LA PERSONALIDAD de Montreal queda reflejada en los contrastes de su arquitectura. No obstante, antes de llegar a este punto que permitirá descubrir la ruta hacia el alma de la ciudad, se requiere una visión general que explique el papel de Canadá en el norte de un continente dominado por el todopoderoso Estados Unidos, que además sitúe en el contexto a Quebec, un rincón francófono y con ciertos aires independentistas en un país anglófono, y que, por último, describa cómo se combina el espíritu de sus orígenes europeos con una actitud directa y eficaz puramente norteamericana. Por eso, en las calles de Montreal conviven antiguas casitas de estilo victoriano con rascacielos ultramodernos de vidrio y de acero, que se levantan con aspecto amenazador pero que aceptan con naturalidad la diversidad urbana. De la misma manera, Montreal ha sacado partido de sus orígenes franceses y británicos para convertirse en un punto de convergencia de ciudadanos de todas las procedencias. Una mezcla que produce una creatividad exuberante, como demuestra una vida cultural fértil e intensa, y unas ganas de vivir que se traducen en festivales de todo tipo y en la tendencia irremediable de la gran mayoría de sus 3,2 millones de habitantes a aprovechar su tiempo libre en cines, teatros, bares, discotecas, restaurantes, ya sea al aire libre o también bajo tierra. Porque cuando el crudo invierno asalta las calles, la ciudad subterránea se extiende sobre más de 30 kilómetros para comunicar, a través de anchos corredores, millares de tiendas, hoteles, universidades, oficinas, estaciones de metro y varias atracciones. Aunque la vida bajo tierra es bulliciosa, la metrópoli también se defiende con eficacia por alto. La vista de la ciudad desde el Mont Royal es incomparable. La montaña está coronada por un magnífico parque y en una de sus laderas aparece imponente el oratorio de Saint-Joseph. También la Torre de Montreal ofrece motivos para alejarse de tierra firme y observar a vista de pájaro el parque olímpico construido con motivo de los Juegos de 1976, aquellos en los que la gimnasta rumana Nadia Comaneci asombró al mundo consiguiendo hasta siete calificaciones de 10.

CONTRASTE EN LOS BARRIOS

Los contrastes vuelven a escena en sus barrios. En el centro de la ciudad se enlaza la arquitectura posmoderna con edificios antiguos rehabilitados para dar cobijo a tiendas, facultades –Montreal alberga hasta cuatro universidades– o restaurantes de todas las nacionalidades posibles. La zona es territorio de trabajo en todas partes, compras en la calle Sainte-Catherine, ocio en la calle Crecent y cultura en el museo de bellas artes. A tan solo cinco minutos, cerca del puerto y de la ciudad multimedia, se encuentra el pasado, que es lo mismo que decir el viejo Montreal. Las fachadas esculpidas de los edificios antiguos, el pavimento de piedra y las calles estrechas trasladan al visitante a los tiempos de la colonia francesa. Pero por la noche, el viejo dinosaurio se despierta y se deja llevar por el rock y el jazz.