PERÚ, CERCA de la ciudad de Cuzco. Botas de excursionismo, mochila en la espalda, saco de dormir y 39 kilómetros cuesta arriba por delante, durante los cuales se cruzan paisajes misteriosos, bosques tropicales con una flora y fauna imponentes, cañones abruptos y vestigios arqueológicos prehispánicos. Según la opción escogida, se tardan entre tres y cuatro días en completar una ruta que no es ni mucho menos nueva, sino que fue diseñada en el siglo XV por la antigua civilización inca para acceder a una misteriosa joya arquitectónica: la ciudadela del Machu Picchu, levantada entre montañas a 2.360 metros sobre el nivel del mar. 600 años más tarde, el sendero se ha convertido en uno de los itinerarios de trekking más famosos de todo el mundo, no solo por su componente deportivo, sino sobre todo por la magia y energía que envuelven la zona, que se vuelven aún más poderosas al observar cómo aparece ante la vista el santuario después de un duro y trabajado camino. El país andino multiplica las expectativas de cualquier aficionado a los deportes de aventura por dos razones. Primero de todo por sus poderosos recursos naturales, materializados en montañas de vértigo, ríos caudalosos, panorámicas que dejan sin aliento y olas de ensueño. Pero también por el componente ancestral de cada una de estas prácticas. Las civilizaciones que poblaban Perú antes de la llegada de los conquistadores españoles ya eran expertas en montañismo y senderismo, así como en el uso de canoas para enfrentarse a aguas revoltosas o de tablas parecidas a lo que posteriormente se definiría como surf para cabalgar sobre las olas. De esta forma, las actividades extremas no solo sirven para obtener una buena descarga de adrenalina, sino también para comprobar en primera persona cómo era la vida en esos parajes antes de la llegada del hombre occidental. SENDEROS INCAS Las cordilleras, mesetas y valles del país están colmados de circuitos de trekking con mayor o menor dificultad. Algunos de ellos habilitados desde hace poco tiempo, aunque la inmensa mayoría circulan sobre la extraordinaria red de senderos precolombinos que atraviesan los Andes peruanos, con sus más de 12.000 lagunas, los cañones más profundos de la Tierra, glaciares y picos nevados, bosques, cascadas y poblados por los que parece que no pasa el tiempo. Algunos de ellos son tan empinados que se pierden entre la nubes, otros avanzan entre cordilleras en zigzag como una gigantesca serpiente, mientras que también existen aquellos que se pierden en la inmensidad del desierto o que se ocultan entre la espesa vegetación de los bosques amazónicos. Además del camino inca que guía hasta el Machu Picchu, existen muchas otras rutas según el nivel de exigencia de cada uno, y con vistas que igualmente valen la pena. Una de las más populares es la que conduce a través del valle del Colca, en el departamento de Arequipa (al sur de Cuzco), durante un mínimo de tres días para acercarse a los volcanes de Hualca Hualca, Sabancaya y Ampato. Más al norte, en el departamento de Ancash, se puede llevar a cabo una ruta de altura de 37 kilómetros que lleva hasta el templo Chavín de Huántar –construido en el año 1.200 antes de Cristo por una de las primeras culturas americanas–, con la inestimable ayuda de las llamas, esos animales con fama de antipáticos que, tal y como pudo comprobar el capitán Haddock mientras acompañaba a Tintín en la aventura de El Templo del Sol, escupen cuando se enfadan. Pero las antiguas civilizaciones peruanas no solo se dedicaban a subir las montañas a través de senderos y caminos escarpados sobre la piedra. También sabían cómo escalarlas. Si no, ¿cómo se puede entender que en 1995 se encontrara en la cima del volcán Ampato situada a más de 6.200 metros sobre el nivel del mar la congelada momia de una doncella inca? La conocida como Dama de Ampato se puede visitar actualmente en el museo Santuarios Andinos de la Universidad Católica Santa María de Arequipa, pero se supone que llegó a miles de metros de altitud transportada hace 500 años por un grupo de sacerdotes para llevar a cabo la ofrenda de una joven al Apu Ampato, una de las divinidades incas. Más allá de los misterios sobre los antiguos sacrificios practicados siglos atrás, lo que está claro es que los numerosos picos de Perú atraen a alpinistas de todo el mundo, que disfrutan de montañas sin aglomeraciones y de un clima benévolo durante todo el año. El destino preferido de los escaladores europeos es la Cordillera Blanca, situada en Ancash, la cadena montañosa tropical más alta del mundo. También goza de cierta fama la Cordillera Volcánica, en Arequipa (al sur del país), formada por un conjunto de picos y volcanes de más de 50 kilómetros de largo. Las cumbres más visitadas son la del Misti (5.825 metros), el Chachani (6.075 metros) y el Pichu-Pichu (5.644 metros). Otra posibilidad consiste en escalar la Cordillera Vilcanota, en Cuzco. La historia peruana está plagada de historias que remiten a las montañas, si bien los antiguos habitantes del país suramericano también aprendieron a dominar las aguas del océano Pacífico. De hecho, y aunque pueda parecer lo contrario, las primeras evidencias de la existencia de surfistas no se encuentran ni en la Polinesia ni en las islas del Pacífico sur, sino en las aguas de Perú. Hace más de 2.000 años, los antiguos mochica, una población anterior a los incas y asentada en la costa, ya cabalgaban las olas sobre sus famosos caballitos de totora, tal y como queda reflejado en diversas iconografías encontradas en piezas de cerámica y textiles. La embarcación, que aún sigue utilizándose, está construida con tallos y hojas de totora y está pensada para transportar a una persona. OLAS DE 10 METROS Actualmente, las olas de Perú son un buen aliciente para surfistas de todo el planeta. En la costa norte, en el departamento de Piura, las playas de Cabo Alto están consideradas como poco menos que un paraíso marino, en el que se puede practicar submarinismo, pesca deportiva y, por supuesto, surf, gracias a olas rápidas y tubos de hasta tres metros. En el centro, las playas en torno a la capital del país, Lima, ofrecen buenas condiciones durante todo el año, sobre todo en el llamado circuito de la Costa Verde, situado a los pies de un acantilado, donde sobresalen puntos como La Herradura, Caballeros y el Cerro Azul. No obstante, es en la playa de Pico Alto donde se producen las olas más grandes de todo Perú, con alturas comparables a las de Hawái, que pueden ser de hasta 10 metros. En el sur del país, el departamento de Ica alberga el Parque Nacional de Paracas, cuyas playas son destino obligado para aficionados a la tablavela, el buceo o la pesca submarina. Pero aún quedan muchas más opciones. Tradición y modernidad también confluyen a la hora de planear en parapente sobre la panorámica que dibujan los poblados nativos del Valle Sagrado de los Incas, situado a una hora de Cuzco. También impacta un vuelo sin motor sobre Lima, sus callejuelas del centro histórico o la mágica presencia del templo Pachacámac, el santuario preinca más importante de la costa. A su vez, las cordilleras andinas son propicias para recorrerlas con bicicleta de montaña, siempre que se tengan buenas piernas, y ríos caudalosos como el Colca o el Cotahuasi ofrecen las condiciones perfectas para un vertiginoso descenso en canoa. En cualquier caso, los deportes de aventura en Perú no son un elemento aislado, tampoco una invención para atraer turistas, sino que están integrados de pleno en la historia y las costumbres de un país que albergó civilizaciones capaces de construir maravillas que aún guardan secretos inabarcables.