A PESAR DE la amenaza de huracanes durante seis meses al año, la mayoría de los 2,1 millones de habitantes de Miami se consideran afortunados de vivir tan cerca de los fascinantes humedales del sur de Florida y de los hechiceros cayos. Y junto a la ciudad, casi como siamesa, se encuentra otro motivo de orgullo: Miami Beach, una isla barrera cuyos temperamentos y estilos difieren a los del otro lado de la bahía. La que ha sido bautizada como la Riviera estadounidense es una deslumbrante y sinuosa franja de arena bañada por aguas poco profundas y templadas por la corriente del golfo. Miami Beach no se reduce a South Beach. Pero guste o no, la imagen que desde hace mucho tiempo se tiene de esta isla se refleja indiscutiblemente de la forma más brillante aquí, en la parte más meridional, una zona que se extiende unas 40 manzanas desde la calle 5 hasta aproximadamente la 41. Territorio de terracitas, apartamentos reformados, escaparates lujosos, museos, hoteles y asiduos fotogénicos que se repiten en las páginas de las revistas de viajes. Y playas azulísimas. La explicación tiene poco de civismo y más de biología: debido a sus altas temperaturas, las corrientes del sur de Florida tienen cantidades muy bajas de gases disueltos, lo que las convierten en un medio inhóspito para el plancton. Al no haber partículas suspendidas en el agua, nada filtra la intensa luz azul que se forma cuando los rayos del sol inciden en el mar. De ahí la intensidad y limpieza de estas aguas. BULLICIO NOCTURNO SoBe, como se conoce South Beach, es barrio gay, de artistas, escritores, músicos, locutores de radio y presentadores de televisión. Se mueven con soltura por Ocean Drive, la calle más fotografiada, iluminada por neones a partir del crepúsculo. En las noches del fin de semana, cuando unas 30.000 personas cruzan la bahía para disfrutar de su marcha nocturna, es imposible conducir allí. Si se logra estacionar –se recomiendan buenas dosis de paciencia–, el dilema será escoger local. La oferta es amplísima, desde el News Café –frecuentado por personajes famosos–, hasta el Larios on Beach (colorido restaurante propiedad de Gloria Estefan) o el Mango’s Tropical Café, que cada noche vibra al son de la música caribeña Con alguna copa encima, la noche se desvía hacia el Mynt, uno de los clubs con un ambiente más adulto, el Jazid o el bar del Hotel Astor.

LINCOLN ROAD

La historia de esta zona es un relato clásico de los ambiciosos inicios de Miami Beach: un camino de tierra que atravesaba un terreno pantanoso fue transformado por el visionario promotor Carl Fisher en un elegante paseo donde ahora hay más de 300 restaurantes, cafeterías, galerías de arte, tiendas especializadas y boutiques de ropa, desde Alton Road hasta el borde del Atlántico. Además de ser zona de compras, esta calle acoge también la Regal South Beach 18 (una gigantesca sala de cine con las paredes de cristal), el impactante Lincoln Theatre –hoy sede de la New World Symphony–, la Britto Central Art Gallery o Books & Books, una popular librería que ofrece charlas de escritores, organiza firmas de libros casi todas las tardes y dispone de una acogedora cafetería, la llamada Russian Bear. Cerca de allí se levanta el distrito Art Deco, que debe su supervivencia al trabajo de la Miami Beach Preservation League, un grupo dedicado a salvaguardar los tesoros arquitectónicos en la isla. En el centro de bienvenida de este distrito se puede solicitar un voluntario que, amablemente, conduzca al visitante durante una visita de 90 minutos. Esa es una alternativa a la audio guía (que se adquiere en el mismo centro) o al recorrido aventurero de aquel que prefiere ir donde sus pasos le lleven. En este caso, tampoco tendrá muchos problemas, porque los 800 edificios, que se extienden entre las calles 6 y 23, se reconocen con facilidad. Entre los más bellos están el Park Central Hotel, que recuerda las lujosas ambientaciones de los musicales de Hollywood anteriores a la segunda guerra mundial; el Breakwater Hotel, que remeda un templo maya de Centroamérica, o los exuberantes hoteles Crescent y McAlpin. No muy lejos se encuentra Española Way, bautizado así en 1925 por su creador, el arquitecto Robert Taylor, quien lo describió como un “refugio para artistas y golfos”. Si lo fue, eran bohemios de gustos refinados, porque si algo es este imaginativo entramado de callejones y patios particulares, estudios de artistas, pórticos y estrechas calles, es elegante. Asombrosamente, la intención de Taylor de dar cobijo en aquel barrio a según qué gente, sigue vigente: los áticos de los últimos pisos están ocupados por artistas. A pie de calle, bajo toldos y balcones, hay cafés, tiendas y boutiques interesantes, así como varias galerías de arte.

NORTH BEACH

Al norte de la carretera elevada Julia Tuttle, que une la isla con Miami, se extiende una aglomeración de urbanizaciones residenciales y centros comerciales. La mayoría están cerca de playas preciosas y algunos ostentan locales que son de lo mejorcito del condado de Dade, como por ejemplo el popular Mojazz Café, de música actual e improvisada. Viajando hacia la parte más septentrional de la isla también se encuentra el Design District, hogar de algunas de las tiendas de interiorismo y muebles más exclusivas del mundo. Hay alrededor de 130 establecimientos por descubrir, entre edificios de arquitectura soberbia. Allí están representadas, además, algunas de las mejores marcas internacionales, desde Fendi a Poltrona Frau o Kartel. El problema para el turista europeo será cargar hasta casa con según qué antojo.