NO ES POSIBLE HABLAR del país que está al sur de río Bravo, en realidad se debe hablar de países: diferentes paisajes y gentes, comidas y culturas, artes e historia. México es un destino turístico de primer orden gracias a la gran riqueza que ofrecen sus muchos territorios. Y aquí cabe hablar de la ciudad de Oaxaca, cuya personalidad la ha convertido en uno de los lugares de visita obligada en esta extensa geografía. La ciudad de Oaxaca es la capital del estado y se sitúa en la zona sur de México. El entorno paisajístico es un vasto catálogo de orografías con cumbres altísimas y cavernas profundas, playas vírgenes en las orillas del pacífico, selvas recónditas y valles llenos de luz. Fue justamente en estos fértiles valles donde floreció la antigua cultura zapoteca que se fusionó con la de los conquistadores españoles. El nombre de Oaxaca viene de la lengua nahua y quiere decir punta o nariz de los guajes. Fue elevada al rango de ciudad por Carlos V en el año 1532 y hoy en día tiene una población de unos 250.000 habitantes. El resultado es la Oaxaca que se ofrece al viajero como un lugar de arte y color. Las calles empedradas están acotadas por una variada arquitectura, bella y armónica, y sus tradiciones culturales han arraigado en la gastronomía y artesanía.Tal es su riqueza que esta capital ya fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en el año 1987. Con un clima atemperado y cálido, como en una primavera perenne, la piedra gris, el cielo de azul intenso y el verde de la naturaleza crean un cuadro de contrastes inolvidable para el viajero. Si a lo anterior se suma la cercanía de enclaves históricos como el Monte Albán o Mitla, la fácil posibilidad de desplazarse a diferentes playas del Pacífico en las que descansar y una infraestructura turística con una oferta de servicios de alta calidad, se termina de entender la más que buena reputación que goza esta ciudad en todo mundo.

LA PIEDRA GRIS

Pasear por sus calles empedradas es hacer un repaso a lugares de enorme interés histórico y arquitectónico que mantienen prácticamente intacta su esencia colonial. El centro neurálgico de la población está en el jardín de la Alameda que brinda una agradable sombra. En uno de sus costados se alza la catedral, que fue sede del obispado desde los comienzos de su construcción en el año 1535. Tiene un espléndida fachada de estilo barroco con santos esculpidos y el bajorrelieve de la Asunción de María, réplica de la de Tiziano. Asimismo, goza de un interior con obras de arte, imágenes y reliquias del siglo XIX, como, por ejemplo, la famosa Cruz de Huatulco. A continuación, es paso obligado internarse en el antiguo convento de Santo Domingo de Guzmán. Se trata de un conjunto con una espléndida fachada y una decoración interior de estilo ultrabarroco muy bien restaurada. Junto al fondo de la nave llena de capillas hay un fantástico retablo mayor y su bóveda, revestida de oro, contiene 104 pinturas de mártires dominicos fechadas de los siglos XVI y XVII. En el paseo, el caminante no debe olvidarse del templo de San Felipe Neri. También con un exterior barroco, en este monumento el presidente de México Benito Juárez contrajo matrimonio en el siglo XIX. Por su lado, otra de las arquitecturas fundamentales de la ciudad es la basílica de la Soledad. Este templo data del siglo XVII y sirve como claro ejemplo de lo que fuera una construcción oajaqueña característica de la arquitectura religiosa de la época del virreinato. También es interesante acercarse al neoclásico Palacio Gobierno, que alberga pinturas de diferentes momentos históricos desde la fundación hasta la independencia.

CIUDAD DE CULTURA

El itinerario se puede combinar, y es eso lo ideal, con la visita a los muchos centros museísticos de esta ciudad, que es también uno de los agitados centros culturales de todo el país. En este sentido, aprovechando la visita al convento de Santo Domingo, se ha de asomar la cabeza por el Museo de las Culturas de Oaxaca, que está en su interior. Las diferentes estancias contienen una importante colección de piezas arqueológicas de las culturas precolombinas que han habitado en este estado. En sus vitrinas se exhiben, por ejemplo, las famosas joyas de oro encontradas en Monte Albán. En otro de los edificios de típica arquitectura civil del virreinato se encuentra el Museo de Arte Contemporáneo. De sus paredes cuelgan interesantes obras de artistas antiguos y contemporáneos. Además se dice que en él se alojó el conquistador Hernán Cortés. No es menor el interés del Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo. Este contiene las innumerables piezas que el famoso pintor oajaqueño coleccionó a lo largo de su vida.

MANJARES Y ARTESANÍA

Son muchos y buenos los restaurantes que acogerán al viajero necesitado de recargar energías y regalarse el paladar con platos autóctonos. En México la comida es tan amplia como lo es su geografía: rica y variada, picante y dulce. Así, en Oaxaca además de los platos típicos de otras partes del país está arraigada un cocina muy personal de fuerte raíz tradicional. Entre su menú se encuentra el caldo de guías de calabaza, el espinazo hecho de tomate y los siete moles: negro, colorado, amarillo, verde, coloradito, chichilo y almendrado. También son comunes la cecina enchilada, los estofados, los chiles rellenos, los tamales en hoja de plátano, la sopa de ojotes con chepil o de garbanzo y el caldillo de nopales. Si se desea disfrutar de algo dulce, se puede beber chocolate en agua o leche, tanto frío como caliente; o las aguas de Casilda, hechas de horchata con tuna y nueces, chía y limón, y que saben muy bien cómo quitar la sed. Y para los más atrevidos quedan platos tan exóticos como la tortita de maíz llamada memela con asiento o las empanadas de armadillo. Asimismo, si todavía rige la curiosidad, se pueden picar los pequeños saltamontes que se llaman chapulines. Entonces quizá sea oportuno acompañar estas delicatessen con una copita de tequila o de fortísimo mezcal. Por otro lado, son muchos los mercados repletos de hermosa artesanía que colorean las calles y mucha la oferta que se encuentra. Oaxaca destaca por sus textiles en colchas, manteles, cortinas… con diseños autóctonos prehispanos y coloniales. Resaltan los tonos naturales sobre hilo de algodón tejidos tradicionalmente en telares a pedal o lanzadera. También se encuentran textiles de poblaciones como Teotiltlán, Mitla o Tlacolula. Por su lado, la alfarería del lugar se desmarca también por la originalidad. Se trata de un tipo de loza vidriada, de diseños floreados sobre fondo blanco y café, que se plasma en vasos, jarrones o juguetes. Igualmente llegan a los tenderetes las piezas de la población de Atzompa, de tonos verdes, o las de barro negro de San Bartolo Coyotepec.