CUANDO FRANK SINATRA ento- naba aquel mítico New York, New York con la gravedad y profundidad de su nconfundible voz, no necesitaba nin- gún te quiero para hacer estremecer a las mocitas de medio mundo. No era una pieza emotiva, nostálgica ni blan- dengue. Se trataba de un canto a una ciudad a la que se le escapaba la vida por los callejones, en la que todo el mundo lograría su oportunidad y con- seguiría su momento de gloria. Con su ritmo andante, cualquiera cerraba los ojos y soñaba que le llegaba el éxito, mientras un potente cañón de luz se- guía sus pasos en algún escenario, así fuera la propia vida. Pese a la mitifica- ción, no se podría decir que, en aque- los momentos, la ciudad fuera lo que se dice cálida. Más bien todo lo con- trario. Mucho metal, mucha altura, mu- cha gente y, pese a ello, algo de im- personal. Y nada de eso ha cambiado. Nueva York sigue siendo el resultado del cajón de sastre en el que se mez- claron todas las culturas habidas y por haber, con el consiguiente resultado multicolor. Y como son las personas las que hacen el lugar, y no al revés, los neoyorquinos también han sabi- do encontrar el punto romántico a esa ciudad que se pinta fría. Primero, un recorrido en coche de caballos por el Central Park y un rela- jado paseo en góndola por el lago del mismo. Sino, otro de los jardines en- ternecedores se encuentra lejos del estruendo de la ciudad: The Cloisters ofrecen la oportunidad de recrear la mirada en el pasado, entre más de 250 especies vegetales que ya eran típicas en la edad media. Media mañana. Un paseo por el transbordador de Staten Island nos aleja el perfil de los rascacielos de Man- hattan, a medida que el barco va pa- sando por las islas de Liberty, Ellis y Governor. Y a la una del mediodía hay que estar en St. Paul’s Chapel, el edi- ficio más antiguo de toda la ciudad. Atravesar la entrada de la iglesia es si- nónimo de zambullirse en un mundo de gracia, belleza y serenidad, donde cada lunes a esa hora se celebran con- ciertos de distintos tipos de música. El atardecer descarga sombras so- bre la ciudad. Algo que sólo es per- ceptible desde lo más alto del Empi- re State Building. Progresivamente, los rascacielos establecen su propia cons- telación y tocan a cenar. Dos de los lu- gares más románticos para hacerlo son el River Café, en Brooklyn, con su maravilloso perfil de Manhattan, y One if by Land, una antigua cochera res- taurada del siglo XVIII, en pleno cora- zón de Greenwich Village. La noche se nos echa encima. Un champán francés en la planta 16 de Top of the Tower juguetea con sus bur- bujas en la garganta, como lo hacen las luces de la ciudad sobre el East Ri- ver. La guinda a la historia la pone ca- da uno, en algún rincón de la ciudad que nunca duerme. Si todo va bien, esta noche tampoco.

TEXTO ALBERTO GONZALEZ