Gulfoss_Iceland_2005

La tierra de hielo y fuego

No solo alberga el glaciar más grande de Europa, sino también algunos volcanes activos

Texto: Alberto González

La puerta a Islandia es Reikiavik. Un acceso chiquito, a medida de una capital que puede recorrerse andando o en bici y que, sin embargo, presume de tener una efervescente actividad cultural: sus elegantes galerías, oferta nocturna y vívido gremio de artesanos y diseñadores le han valido el calificativo de ciudad moderna. Y su profusa agenda de festivales enciende hasta la más sombría de las noches invernales. Pero hay otro tipo de iluminación que aún atrae a un mayor número de turistas: las auroras boreales, que a veces pueden verse incluso desde la misma capital.

Lo habitual, sin embargo, es que la visibilidad sea mucho mejor en las afueras, donde no hay contaminación lumínica. Por eso, en los meses más fríos, los turoperadores suelen conducir a los visitantes en todoterreno hasta el campo, con la esperanza de poder mostrarles estas magníficas cortinas de luz. Sin darles garantías, claro, porque el fenómeno es bastante imprevisible. Por eso, si se tiene tiempo, lo mejor es pasar un par de noches alojado en alguno de los hotelitos ubicados en las afueras. Estos suelen incluir un servicio de despertador para avisar a los clientes si una aurora boreal irrumpe durante las horas de sueño.

Reikiavik es también puerto de partida para la observación de las ballenas, así como de las excursiones que conducen hasta la laguna azul, una de las visitas imprescindibles. Este balneario color cielo se encuentra rodeado por un tortuoso campo de lava, y alimentado por la futurista central geotermal de Svartsengi, lo que le proporcionan una temperatura de 38 grados, ideales para el baño. Además, estas aguas son ricas en algas verdes y azuladas, sales minerales y barro fino de sílice, que tienen un efecto acondicionador y exfoliante de la piel.

Las torres plateadas de la central, las nubes de vapor y los visitantes embadurnados en el barro blanco de sílice contribuyen a hacer de este curioso lugar un escenario extraterrestre.

ACTIVIDAD GEOTERMAL. Haciendo carretera desde la laguna azul se alcanza Krisuvik, una zona bastante propensa a rabietas geológicas, donde el agua bajo los pies se encuentra a 200 grados y, al salir a la superficie, lo hace hirviendo, en forma de fumarolas, lodos burbujeantes y solfataras (aberturas en terrenos volcánicos). También sobre un activo campo geotermal se encuentra el amistoso pueblo de Hveragerdi –famoso por sus invernaderos, su escuela de horticultura y su clínica de naturopatía–, otro lugar idóneo para hacer un alto en el camino.

Tras unas horas de descanso, la ruta prosigue hacia otra de las atracciones turísticas más famosas de Islandia: Geysir, el chorro de agua caliente original que dio nombre a todos los géiseres del mundo. En el pasado, alcanzaba los 80 metros, pero en los años cincuenta se obturó debido a las rocas que los turistas lanzaban en su interior. Los terremotos del 2000 deshicieron un poco el atasco, pero las erupciones siguen siendo poco frecuentes. Por suerte, a su lado está el géiser más fiable del mundo, el Strokkur, que cada cinco o diez minutos lanza agua hirviendo a una altura de casi 30 metros.

Muy cerca de allí se encuentra la catarata más famosa de la isla: Gullfoss. Este doble salto de agua de 32 metros genera un arcoíris reluciente en los días de sol. No menos mágico es ver, en invierno, cómo el hielo resplandece en las cataratas.

Tras la dura jornada, se agradece un confortable alojamiento como el Fosshotel Hekla, junto al famoso volcán con el mismo nombre, el más activo de la isla, que en la edad media se creía la puerta al infierno. Escupe ceniza a intervalos de diez años y la última erupción fue en el 2000. Así que los lugareños viven con el temor constante de su próximo arrebato, que pudiera estar al caer.

ENTRE CORTINAS. En dirección al sur se alcanza otra cascada, la de Skogafoss, de 62 metros de altura, cuya caí- da se puede contemplar desde unas empinadas escaleras o caminando por la base, entre cortinas de agua. Y en el extremo más meridional de la isla –el lugar más lluvioso–, se encuentra la población de Vik. Esta comunidad tiene una de las islas más bellas del planeta, donde las olas blancas acarician la arena negra, que contrasta con el verde intenso de los acantilados. El telón de fondo es una impresionante colección de columnas de basalto que recuerdan a un gran órgano de iglesia.

El viaje culmina cerca de allí, en el tremendo glaciar de Myrdalsjökull, el cuarto campo de hielo más grande de Islandia, con una superficie de 700 kilómetros cuadrados y un grosor que, en algunas zonas, alcanza los 750 metros. Debajo se encuentra el volcán Katla, cuyas erupciones atraviesan el hielo de vez en cuando, inundando la llanura con una mezcla de agua, arena y piroclasto. Otra escena habitual en este constante espectáculo natural.

+ Info http://www.islandiatours.es