CUATRO CAPITALES que Marruecos ha tenido a lo largo de los siglos. Cuatro ciudades imperiales que los reyes colmaron de palacios exquisitos, mezquitas sobrecogedoras, jardines exuberantes y murallas inexpugnables. Cuatro puntos de encuentro para arquitectos, sabios, artesanos, escultores e intelectuales a lo largo de la historia. Cuatro ocasiones inmejorables para perderse por zocos y medinas, para probar otro ritmo de vida, sentir nuevas sensaciones y experimentar con olores y sabores desconocidos hasta el momento. Rabat, Mequínez, Fez y Marraquech, cuatro ejes de una misma ruta. RABAT Cinco grandes puertas permiten la entrada a la capital del Marruecos contemporáneo y del Imperio Almohade en el siglo XII. Pero si solo hay que entrar una vez, que sea por la monumental Bab er-Rouah –la Puerta de los Vientos–, que saluda al visitante ornamentada de colgantes, lacerías, arabescos floridos y grandes conchas. Una vez dentro, los sentidos marcan el camino por la ciudad blanca, construida majestuosamente en la desembocadura del río Bou Regreg. Precisamente, el olfato será el guía perfecto para adentrarse en la calle Souïka, donde especias, brochetas, salchichas y pasteles se encargarán de despertar el apetito al más desganado. Del Rabat popular, al monumental. La capital marroquí alberga el Palacio Real, la sede del Gobierno y la mayor universidad del país, así como la grandiosa pero inacabada Torre Hassan. Mide 44 metros de altura, pero tendría que haber llegado hasta los 80, para convertirse en la mayor mezquita del mundo musulmán. Otra obra inmensa que incide en el horizonte marroquí es el mausoleo de Mohammed V, padre de Hassan II, el actual monarca. Más de 400 artesanos trabajaron en una construcción a la altura del rey que condujo Marruecos a la independencia. Y por último, el Rabat volcado en sus jardines. El de la Alcazaba de los Oudayas, al borde del río, o el de la Necrópolis de Chellah, con sus plataneros, higueras, majaguas y palmeras que hunden sus raíces en la historia. MEQUÍNEZ El siguiente paso transporta al viajero hacia Mequínez (Meknès). Fundada por los bereberes en el siglo IX y convertida en un bastión de los Almorávides en 1069, alcanzó su apogeo en el siglo XVII, cuando el sultán alauí Mulay Ismail la eligió como capital del reino. Inmediatamente, el monarca comenzó a embellecerla con murallas, puertas monumentales, jardines, mezquitas, alcazabas y su primer palacio, Dar Kebira. Esta construcción fue dañada por un terremoto en 1755, pero todavía se pueden observar sus ruinas, como la de los establos, que en su día llegaron a albergar hasta 12.000 caballos. FEZ La ruta llega a la más imperial de las ciudades imperiales. La perla del mundo árabe, la capital espiritual y artesanal de Marruecos, la ciudad que encierra la inagocontable belleza de una vida generosa, marcada por la sensualidad del sol, de los colores y los sabores. La parte vieja de Fez fue el refugio de las familias andaluzas expulsadas por las tropas cristianas en el 818. Ellas aportaron el arte y el saber de un Al-Andalus en pleno apogeo, que se reflejó en la riqueza de sus edificios y en una mezquita con el minarete, como es lógico, verde y blanco. La parte nueva nace en el siglo XIII, cuando la dinastía de los Merídinas comienza a construir fuera de las murallas, convencida de que los barrios viejos eran demasiado pequeños para contener los palacios que merecían. Junto a ellos levantaron más mezquitas, escuelas coránicas, zocos y jardines. Al sur de esta zona se encuentra ahora la ciudad moderna, con sus espaciosas avenidas adornadas por una vegetación y unos estanques que juegan incansables con la luz. MARRAQUECH Por último, una ciudad tan eterna como las nieves de las cumbres del Atlas, que se observan desde sus calles y componen una extraña mezcla junto con las palmeras y el bullicio de sus gentes. Cada mañana, Marraquech se despierta con la llamada de la Koutoubia (en la foto), su faro espiritual. A partir de ese momento, el sol alumbra el mármol rosa de las monumentales fuentes y sus rayos invaden los patios embaldosados. También en ese momento los zocos cobran vida y transportan al viajero hacia un tiempo pasado. El del cobre, el de las lanas, el de las pieles, el de las subastas… Y luego, aquel donde se mezclan los olores de azafrán, de comino, de pimienta negra, de jengibre… Por último, donde se amontonan almendras, cacahuetes y garbanzos. Para acabar, y convencerse definitivamente de que esto es otro mundo, nada mejor que visitar el palmeral y sus 13.000 hectáreas verdes.