CRISTÓBAL COLÓN pisó costas panameñas en su cuarto viaje, durante su recorrido desde el cabo Gracias a Dios, en Nicaragua, hasta el istmo de Panamá. Sin embargo, un año antes, en 1501, otro español llamado Rodrigo de Bastidas ya había paseado sobre las costas panameñas. Ahora, muchos siglos después, Panamá está siendo redescubierta. Los nuevos conquistadores se convierten en conquistados por un país a la vanguardia del cambio y el movimiento, con un centro bancario internacional, exitosas firmas, centros comerciales privilegiados, una hermosa diversidad de culturas y una riqueza ecológica envidiable. El pujante negocio turístico ha llevado hasta allí durante los primeros nueve meses del año a 71.174 visitantes europeos (14.280 de ellos españoles), lo que supone un 23% más que en el mismo periodo del año pasado. Llegan motivados por esta nación segura, pacífica y próspera, y por los niveles de desarrollo de los que han oído hablar y que se evidencian al contemplar el skyline de la capital, Ciudad de Panamá.

Una vía de paso rápido

Los primeros exploradores europeos en América pronto descubrieron que el istmo de Panamá –esa delgada franja de tierra que separaba los océanos Pacífico y Atlántico– ofrecía una oportunidad única. No fue hasta finales del siglo XIX que los avances tecnológicos y la presión social hicieron viable la construcción de un canal, el mismo que hoy funciona y resulta fundamental para la economía panameña y para el transporte marítimo mundial. El 24 de abril del 2006 se anunció formalmente la propuesta de ampliación de este cauce con un tercer juego de esclusas, aunque se espera que las obras no finalicen hasta el 15 de agosto del 2014, cuando se conmemorará el primer centenario del Canal de Panamá.

Esta metrópoli ha sido un importante punto de enlace para el comercio colonial: se calcula que entre los siglos XVI y XVII pasó a través de ella un 60% de toda la plata americana. Igualmente, los productos de Nicaragua, Ecuador, Costa Rica, Perú o México llegaban al puerto de Panamá para ser reembarcados y distribuidos hacia otras regiones del continente. El papel de Panamá como uno de los más importantes centros de expediciones en la historia de la conquista y la colonización españolas, así como por su función estratégica en el mapa de las rutas comerciales de la época, marcaron desde entonces el destino del istmo como territorio al servicio del tránsito internacional. Por eso, entre callejones y edificios coloniales, ruinas y calles de piedra, museos e iglesias antiguas, convergen tres estilos de construcción: española, francesa e italiana. Algunas visitas imprescindibles en Panamá la Vieja son los restos de la antigua cal tedral, la catedrade Nuestra Señora de la Asunción, seis conventos con sus respectivas iglesias, parte del edificio del Cabildo, la Casa de los Genoveses, el fuerte de La Natividad, el Hospital San Juan de Dios o los tres puentes coloniales.

Pero hay otra Panamá. Aquella que se comenzó a forjar a partir de que se construyera el ferrocarril transístmico (que unió los dos océanos por primefrancés. ra vez) y el canal La Panamá moderna es un centro comercial con grandes y modernos edificios, fabulos sas tiendas, bellas mansiones, hoteles y casinos. En este área también se en cuentra el Teatro Nacional –que regularmente presenta conciertos, sinfonías y óperas–, el Museo Interoceánico del Canal de Panamá, la plaza de Bolívar, el Palacio Presidencial, el jardín botánico, el parque Nacional Soberanía o el Nacional Metropolitano.

LEJOS DE LA CAPITAL

Para aprovechar todo el potencial natural del país, lo mejor es salir de la capital. Darien, por ejemplo, es reconocido por su diversidad y riqueza. Situado en la frontera con la provincia de Panamá y la Comarca de San Blas, tiene una gran riqueza en flora y fauna, que coexisten pacíficamente con sus pobladores indígenas. Es visitado por turistas dedicados al ecoturismo y científicos que encuentran en su selva un lugar para el esparcimiento y la investigación.

Los amantes del senderismo tienen tantas posibilidades como caminos atraviesan el país. Una propuesta interesante es viajar al parque nacional Volcán Barú y hacer el vistoso recorrido que parte del pueblo de Volcán hacia el de Boquete, a través de un sendero que zigzaguea entre sus faldas, donde se puede apreciar claramente cómo la vegetación va cambiando de acuerdo al nivel de altura que se va alcanzando. El ascenso, que dura unas diez horas, es duro y exige estar en forma. Bastante más sencillo es el recorrido que, dentro del mismo parque, comunica a Cerro Punta con Boquete, excelente para la observación de aves, especialmente del quetzal, un legendario pájaro tropical de extraordinaria belleza que en la civilización maya simbolizaba la libertad y que hoy sigue sobrevolando simbólicamente este crisol de razas que es Panamá.