CUIDADO CON EL FÖHN. Dicen que este viento cálido y seco es culpable de todos los dolores que aletargan la mente y adormecen el cuerpo. Pero esta misteriosa brisa que peina la ciudad de vez en cuando dibuja los Alpes en el horizonte y saca brillo a las bóvedas de la Frauenkirche, maltrechas por la lluvia y el óxido. Unos metros por debajo, a pie de adoquín, Múnich respira ajena a la leyenda, acorazada en un ambiente castizo, de fiesta y tradición, e invita al visitante a sumergirse en un pueblo vestido de ciudad. El bullicio de la Marienplatz no incomoda. Esta plaza rectangular cercada de arte vertical es, desde la fundación de la ciudad en 1158, el centro geográfico y social de Múnich. El Ayuntamiento Nuevo, de estilo neogótico, domina el lugar desde su extremo norte, mientras los nostálgicos restos del antiguo palacio municipal, bombardeado en la segunda gran guerra, ocupan el fondo oriental. En el centro, se levanta la columna con la figura de María, erigida en 1638 y flanqueada por las dos iglesias que compiten en grandeza. Ante el Nuevo Ayuntamiento, cruzando la plaza, seduce el magno templo de San Pedro, el más antiguo de esta ciudad alemana. El visitante paciente sube los 300 escalones de la torre para contemplar Múnich a vista de pájaro. La Frauenkirche (iglesia de Nuestra Señora) es uno de los edificios más característicos de la capital bávara. Fue construida encima de otras iglesias anteriores en el siglo XV. ‘BIER, BITTE’ Bier, bitte. Cerveza, por favor. Poco más necesita uno para sentarse en una de las terracitas que convierten Múnich en un mosaico de homenaje al extracto de cebada. Olvídense de los quintos o las cañitas. Tomen la última en el avión. Aquí las cervezas vienen en jarras que exigen bíceps nutridos y un hígado de doble fondo. La campechana cervecería Hofbrauhaus, la más célebre de la ciudad, tiene el dudoso honor de haber sido escenario, en 1920, del primer mítin de un joven Hitler, que tras su llegada al poder instaló el primer campo de concentración, hoy convertido en museo, en las afueras. Los amantes del arte podrán perder el sentido en el Museo de la Residenz, que recoge una cantidad impresionante de salas repletas de los tesoros que pertenecieron a la Wittelsbach, la saga que promocionó la ciudad en los siglos XVII y XVIII. También merece atención el Museo de Arte Egipcio, la Pinacoteca Ite -con obras de Durero, Botticelli o Rubens-, o el Museo Alemán, una de las exposiciones de ciencia y tecnología más grande que se pueden visitar en el mundo. Si la cerveza, los museos y los edificios faraónicos atascan la mente, lo mejor es darse un garbeo por el Jardín Inglés, uno de los parques urbanos más grandes del planeta y un lugar ideal para tomar el sol, pasear en barca, tomar la penúltima en una de sus terrazas o hacer surf sobre el río Isar. Los más osados pueden hacer nudismo en el río. Todo, como en casa.