EL PUENTE VIEJO lo abarca todo. Es símbolo de la unión entre el este y el oeste, donde las religiones, culturas y etnias se mezclan de forma natural. Pero el recuerdo de su ausencia también indica que la estupidez del ser humano puede llegar hasta límites insospechados. El Stari Most es el orgullo y principal foco de atención de Mostar, la segunda ciudad más importante de Bosnia-Herzegovina, y por su pasarela han cruzado personalidades de renombre de medio mundo desde el siglo XVI. Pero en 1993, la guerra que se desencadenó tras la ruptura de Yugoslavia acabo con él y con buena parte de la ciudad, a la vez que se llevaba miles de vidas inocentes por delante. Ahora todo eso pasó, y su reconstrucción simboliza la reconciliación, a la vez que sirve para atraer a un buen número de visitantes. Pero la inscripción en uno de sus extremos lanza un sabio consejo: “Don’t forget”. Que nadie olvide que uno de los cascos antiguos más extraordinarios de toda Europa fue reducido a escombros apenas hace 15 años debido a la lucha sin escrúpulos entre vecinos: los musulmanes asentados al oeste del río Neretva y los católicos croatas, situados al este. Contra la mala memoria, un buen antídoto se encuentra en el cercano estudio de fotografía Hadzic, cuya exposición permanente muestra el estado en que quedó el puente y sus alrededores. Esa destrucción que revelan las imágenes parece ficticia, o muy lejana, sobre todo para los ojos del visitante primerizo, que se encuentra con unas calles en pleno esplendor. Pero fue real. Como también lo son los balazos incrustados en las paredes de los edificios y casas, que se mantienen a la espera de que les llegue a ellos el turno de la remodelación.

BARRIO MUSULMÁN

A pesar de los malos recuerdos, caminar por las calles adoquinadas del casco antiguo de Mostar es algo que vale la pena. Sus orígenes se encuentran en la construcción del barrio musulmán, a ambos lados del puente viejo, en 1475. Hoy en día, las tiendas de artesanía abocadas al exterior remiten a cualquier zoco y los casi 40 grados a los que se llega en verano, al desierto. Por eso, el intenso azul del Neretva parece un espejismo. Sobre él se alza el puente, de arco ligeramente apuntado y flanqueado por dos torres fortificadas. Cuando el calor aprieta, los habitantes más osados de la ciudad se atreven a lanzarse desde él. Eso sí, una vez se han asegurado que los curiosos turistas han desembolsado algún que otro euro como motivación añadida. Las construcciones religiosas de la ciudad también sufrieron el asedio de las bombas y todas ellas han sido reconstruidas. El patio de la mezquita de Koski Mehmed Pacha, con diversas fuentes para lavarse los pies antes del rezo, regala una de las vistas de postal, es decir, el puente enmarcado por las montañas, el río y las construcciones medievales. La mezquita Karadjoz, una de las obras maestras de la arquitectura islámica del siglo XVI, también ha recuperado su antigua imagen, con su minarete alzándose hacia el cielo, si bien las tumbas que reposan a su alrededor han aumentado de forma considerable. La iglesia católica del monasterio franciscano parece que compita en altura, con un campanario que domina buena parte de Mostar. De hecho, no es casual. Las hostilidades han cesado, pero todavía existe cierto resentimiento y ninguna de las dos religiones quiere renunciar a ningún fiel. No obstante, en las calles de la ciudad bosnia se obtienen cierta dosis de esperanza. Después de una guerra cruel, la localidad renace gracias a los esfuerzos de sus habitantes y de la colaboración internacional. Todo parece que está bien, y eso reconforta. Pero, ya de vuelta, la realidad golpea de nuevo. Ayer fue Mostar, mañana será otra. Como una película ya vista, con otros protagonistas, pero con los mismos errores.