PAPÚA OCCIDENTAL, conocida como Irian Jaya, es de esos lugares donde no te das cuenta que has estado hasta que regresas. Fascinante por su paisaje, enigmática por sus habitantes y etnias, anclada en el tiempo por su difícil acceso y aislamiento, mágica por sus tradiciones ancestrales, es tierra de guerreros, acostumbrados al uso de hachas, cuchillos y arcos con flechas para defender sus territorios, para cazar, para luchar. Vive todavía en la edad de piedra. Sin tecnología, en silencio. Una tierra tan bella como dura, invadida por varios imperios durante siglos, donde sus habitantes se resignan a ser Irian Jaya, territorio bajo dominio indonesio, y luchan por conseguir una independencia que les garantice su prosperidad como pueblo, su identidad como papúas. Se sienten diferentes a sus vecinos, étnica y culturalmente. De ahí su nuevo nombre: Papúa Occidental. EL VALLE DE BALIEM A Wamena, capital del Valle del Baliem y auténtico territorio de las tribus de los dani, sólo se llega por aire. Más de una hora desde Jayapura, la capital del país, sobrevolando las selvas vírgenes, divisando desde lo alto la belleza de una naturaleza llena de contrastes, un manto verde sólo a veces interrumpido por imponentes ríos de aguas color chocolate. Un territorio inhóspito, prácticamente inexplorado, lleno de misterios. Todavía es un acontecimiento para las gentes de Wamena ver aterrizar ese enorme aparato volador, pese a ser el único método de abastecimiento en todo el valle. Todo llega en avión, desde el combustible hasta la comida. Si hay niebla y el avión no llega, el valle queda aislado, vacío, sin abastecimiento. De ahí que ir al aeropuerto sea mucho más que ver el avión. Forma parte de su vida y de sus necesidades. Sorprende aterrizar entre cientos de cabezas, ojos y miradas sorprendidas, asomándose por la pobre y medio destruida valla que delimita la pista. Wamena es una ciudad tranquila, que resiste al avance del mundo occidental. Vehículos a motor hay, pero pocos. Predominan los ciclos, reciclados como taxis pedaleados por jóvenes a veces algo imprudentes. Pero, sobre todo, lo que hay en Wamena es gente, mucha gente andando. Su mercado, lleno de puestos de alimentos autóctonos, sirve de contacto con las tribus locales, donde se encuentran algunos individuos dani y algún lani, desnudos. No son gente acostumbrada al turismo, así que los sorprendidos son ellos. Venden de todo, pero sobre todo boniato, frutas, vegetales, tabaco y comida exótica. Mujeres cargadas en su espalda, hombres que fuman entre pausa y pausa, niños que venden y juegan al mismo tiempo, ancianos que charlan junto a los puestos.

LOS DANI

Son la etnia mayoritaria. Se calcula que en el valle pueden haber unos 80.000 individuos. De complexión fuerte, pelo negro rizado, ojos negros y piel morena, se dedican a los cultivos, base de su alimentación, junto al cerdo. En honor a este animal, celebran su fiesta más importante. De manera sencilla, humilde, sin derroches. Cazan, luchan, defienden sus propiedades. Transmiten sus tradiciones de forma oral. Fuman y fuman. De mirada profunda, son hospitalarios y sonrientes cuando entienden y aceptan la intrusión del turista, pese a la timidez y hostilidad del primer encuentro. La mejor manera de descubrirlos es caminando por los valles del río Baliem: atravesar los puentes colgantes, andar entre plantaciones y gente cultivando los campos, observar un paisaje rodeado de vegetación y montañas de más de 2.000 metros. Una sucesión de montañas y valles cuya vegetación trepa hasta los límites. Viven en los poblados que se van encontrando por el camino, en las tierras altas, formados por familias enteras muy numerosas, no muy alejados los unos de los otros. De ahí la gran rivalidad entre ellos. Se alojan en los honais, humildes chozas de paja y adobe: un honai para el jefe, otro para los hombres, otro mayor para mujeres y niños y otro de cocina y despensa. Su jerarquía es estricta. El jefe controla todo, da las órdenes y administra el poblado. Recibe las donaciones de los turistas o de los estamentos oficiales. Los ancianos son los consejeros. Sorprende e impacta la imagen de las ancianas, con sus dedos de las manos mutilados. Se cortan un dedo al morir un familiar directo. Un ancestral ritual que todavía perdura. No tenían religión, sólo dioses de las montañas, de los volcanes, de los ríos, que aún se manifiestan en piedras alargadas y ennegrecidas por la cremación de ofrendas sobre ellas. Pero se les ha impuesto el cristianismo, especialmente en la ciudad y en los poblados cercanos. Guardan momificados a sus antepasados más ilustres, a sus mejores guerreros, que conviven con ellos en el honai de los hombres. Se adornan con dolorosos tatuajes, con huesos de animales, con pinturas por todo el cuerpo. Aunque ello no resulta del todo extraño.