SI VIAJAR sirve para romper tópicos, poner los pies en Oslo significa darse cuenta que la capital de Noruega es de todo menos fría. Aunque en invierno la nieve es la gran protagonista, las calles vibran gracias a una intensa actividad cultural, artística y gastronómica, aderezada con una vida nocturna que se rebela contra las bajas temperaturas de la mano de múltiples cafés, bares, clubs y discotecas. Además, como suelen decir los noruegos, algo sarcásticos, se trata de la ciudad más soleada de Escandinavia, gracias a su emplazamiento a la cabeza del fiordo y una serie de protecciones naturales. Eso sí, la temperatura promedio baja en la época más fría hasta una media de 4º grados negativos, aunque en verano escala hasta los 20 grados (positivos, claro). Oslo se encuentra inmerso en un proceso de remodelación, que se vislumbra sobre todo en su frente marítimo, en el que destaca la recién inaugurada Opera House, a la que se irán uniendo diversos museos y centros de arte, así como la renovación del famoso trampolín de saltos de esquí de Holmenkollen. Un nuevo paisaje marcado por la arquitectura de vanguardia, que se fusiona con la funcionalidad, ya que la zona portuaria de Bjorvika se está abriendo a los ciudadanos, con la construcción de viviendas, comercios y zonas de recreo. Diseño moderno y vocación social, en un binomio fuertemente ligado a tierras escandinavas. BARRIO EMERGENTE Otro ejemplo del cambio experimentado por la ciudad en los últimos años se refleja en Grünerlokka, un barrio antes dominado por fábricas que ahora se ha reconvertido en una de las zonas más sugestivas de Oslo gracias al interés que ha despertado entre la gente joven, diseñadores y artistas, lo que le convierte en el epicentro de las nuevas tendencias que surgen de la capital noruega. Un espacio marcado por su ambiente multicultural y que debe ser descubierto paso a paso, prestando la atención debida a cada una de las pequeñas tiendas de ropa, cerámica, música, arte y comida que aparecen al doblar la esquina. También se han multiplicado en los últimos tiempos los restaurantes y cafés, más informales, con precios algo más asequibles y público de diversas culturas. El capítulo gastronómico es una de las bazas de la ciudad, en especial los platos basados en los productos locales, como el salmón, el bacalao, los arenques y las gambas. En base a ellos se ha asentado la cocina tradicional, que al mismo tiempo ha servido de plataforma de despegue para múltiples cocineros que han renovado y modernizado las recetas de toda la vida, hasta tal punto que Oslo cuenta con cuatro restaurantes con estrella Michelin. De la misma forma, los museos configuran una parte importante de la esencia noruega, reflejada en los cuadros de Edvard Munch, las piezas teatrales de Henrik Ibsen o el compromiso del Centro Nobel de la Paz. El Oslo Pass permite la entrada a la mayoría de centros artísticos –hay unos 50–, lo que supone iniciar un recorrido que comienza en la época vikinga, pasa por la potente tradición marítima del país y termina en las muestras del arte más vanguardista y contemporáneo. Oslo invita a concentrarse en sus calles, pasear sin rumbo por ellas (a pie o en bicicleta), sentarse a tomar un café para recuperar fuerzas, disfrutar de sus locales, tiendas y sus múltiples festivales, cenar bien y disfrutar de su animada vida nocturna. Pero sería un error no levantar la vista y mirar alrededor, porque Oslo está rodeado de una naturaleza que prácticamente permanece intacta. Por un lado, el fiordo y sus decenas de islas que se hacen hueco entre los acantilados. Por el otro, más de 240 kilómetros de bosques y hasta 343 lagos. La capital noruega es el punto de partida para múltiples excursiones y también la única gran ciudad europea que tiene pistas de esquí situadas a tan solo 20 minutos. Hasta Semana Santa hay tiempo suficiente para practicar algún deporte de invierno, entre ellos, cómo no, el esquí nórdico. Por trazados no será: existen hasta 2.600 kilómetros acondicionados.