EL CAFÉ DE PARÍS,

en la plaza de Dje- maa el Fna, rebosa de turistas esperando el gran acontecimiento del atardecer. Mien- tras la plaza se va tiñendo de dorado, los carros de naranjas encienden sus luces, en los puestos de comida se atizan las brasas, aparecen los encantadores de ser- pientes, los sacamuelas, las pitonisas, y toda la plaza que aunque nunca duerme ni nunca se echa la siesta, se llena de gen- te, de luces, de olores, de humo. Y es que la plaza de Djemaa el Fna no es una pla- za cualquiera, es un mundo de presente y de pasado, variopinta, sensual, escan- dalosa, buscavidas, acogedora, brutal con vida propia como un animal, como un ho- gar, es única, es La Plaza. El escritor Juan Goytisolo, enamorado y gran conocedor de esta ciudad, gusta- ba de sentarse al atardecer en algunos de los cafés que la circundan a contemplar el espectáculo. Se hacía llamar a sí mis- mo hijo de la plaza porque este apelativo que para otros supone una afrenta, para él era un sentimiento. La ciudad de Marraquech, rodeada por altas murallas, fue declarada patrimonio mundial por la Unesco en 1985. Fundada en el siglo X por los bereberes nómadas, comenzó siendo un campamento para las caravanas que surcaban el desierto del Sáhara.

Vestigio de aquellos primeros asentamientos es el gran palmeral lindante a la ciudad con más de 100.000 palmeras en una extensión de 13.000 hectá- reas. Se cree, sin embargo, que este oa- sis nació de la germinación de los huesos de dátil que ingería el ejército almorávide. Pero el esplendor de Marraquech llegó con Yaqub Al-Mansur hacia 1184. A él se debe la ampliación de la muralla que aco- gió a nuevos barrios y donde creció una gran kasba que hoy todavía se puede vi- sitar con la sensación de que el tiempo se ha detenido y todo sigue como hace ocho siglos. Por sus angostas calles ahogadas por edificios rosas repletos de minúscu- los puestos donde se vende artesanía va- riada, ropa, frutos y todo lo inimaginable, circulan los turistas entre mujeres con chi- labas de colores chillones, hombres con galavillas y burros tirando de carros reple- tos de productos a los que hay que sor- tear con bastante pericia, no sin antes ha- ber escuchado sobrecogidos el grito de su dueño que nos advierte del peligro. Dentro se puede visitar el palacio Badi que hizo construir el príncipe saadiano Abd al- Malik a principios del siglo XVI y que de su gran esplendor de oro, mosaicos y már- mol que Montaigne hizo labrar en Carra- ra solo quedan las ruinas.

El palacio Bahía La Brillante nos acer- ca a la suntuosidad de la época alahuita de finales del siglo XIX. Otras paradas obli- gatorias son la medersa de Ibn Yusu y, có- mo no, contemplar la mezquita de La Kou- toubia, réplica de la Giralda de Sevilla que con sus 77 metros de altura constituye el símbolo de la ciudad. Fuera de las murallas todo se trasforma como si se atravesara la puerta del tiem- po. Modernos edificios, hoteles de lujo, avenidas limpias regadas de palmeras y olivos. Bulevares iluminados repletos de cafés y restaurantes. Una ciudad dise- ñada para entrar en el siglo XXI y hacer sentir cómodo al visitante. Para ello se ha creado el Departamento de Turismo Res- ponsable que garantiza un estilo arquitec- tónico uniforme con el predominio del ro- sa en todas sus fachadas. Está previsto que para el 2010 Marruecos incremente el turismo en un 50%.

TRANQUILIDAD Y ARMONÍA
Saliendo de la bulliciosa Marraquech, a poco más de 200 kilómetros, podemos disfrutar del sol en las grandes playas y cómodos hoteles de Agadir. Vale la pena el trayecto por carretera. Los cien prime- ros kilómetros transcurren rectilíneos por un desierto plagado de arganes, árboles únicos de esta región de cuyo fruto se ex- trae un aceite medicinal muy apreciado no solo por las cabras, que a modo de equilibristas, son capaces de trepar a las más altas ramas para degustarlo, sino por la industria farmacéutica. Actualmente muchas marcas inter- nacionales de perfumería lo utili- zan en sus cosméticos debido a sus múltiples propiedades curativas y antioxidantes. Co- mo tópico sirve para curar la soriasis y la artritis, hi- drata la piel y el pelo e AGADIR El visitante puede recibir un masaje con aceite medicinal en un centro de belleza

MARRAQUECH
La ciudad fue declarada patrimonio mundial por la Unesco en 1985 ingerido reduce el colesterol, la depresión, aumenta la memoria y es un excelente via- gra natural. En Agadir muchos centros de belleza ofrecen masajes a base de este aceite milagroso. Es- pecialmente recomen- dados son los centros Diar Argan, que por 30 eu- ros ofrecen un masaje relajante de dos ho- ras en un ambiente donde impera la tran- quilidad y la armonía y donde se pueden comprar estos productos que ellos mis- mos elaboran. A tan solo 80 kilómetros de Agadir va- le la pena visitar Taroudant también lla- mada la ciudad roja por el color caracte- rístico de sus construcciones.

Tuvo su esplendor durante la época saadiana en el siglo XVI. El emir Moulay Ismail la con- virtió en la capital de Marruecos rodeán- dola de una gran muralla y construyendo la kasba. Se diría que es la hermana pe- queña de Marraquech. Sumida en el olvi- do durante siglos solo ha sido recupera- da por los turistas que la visitan y que quedan embelesados ante la transforma- ción que experimenta al atardecer. Sin duda, se trata de una buena esca- pada… en solitario o con compañía, pe- ro nunca defraudará.

Oficina Nacional Marroquí de Turismo · Tel. 93.453.21.44 · <a href=»http://www.turismomarruecos.com»>www.turismomarruecos.com

TAROUDANT
La kasba y la gran muralla son los principales atractivos de la población