PALERMO ES

 el resultado de la sim- biosis entre una rica y profunda raíz cul- tural insular y 27 siglos de perenne do- minación extranjera. Fenicios, griegos, cartagineses, romanos, bizantinos, ára- bes, normandos, suabos, franceses, ca- talanes, castellanos, ligures y napolita- nos, contribuyeron a crear hasta 1860, en la hoy capital de la región autónoma de Sicilia, una manera de ser diferente, mediterránea, viva, que advierte el via- jero al callejear por la ciudad y observar a sus gesticulantes nativos. Esta urbe de 700.000 almas se extiende desde la amplia llanura de la Cuenca de Oro, pro- tegida en el norte por el monte Pelle- grino y bañada al este por el mar Ti- rreno, en el golfo que lleva su nombre. Pese a ser marinera y pescadora, Pa- lermo ha vivido mucho tiempo de es- paldas a su puerto. De no ser por la an- tigua cala que muerde el casco antiguo –el más extenso del sur de Europa– se diría que la ciudad prefiere recluirse en los laberintos de calles o en el interior de sus ricas y barrocas iglesias, acu- nada por la fusión de aromas, sonidos y luminosos colores a cítrico y a mar.

No hay que irse sin ver el destartalado barrio de la Kalsa, con sus anticuarios y ceramistas, y la plaza de la Marina

Pero Palermo también son balcones con omnipresentes coladas colgantes, turismos sin edad asegurados con candado, multicromáticos merca- dos callejeros, decadentes pala- cios antaño majestuosos y cien- tos de viejos pero altivos case- rones en ruinas. La secular de- jadez, pero también una volun- tad apasionada de sus mora- dores por rescatar del olvido su inmenso y olvidado patrimonio para devolverlo al mundo. En una urbe otrora vibrante, rica, culta y también dura- mente castigada por una amalgama de opresores, olvidos, marginaciones, gue- rras (todavía abundan las ruinas de los bombardeos americanos de 1943), de- lincuencia organizada, especulación constructiva y terremotos, como el de 1968; sorprende una alegría de vivir emergente, que late y que está simbo- lizada por la actividad de sus teatros: el lujoso Teatro Massimo, el Politeama Ga- ribaldi y, entre muchos otros, los teatros de marionetas, Opera dei Pupi. La Mafia, lacra universal de Sicilia, se genera en un país sin soberanía, en el que sus habitantes desarrollan una in- mensa desconfianza en las institucio- nes y un mirar de valerse por ellos mis- mos, administrando su propia justicia. Con la unificación de Italia en 1860, pro- liferan bandoleros y matones al servicio de los nuevos barones terratenientes, que utilizan el crimen y la extorsión para fomentar el miedo e introducir su influen- cia en to- das las capas de la sociedad.

 En el decenio 1983-1993 la Mafia se enfrenta al Estado con el re- sultado de 1.500 asesinatos, de los que 500 se dan en Palermo, convertido en un Beirut a la siciliana. El maxiproceso de 1986, las detenciones masivas y la acción valiente de los propios sicilianos como el general Della Chiesa o los jue- ces Giovanni Falcone y Paolo Borsalli- no, también asesinados por la Cosa Nostra, significan un importante final y el inicio de otra esperanzadora época. En Palermo hay cientos de iglesias y oratorios, en buen o en mal estado y cientos de estilos, para admirar desde el normando hasta el barroco: San Ca- taldo, con sus cúpulas bulbosas; La Martorana, con su torre normanda; San Giovanni degli Eremiti, con su claustro soberbio; la imponente catedral, que muestra la presencia catalana; la góti- ca Santa Maria della Catena; el magis- tral San Domenico y su riquísimo ora- torio; la humilde pero bellísima San Francesco; la elegancia majestuosa de los Teatinos y, por fin, no hay que per- derse el espectáculo de los oratorios de Santa Cita y del Rosario. El que deambula por Palermo se to- pa con palacios, villas y jardines que evocan al Gattopardo de Lampedusa, como los de Mazzarino, Cagliostro, La Favorita y el Palacio Normando, resi- dencia real, hoy parla- mento, que alberga uno de los tesoros del me- dievo europeo: la Capilla Palatina. Hay que perderse por laberintos de calles, muchas aún gremiales como la Argenteria y Piazza Meli con sus pla- teros, cerca de Santa Eulalia dei Cata- lani; o en callejas que se abren a mul- ticoloristas mercados legendarios, que siempre fueron antiguos, como la Vuc- ciria o Ballerò, con sus peces espada, sus atunes o sus gatos. Hay que entrar en ruidosas vías comerciales como Ba- ra D’Olivella o en rectilíneas arterias co- mo Maqueda –el eje con más zapate- rías del mundo– para acabar en la ele- gantísima Via della Libertà.

En el cruce entre Maqueda y Vitto- rio Emanuele se alza Quattro Canti, co- razón de la ciudad, con sus simétricos palacios, fuentes, y esculturas en ho- menaje a Carlos V, Felipe II, Felipe III y Felipe IV. Detrás se halla la plaza Preto- ria con la soberbia fuente, que no tiene nada que envidiar a la de Trevi, y junto a ella, la plaza Bellini. No hay que marchar sin ver, oler, absorber, el destartalado barrio de la Kalsa, en cuya pro- ximidad se encuentra la joya de la corona: el Palazzo Abatellis, que alberga La Anunciación de Messina.