El año 1523 los conquistadores españoles hallaron una inmensa masa de agua en el sur de Nicaragua. El intenso oleaje y las hermosas playas les llevó a bautizarla como La mar dulce. Pero, pese a su magnitud –8.264 kilómetros cuadrados–, aquella denominación resultó errónea, pues en absoluto se trataba de un mar, sino del segundo lago tropical más grande del continente americano: el Cocibolca. En su interior se encuentra Ometepe, la isla más grande de Latinoamérica dentro de una fuente de agua dulce (276 kilómetros cuadrados y 35.000 habitantes). Llena de colorido, historia y misterio, se ha convertido en uno de los sitios turísticos preferidos tanto para los turistas extranjeros como para los nicaragüenses, y madre de los llamados cerros gemelos, el Concepción y el Maderas. En realidad se trata de dos volcanes (uno de ellos todavía en activo) que se alzan majestuosos sobre la isla, ofreciendo una gran variedad de ecosistemas y atractivos turísticos naturales como ríos, cascadas, playas y humedales, en un estado casi virgen. En la parte sur del lago hay un archipiélago también digno de mención. Es Solentiname, un remanso de paz donde sus habitantes muestran la naturaleza que les rodea a través de pinturas y tallas hechas en madera de balsa. El arte primitivista o naíf perdura desde que el poeta Ernesto Cardenal despertó en los isleños sus capacidades artísticas. San Fernando, Mancarrón, Mancarroncito y La Venada son las islas mayores, mientras que Zapote es la que alberga una de las poblaciones de aves acuáticas más importante de Centroamérica. Además, en la Cueva del Duende se localizan interesantes grabados rupestres o petroglifos que cuentan la vida espiritual de los pobladores precolombinos. Y entre Ometepe y Solentiname, litros y litros de agua, habitada por una rica fauna acuática, tan singular como los tiburones de agua dulce: el tiburón toro y dos especies de pez sierra, cuya especial adaptación osmótica a las condiciones del agua dulce es única a escala mundial.

EL DESCENSO DEL RÍO

A comienzos del siglo XVI el rey español Carlos V comenzó a obsesionarse con encontrar un paso que conectara el mar del Norte (Atlántico) con el mar del Sur (Pacífico). Esta es la misión que llevó a Gil González Dávila a los dominios del cacique Nicaragua. Y fue por boca de este jefe indio que supo el explorador español sobre la existencia de un desaguadero del Cocibolca que podía resultarle interesante. Era el río San Juan, que da nombre al departamento situado en el vértice sureste del triángulo que conforma Nicaragua. Nace en el poblado de San Carlos, donde un par de gruesas paredes que han resistido los embates del tiempo son mudo testimonio de lo que una vez fue un fuerte y, mucho antes, cárcel para quienes en el 1600 se atrevieron a demostrar su público descontento contra la ordenanza real que prohibía el cultivo de la viña, del moral, del olivo y la crianza de ganado lanar, entre otras cosas. Al sureste, la travesía a través del río San Juan continúa. En los bordes de un larguísimo espejo, agazapadas entre la maleza, numerosas garzas blancas se procuran el sustento diario. Y, tras aproximadamente a una hora y media de viaje en lancha, aparece el pequeño poblado de Sábalos, de gran auge económico hoy día y donde los españoles construyeron una de las 13 edificaciones defensivas levantadas a lo largo del río San Juan para prevenir las incursiones filibusteras. Este lugar toma su nombre del pez más impresionante de este río: el sábalo real, que pudiendo llegar a medir más de dos metros y pesar más de 90 kilos, es fácil de observar mientras serpentea. Quince minutos más de viaje y aparece sobre una enorme mole de roca basáltica la más importante de todas las fortalezas: el castillo de la Inmaculada Concepción. Lugar de las mil y una batallas; símbolo de la centenaria pugna entre España e Inglaterra por dirimir la hegemonía sobre las colonias en América y la expansión del comercio mundial. Este suele ser uno de los lugares que más interés despierta entre los visitantes, dada la riqueza histórica, geográfica, ecológica, geológica y económica que encierra el lugar. Es punto obligado de parada, donde el viajero tiene la oportunidad de descansar; de desafiar las aguas embravecidas –aquí los rápidos se conocen como el diablo–; de adentrarse en la multicolor tranquilidad del mariposario; y donde ver, palpar, respirar, caminar y sentir algunos de los episodios más ricos de la historia nacional. Los vastos humedales que bordean el valle y el clima lluvioso hacen de esta porción del territorio nicaragüense el reino del bosque lluvioso.