Y DICEN ALGUNOS

 que Catalunya es- tá ya descubierta. Su perfil mediterráneo, nos cuentan, carece de rincones que to- davía conserven el recuerdo de aquello que algún día fue la costa catalana. Si bien es cierto que la identidad es lo menos pro- pio de todas las costas, existe una, la de la comarca del Montsià, donde el paso del tiempo la convierte en un verdadero te- soro mediterráneo. Sus campos de arroz, la actividad pesquera y el ya malherido cultivo del cítrico son puntos cardinales que definen el porqué de la conservación de su singular paisaje, siempre flanquea- do por dos parques naturales: el Delta del Ebro, icono mediático de las Terres de l’E- bre; y Els Ports, el gran desconocido en- tre los parques catalanes. Un insuperable marco natural vertebra- do por dos grandes ríos, el Ebro y el Sè- nia, acercan y unen el Montsià a Valencia y a Aragón, creando una idiosincrasia ca- si exclusiva, hasta hoy ignorada por la mi- rada turística.

Una huella que habla de la singularidad de sus gentes y lo peculiar de su vida cotidiana. Su perfil litoral, en Sant Jaume d’Enve- ja, municipio donde se halla enclavada la famosa isla de Buda, se traduce en pla- yas sin aglomeración ni cemento: un de- sierto horizontal de agua y arena. Nada más. Allí el Montsià es un recuerdo de lo que fue el antiguo Mare Nostrum. Todavía podemos acercarnos al mar a golpe de pedal, entre acequias y campos de arroz: por eso Sant Jaume es uno de los pocos destinos donde, en invierno, es casi tan atractivo visitar las playas como lo es durante la canícula. La playa inver- nal es el lugar ideal para el paseo solea- do, la mirada perdida y el baño de los va- lientes. Allí el Montsià muestra el esplendor y la pureza de sus playas vírgenes, sin apenas presencia humana y tan solo es- coltado por la mirada curiosa de las aves protegidas del delta. La vinculación al pa- sado mediterráneo parece presidir la co- marca y la actividad pesquera es otro de sus testimonios.

PESCA Y GASTRONOMÍA

En La Ràpita se encuentra uno de los pun- tos pesqueros más importantes de Cata- lunya. En la sede de la Confraria de Pes- cadors Verge del Carme, sobre las cinco de la tarde, los barcos pesqueros retor- nan cargados a puerto, donde desembar- can más de 22 toneladas de pescado dia- rias. Se trata de un espectáculo sin igual, únicamente equiparable a la subasta. Aun- que mecanizada, guarda aún ecos del canto del comercio, pletórico de gritos y regateos. En la sede de la cofradía, bajo el influjo de una actividad frenética, se pal- pa y disfruta la genuina vida marinera. Una cultura que se traslada a gran velocidad y, aún con mayor arte, a las cocinas y car- tas de los restaurantes más representati- vos de la zona. A la cocina marinera de La Ràpita, Am- posta, de Alcanar o Sant Jaume se une mágicamente el arroz, que define el pai- saje, la cultura y la economía del delta.

El viajero puede acercarse al mar a golpe de pedal entre acequias y campos de arroz

 Arrossejats, a banda, paellas y fideuás re- presentan a la perfección la personalidad gastronómica de la comarca. Una tradición en la que resalta, por su particularidad, la cocina propia del delta, surgida de la escasez económica y la obli- gación de utilizar los productos propios. Ahora convertida y reconocida como una de las cocinas más atrevidas y con ma- yor personalidad de Catalunya, destaca por el pato salvaje, la ortiga de mar rebo- zada y las ancas de rana. En pocas palabras, el Montsià es un cri- sol de sabores y culturas. Frontera de múl- tiples influencias, alejado de capitales y masas urbanas, se ha forjado una iden- tidad propia. Sus encantos representan aquella Catalunya aún desconocida. Aun- que en el turismo, como en todo, los últi- mos serán los primeros.

TEXTO ÁLVARO CARBALLIDO