PUERTO TRAS PUERTO,

bahía tras bahía, las embarcaciones reseguían la costa atlántica de Marruecos buscando la esencia del exotismo de estas tierras, mezcla de la exuberancia del oasis y la aridez del desierto. En su camino hacia el sur, bajo un sol sin concesiones, apa- recía entonces Mogador, una pequeña ciudad de pescadores arropada celosa- mente por murallas. La resplandeciente, desde que Juba II, rey de Mauritania, la convirtió en un importantísimo centro de producción de púrpura. La comerciante de polvo de oro, cereales, caballos, sal o plumas de avestruz. Y la codiciada, desde que el sultán alauí Sidi Moham- med Ben Abdallah, vio en sus intercam- bios una mina. En 1764 la reformó com- pletamente, la bautizó como Essaouira –que significa lugar fortificado– y tomó la decisión de construir en su costa el mayor puerto de su imperio, convirtién- dola en un foco comercial de gran inte- rés, especialmente para las potencias europeas, que comenzaron su coloniza- ción africana a partir de 1880. Desde en- tonces, Mogador es cruce de caminos, de culturas, de civilizaciones. Pasear por las calles adoquinadas de la ciudad es sumirse en una cultura múltiple, a la vez árabe, bereber, judía sefardita y africana.

HETEROGENEIDAD

Hoy tiene unos 80.000 habitantes. En- tre ellos, mucho pescador, comerciante y artesano, que corretean en sus placi- tas, en callejones bulliciosos o al pie de alguna fortificación. Un conjunto armo- nioso y heteróclito en el que destacan las bellas puertas de acceso de la mu- ralla, el puerto y una medina con sus mezquitas, sinagogas e iglesias. Sobre la Skala de la kasba se alinean los célebres cañones de la ciudad, el que fue el lugar escogido por Orson Welles para rodar los exteriores de Otelo. So- bre la torre cuadrada, bajo los pies del visitante, bailan manchas de vivos co- lores, que no son más que pequeñas barquitas sobre el agua. Las exclama- ciones de los pescadores desplegando sus redes y los marineros descargando llegan amortiguadas. Mientras, el olor de las sardinas a la parrilla cosquillean los paladares y despiertan la salibación.

INTENSOS ESTÍMULOS

La bienvenida a Mogador sabe a la men- ta del té que se ofrece tras cada puerta. Sabe al nutritivo aceite de argano, un ár- bol que sólo crece en el suroeste ma- rroquí y al que se suben las cabras para darse un festín. Sabe al azafrán, a la mez- cla del dulce y el salado, del amargo y el agrio… Es un saludo de colores vivos, en los porticones, en los mercadillos de especias, en las incrustaciones de ma- dera de limón, nácar, ébano o metales que realizan los marqueteros sobre ma- dera de tuya. Arabescos y formas geo- métricas decoran mesas, muebles y co- fres. Las hábiles manos fabrican pulseras, collares, fíbulas y otras muestras de or- febrería, así como increíbles tapices de lana y baldosas de zellige en loza es- maltada, que han perdurado a través de los tiempos decorando minaretes, mez- quitas y portales.

CÓMO IR

La compañía aérea Royal Air Maroc, líder entre las ae- rolíneas que enlazan España y Marruecos, ofrece 17 vue- los regulares semanales directos entre Barcelona y el país africano. Para alcanzar Mogador, la combinación más cómoda es un vuelo directo hasta Marraquech, ciu- dad muy cercana. Cada lunes, jueves y sábados parte un vuelo desde Barcelona, cuya duración es de menos de dos horas y media. Teléfono de contacto: 902.210.210.

RITMOS Y ESPÍRITU

Quizás fueron los ritmos místicos del gna- wa, música ritual de descendencia ne- gra originaria de Marruecos, los que se- dujeron a la estrella del rock Jimi Hendrix, quien en medio del caos de los sesen- ta buscó refugio para su atormentada al- ma dentro de las murallas de ésta, la úl- tima ciudad sobre el Atlántico que aún tiene casas pintadas de blanco con puer- tas y postigos azules. El milenario ritmo del gnawa es mu- cho más que música. Sus orígenes es- tán enraizados en prácticas rituales, ini- ciaciones y ceremoniales de curación que combinan los aportes culturales del África negra con los de la civilización ára- be-musulmana y la de los bereberes au- tóctonos de Marruecos. Durante los ceremoniales gnawa, la música ayuda al adepto a entrar en un trance durante el cual es poseído por en- tidades invisibles. El rito es animado por músicos y curanderos ambulantes, y el resultado es muy similar a lo que suce- de en la macumba, el camdomblé bra- sileño, el ocha cubano y el vudú haitia- no. Un ritmo al que acompañan las pal- mas expertas de unas manos curtidas y tatuadas con motivos vegetales. Palmas o tambores: embriagados por el almiz- cle y el benjuí, no está nada claro.

 TEXTO ALBERTO GONZÁLEZ 

Oficina Nacional Marroquí de Turismo
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