o la estación de ferrocarril, ambos de estilo morisco; los templos chinos e indios; o las mezquitas, como la de Jamek. Al abandonar la capital, inmediatamente entra en juego el elemento natural, auténtico gancho malayo. En primer lugar, las aguas tropicales que rodean la península y Borneo, que ofrecen unas condiciones ideales para la práctica del submarinismo. La visibilidad debajo del agua alcanza a menudo más de 30 metros de profundidad y los acantilados pueden superar los 2.000 metros en el fondo oceánico. Los numerosos parques acuáticos, como Pulau Tioman, protegen este frágil entorno, y todas las actividades que podrían resultar dañinas –como la pesca o los deportes náuticos motorizados– están prohibidas. En la costa, las largas playas de arena blanca encajan con cualquier imagen mental del paraíso.

TIERRA DE EXPLORADORES

Entonces basta con girar la cabeza para descubrir una vegetación y un relieve de sorprendente generosidad, que ha suscitado la creación de 19 parques nacionales, dos de los cuales (Kinabalu y Gunung Mulu) están clasificados como Patrimonio de la Humanidad. Son tierras para la exploración, ya sea mediante breves excursiones o en verdaderas expediciones de varios días de duración. En Taman Negara, quizás el parque más célebre, la aventura viene motivada por la búsqueda de la carpa gigante o por las rutas sobre los árboles, a través de cabañas, puentes o miradores colgantes desde donde se pueden observar los animales con distancia y seguridad. Un lugar recomendable incluso para pernoctar e intentar distinguir el brillo en los ojos de tigres y elefantes durante la noche. Para valientes es también el Sarawak, amplio estado malasio al norte de Borneo donde, con suerte, uno puede ver pasar ardillas voladoras o asistir a la apertura de la rafflesia, la mayor flor del mundo, carnívora, que puede alcanzar hasta un metro de diámetro. Los parques nacionales de Bako y Semenggok son excelentes destinos para la observación de monos y orangutanes narigudos, para acabar remontando el río Lemanak durante dos días, hasta alcanzar las aldeas Iban –antiguos cazadores de cabezas–, que viven en longhouses, las casas tradicionales de los habitantes de la jungla. Y tras indagar sobre el terreno, se puede hacer también bajo el suelo, en las grutas de Niah, un parque nacional de 40.000 años de antigüedad y fácil acceso. No menos impresionante es el de Gunung Mulu, donde se encuentran las mayores cuevas de Asia, enlazadas por un un intrincado sistema de ríos subterráneos cercanos a la gran montaña, el Monte Kinabalu (4.101 metros), y a los manantiales calientes de Poring. Desde dentro de la caverna, colgando desde un árbol o creyéndonos perdidos en la selva, Malasia nos invita a revivir nuestro pasado más lejano. O reciente, según se mire.