“¿CONOCES PAPÚA?” Se puede repetir la pregunta hasta el aburrimiento, pero será difícil encontrar a alguien cercano que pueda dar alguna pista sobre este remoto lugar. Así que, de partida, los conocimientos del viajero se limitan a la definición que aporta la Wikipedia: “Provincia de Indonesia que comprende la mayor parte de la mitad oeste de la isla de Nueva Guinea”. Esto y algunos pocos datos más, que permiten saber que, por ejemplo, las tierras altas del Valle del Baliem son uno de los últimos lugares que quedan en el mundo en donde sus habitantes viven como lo hacían sus ancestros en la Edad de Piedra. De las centenares de tribus que habitan en Papúa (algunas de ellas aún no han tenido contacto con el hombre blanco), una de las más curiosas es la que habita en esta zona. Sus miembros son los únicos que usan una particular prenda de vestir, la koteka: una calabaza seca y hueca, a modo de funda para el pene, sujeta al desnudo cuerpo con una suerte de cordoncillos. Según la etnia de cada tribu, puede variar en tamaño, pero siempre la colocan en posición erguida, esto es, mirando al cielo. Su otro adorno es un tocado de plumitas y unos collares, y nada más. El resto es tan natural como sus dioses les trajeron a este mundo. Este es el panorama que aparece ante los ojos del visitante nada más llegar al diminuto aeropuerto de Wamena. Desde allí, el destino es el Baliem Valley Resort, un conjunto de 15 chozas entre campos de cultivo ganados a la selva, muy bien construidas, con todo lo básico, aunque sin lujos. Es un buen lugar para establecer el campamento base desde el que descubrir la zona, ya que su dueño, el doctor Werner F. Weiglein es un explorador alemán que conoce la isla como la palma de su mano. Además, sus guías locales son auténticos aborígenes experimentados, que recorren la selva como una puede caminar por las Rambles. Y esto es fundamental en Papúa, donde es muy fácil perderse en la selva y no volver a aparecer jamás.

PERMISO ESPECIAL

De hecho, lo primero que hay que hacer es sacar un permiso especial que proporciona el gobierno, previo pago, y que se debe presentar cada cierto tiempo en distintas zonas, con la única finalidad de demostrar que se ha pasado por allí. Así, en caso de que alguien se pierda, ya saben por dónde empezar a buscar. Desde la zona del hotel parten la mayor parte de los circuitos de senderismo con diferentes niveles de dificultad. Uno de ellos, bellísimo, discurre por el río subiendo y bajando colinas, a la vez que se atraviesan poblados donde los dani y los lani, tribus ancestrales y fascinantes, viven en sus chozas de la misma manera que hace miles de años. La mayoría son agricultores que arrancan a la selva un trozo de terreno para plantar todo tipo de verduras, hortalizas y frutos. Para comprobar su sabor, nada mejor que el pintoresco mercado local de Wanena. Bajo una especie de hangar de uralita se extienden mostradores de madera con fruta, verdura, pescado, carne… Aparte, se puede adquirir artesanía a precios ridículos para el bolsillo occidental. Fuera de él, a lo largo de la calle principal, también se extienden algunas tiendas de antigüedades y de objetos curiosos: lanzas, escudos, tótems, pinturas o arte oceánico, todo absolutamente exclusivo de este lugar remoto. Aunque algo caros para la zona, se puede regatear, y dada la ausencia de turistas (a lo largo de todo el 2007 solo visitaron este territorio unos 700 turistas) los precios bajan a velocidad de vértigo nada más comenzar la negociacion