VIENDO A MUJERES conduciendo vehícu- los, los colores chillones de sus vestimentas y sus rostros maquillados, nadie diría que Malai- sia es un país mayoritariamente musulmán. Y efectivamente, ésa es la religión oficial, aunque haya libertad de culto. Digamos que es una fe relajada que, sin embargo, presenta claros sig- nos que la delatan, como la tímida mirada de la mujer en el espacio público y sus nerviosos movimientos, que van destinados a mantener las distancias con respecto al hombre. El espacio público sorprende al visitante con la omnipresente combinación de culturas, oca- sionada por el historial colonial del país. Malai- sios, chinos, tamiles, sijs y miembros de las mi- norías tribales configuran la población que habita uno de los países más prósperos del sureste asiático. Se diría que los malaisios controlan la política, los chinos la mayor parte de los nego- cios y los indios parte del comercio. El fuerte contraste se repite entre la vida tran- quila de sus habitantes y la imagen futurista de algunas de sus ciudades, como por ejemplo Kuala Lumpur, la capital, donde se encuentran las torres Petronas, hasta hace poco las más altas del mundo. El desarrollo urbanístico mar- cha a buen ritmo, con el objetivo de convertir el país en uno industrializado antes del 2020. DIVERSIDAD Y RESPETO La moderna Kuala Lumpur es un auténtico es- caparate del crisol de culturas que constituyen Malaisia. Dentro de los mismos márgenes de la ciudad pueden visitarse mezquitas de fina- les del XIX, como la de Masjid Jamek, o de ar- quitectura islámica contemporánea, como la Negara; templos dedicados al culto de los an- tepasados en Chinatown o edificios religiosos que veneran a deidades hinduistas. El respeto entre creencias es comparable al que siente el pueblo malaisio por el medio ambiente. Los entornos naturales del país ofre- cen al viajero la posibilidad de recorrer algunas de las selvas vírgenes más antiguas del plane- ta, entre las que se encuentran más de veinte parques naturales, como el de Taman Negara o el Gunung Mulu, Bako y Monte Kinabalu. El esfuerzo por conservar intacto el espacio na- tural afecta también al reino animal. Para com- probarlo, es digno visitar Sepilok, en Borneo, donde se rehabilitan unas cuantas docenas de vigorosos orangutanes, hallados heridos en la selva o huérfanos, a causa de la acción incons- ciente de los cazadores furtivos. Igualmente, el reino animal encuentra un ver- dadero santuario en Lagkawi, Perhentian, Re- dang, Tioman, Tunku Abdul Rhaman o Sipa- dan, todos ellos auténticos paraísos de arena blanca, palmeras y aguas cristalinas, donde se hallan los mejores arrecifes de coral para el bu- ceo de todo el sureste asiático.

INVERSIÓN EN CULTURA

El mercado nocturno de Kota Bharu es proba- blemente uno de los más tradicionales del país, y el que mejor ha sabido conservar su vie- ja idiosincrasia. Paseando por sus puestecillos se puede comprar pollo asado, arroz, marisco, pescado, murtabaks y pasteles. Los produc- tos se degustan allí mismo, en medio de esa curiosa mezcla de olores, colores y gran bulli- cio, el mismo que hay en el mercado de verdu- ras y hortalizas de la ciudad. Si las compras van dirigidas a la adquisición de un recuerdo, los productos más solicitados son el batik, tejido impreso a la cera y especia- lidad de la Insulindia, y el songket, una seda te- jida con hilos de oro o plata. Entre los produc- tos artesanales, también llaman la atención las cometas y las peonzas. Y el estaño, con el que se hacen tacitas, vasos y las lámparas de Ma- laca, la mayoría de ellas fabricadas en los Paí- ses Bajos o Alemania a comienzos de siglo. Pe- ro si esa vuelta atrás en el tiempo se queda pe- queña, lo mejor es acabar visitando el Museo de Sarawak, dedicado a la cultura de las etnias tribales de Borneo. Se exponen armas, cho- zas, artesanía, embarcaciones, totems y otros muchos objetos de los antiguos cazadores de cabezas, los dayaks, los ibon y otras tribus. La mirada atrás es imprescindible para entender un presente que conserva la valentía, la forta- leza y el empuje de aquellos hombres