IMG_3574Texto.  Miquel Valls Fotos. Erik Cuevas

El amor nos ha distanciado durante años. Nunca veía el momento de volver. Es más, lo temía. Únicamente nos separaban seis horas de tren en alta velocidad y algunos vagos recuerdos del pasado. Siempre he tenido ganas e ilusión. Pisar Paris. Desear Paris. Oler Paris. ¡Un Paris “In Love”! Soñaba en una ocasión especial y se presentó el fin de semana: Un Paris en grupo, con gente a la que quieres, admiras y respetas. Un Paris “In Love with my friends”.

RenfeSNCF une corazones a más de 300 quilómetros por hora en vía recta y sin anestesia general. El tiempo juega a favor. La ciudad de la luz deslumbra a cada segundo que pasa y la mezcla de olores confecciona un perfume variopinto y cítrico. Tengo ganas de pisar calle, gastar la suela de las zapatillas y emborracharme a chocolate, pan y mantequilla. Quiero escuchar su sonido, consumirme con su belleza y broncearme de su luz.

IMG_3572La Oficina de Turismo de la ciudad nos ofrece infinidad de planes. Mi gente sonríe, tiene ángel y brillo en los ojos. Cada uno habla y calla lo suyo pero todos nos queremos de modo distinto y en silencio. Las 72 horas en Paris se ponen en marcha. Empieza la cuenta atrás. Una gran cena cargada de gastronomía local en el Aux Lyonnais de Alain Ducasse que termina con una gran variedad de postres y selfies en la cocina con el chef, paseos contemplando la elegancia y majestuosidad de sus edificios, rincones y calles no pisadas por la mayoría de visitantes convierten la ciudad del encanto en un espacio único e irrepetible. Mermeladas. Cremas corporales. Aceites. Todo en estado puro como la gente de verdad.

Un recorrido que arranca cerca de Le Marais, un barrio de esplendorosos jardines y galerías de arte. El Paris viejo huele a pan recién horneado que inunda la catedral de Notre Dame. Un café a media mañana sin Wifi. Un descanso posterior a más de veinte grados tirados en la Place des Vosges afloran secretos, confidencias y sueños personales por cumplir que me inyectan de vitalidad. El Palacio Nacional de los Inválidos, la tumba de Napoleón y un deseo pedido justo debajo del puente del Alma a bordo del Beateux que pasea por el Sena. El recorrido termina delante de la Torre Eiffel y la noche con la sonrisa de una amiga soplando las velas de su tarta de cumpleaños.

Cargo una bolsa de nubes rosas de azúcar en el Banke, un glamuroso hotel en el que descansamos, situado en Ópera. Sus habitaciones  y su maravilloso hall nos trasladan a la época donde los artistas eran los protagonistas del “société” de Paris.

Nos perdemos por el Barrio de los pintores, Montmartre. Los burdeles cerrados han dejado paso a las palomas que hacen de lo suyo y bautizan a los turistas que invaden la Basílica del Sacré Cœu. Vista panorámica a la ciudad de los corazones que laten con fuerza y bailan al mismo compás. Todo tiene el punto justo de belleza. Una comida de despedida, seis horas de tren, decenas de caricias con los míos, abrazos y un beso final. Así es París.

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