LA ZONA OCCIDENTAL del Peloponeso, especialmente aquella que se extiende desde Patras hasta el Templo de Olimpia, es un lugar generosamente bendecido por la naturaleza. A lo largo del camino, el viajero se topa continuamente con pequeñas ciudades y pueblos pintorescos. Y la primera línea de mar ofrece al visitante la posibilidad de escoger entre pequeñas y apartadas calas naturales o un ambiente con todo tipo de comodidades. Al detenerse a descansar sobre alguna piedra, el curioso no puede evitar preguntarse si se trata de un pedazo de historia. Y es que la zona se halla repleta de ruinas de ciudades arcaicas, iglesias bizantinas y castillos medievales de gran importancia desde el punto de vista arqueológico. Desde Pyrgos, el camino se bifurca al este y atraviesa un fértil valle. Al término del mismo, donde confluyen los ríos Alfeo y Cladeo, a los pies del montículo Cronios y recubierto de pinos, se encontraba uno de los templos más importantes del mundo: Olimpia, el lugar donde se adoró la fuerza física en conjunción con el espíritu como en ningún otro lugar. Y así nació el dicho: Mens sana in corpore sano. También aquí tomaron forma algunos de los mitos eróticos más hermosos: el de Alfeo y Aretusa, el de Apolo y Dafne y el de Hipodamia y Pélope; figuras divinas y heroicas relacionadas con la propagación de la naturaleza y la vida. En el monte sagrado de Olimpia, la vida empezó en los albores de la civilización, entre el 2.300 y el 2.100 a.C. Periódicamente, desde el siglo VIII a.C. hasta la agonía del Imperio romano, en el templo se fue organizando el conjunto más característico de instalaciones atléticas y edificios de culto de la época antigua. Pero un terrible terremoto debastó el templo de Zeus en el siglo VI d.C. Sus restos permanecen en tierra tal y como quedaron aquel día, lo que permite hoy comprobar cómo las columnas de los templos griegos estaban formadas por varias piezas superpuestas, que se encajaban unas con otras como si de un actual juego infantil de construcción se tratara. A pesar de que solo una pequeña parte de las innumerables ofrendas que embellecieron el lugar hayan sobrevivido a nuestros días, pudiéndose contemplar en el Museo Arqueológico de Olimpia, y aunque solo algunos de los monumentos de mayor envergadura como el Heron, la Palestra y la Cripta de entrada al Estadio hayan sido parcialmente restaurados, el visitante puede imaginar sin mucho esfuerzo la majestuosidad y la belleza de los monumentos que existían en el lugar. Y como su propio nombre indica, esta era la sede de los antiguos Juegos Olímpicos. Un santuario que constaba de templos y edificaciones en honor a los dioses de la antigua Grecia. Se celebraban en verano, cada 4 años. En 776 a.C. Se comenzó a hacer la lista de los ganadores y suele considerarse esta la fecha de iniciación de los Juegos, consagrados en honor a Zeus Olímpico, quien moraba en el monte Olimpo, de unos 3.200 metros. A comienzos del año de los Juegos, se enviaban mensajeros a todo el mundo griego para invitar a las ciudades estado a homenajear a Zeus. En las competiciones atléticas sólo podían participar hombres honorables de ascendencia griega y durante su celebración se cumplía la denominada tregua olímpica, que implicaba la paralización de los conflictos bélicos. Los juegos pasaron de ser un festival de atletismo y lucha que duraba un día, a convertirse en una celebración de cinco días con diferentes pruebas, en el 472 a.C. Y en el 350 a.C. adquirieron las características definitivas que les han hecho tan célebres y que aseguran que Olimpia sea un reclamo turístico con marca de autenticidad. Por los siglos de los siglos.