CUANDO SE HABLA DE PERÚ

y se piensa en turismo la primera imagen que acude a la mente es la del Machu Pichu. Sin embargo, este país andino ofrece al viajero otras dos joyas de incalculable va- lor: el lago Titicaca y sus moradores in- dígenas y el río Amazonas y su selva. Son dos destinos que, de hecho, abarcan prácticamente todo el país ya que el lago se encuentra al sur del mismo, forman- do parte de la frontera con Bolivia, y el río lo cruza casi en su totalidad, de sur a nor- te, en un recorrido de 4.500 kilómetros.

EL LAGO MÁS ALTO

El Titicaca, que conforma un gran mar in- terno y navegable a 3.820 metros de al- tura –lo que le convierte en el lago más al- to del mundo–, tiene un carácter eminen- temente sagrado para las antiguas civili- zaciones quechua y aymara y, según las antiguas leyendas tanto Manco Capac co- mo Mama Ocllo, fundadores del imperio Inca, nacieron de sus aguas. Hoy es una reserva natural en el que desembocan 25 ríos y posee una gran profundidad, con una media de entre 140 y 180 metros, pa- ra llegar a los 280 metros cerca de la isla Soto. El Titicaca posee una gran diversi- dad y riqueza vegetal y una fauna inte- grada por 87 especies de aves y diver- sas variedades de peces, mamíferos y anfibios –incluida una especie única de rana gigante– que viven en el la- go o en sus orillas. Puno, la ciudad que constituye la puerta de entrada al lago, es por sí misma un lugar digno de ser vi- sitado gracias a sus monumen- tos funerarios prehispánicos, a las chullas (tumbas), a las igle- sias coloniales y al paisaje na- tural rústico, cubierto de ichu y que proyecta una forma de vida propia de las altas

ADOLF GARCÍA

mesetas andinas. La ciudad se conside- ra también la capital del folclore peruano gracias a que conserva las expresiones culturales propias del Altiplano. Desde Puno es fácil viajar a lo que que- da del imperio Inca, empaparse de sus esencias, gracias sobre todo a las tradi- ciones, costumbres y rituales que conser- va la población indígena. Para ello basta con trasladarse a las islas que salpican un lago que, dice la tradición, nació por las lágrimas de Inti, el dios del sol. En estas islas viven hoy los indios inti, uro, taquile, chullpa o suasi y en ella el visitante puede convivir con ellos e, incluso, alojarse en sus propias casas, donde son acogidos como un familiar más.

ISLAS DE TOTORA

Mención especial merecen las islas don- de hasta hace muy poco vivían perma- nentemente los uros. Porque, a diferencia de las restantes, estas son de fabricación humana. Convencidos de que el Titicaca es de su propiedad y de que no hay me- jor lugar donde vivir, los uros instalaron desde tiempo inmemorial sus residencias en grandes plataformas flotantes tejidas con totora. La totora es una variedad de junco que, cuando está tierno, sirve para alimentar a los niños y que, una vez secado al sol, se convierte en la materia primaria para tejer el suelo que pisan, para edificar las caba- ñas que se levantan sobre la propia pla- taforma y para construir las canoas con cabeza de jaguar, llamadas nasan, con las que navegan por el lago. Cada una de estas islas flotantes posee una superficie capaz para dar cabida a va- rias cabañas y posee una capacidad de vida de unos 30 años, pasados los cua- les sus habitantes emprenden la tarea co- munitaria de tejer una nueva, algo que puede tardar entre ocho meses y un año. El conjunto de las mismas es semejante a un extenso archipiélago que flota en una zona resguardada del lago, a algunos mi- nutos de navegación de la costa.

LA SELVA AMAZÓNICA

Desde el Nevado Mismi, en Arequipa, el lugar donde nace el Amazonas, relativa- mente cerca del Titicaca, hasta el punto donde este río abandona el Perú, la dis- tancia es tan enorme que la variedad de los paisajes resulta increíble, aunque pre- domina la selva amazónica. Una selva que se calcula está formada por un flora que abarca más de 2.500 especies y en la que viven 460 especies de mamíferos, innu- merables anfibios y reptiles y una infinidad de insectos. El guacamayo, los monos, los caimanes, los delfines rosados, la fa- mosa piraña y serpientes de variado ta- maño y colorido son algunas de las es- pecies presentes en la selva y el río. Igualmente inconmensurables son las dimensiones de la selva amazónica. Bas- ta con señalar, como punto de referencia, que solo el Parque Nacional del Manu –en el Perú hay actualmente 50 parques–, si- tuado en el sureste del Perú, ocupa una superficie prácticamente igual a la mitad de Suiza. La riqueza de especies, tanto de flora como de fauna, es incalculable. Para quien se haya internado alguna vez por la selva amazónica la experiencia es inolvidable. Penetrar en la espesura, casi siempre navegando en una canoa porque el bosque se halla inundada en su mayor parte, significa sumergirse en la más exuberante y lujuriosa naturaleza en estado puro. La sensación es tan demo- ledora como apasionante: para el urbani- ta sobrevivir allí por sus propios medios parece una misión imposible. La visión de la vida que se desarrolla a diversas alturas; el sonido sobrecogedor que forma el concierto de trinos, grazni- dos, aullidos y zumbidos de millones de especies; la contemplación de una vege- tación que abarca todos los colores del arcoíris y adopta formas insospechadas; la observación de miles de puntos de luz que surgen cuando caen las sombras y que son otros tantos ojos de tonos rojizos o insectos luminiscentes, todo contribu- ye a conformar un espectáculo tan varia- do como único, tan vivo como cambian- te, tan luminoso como sombrío, tan multi- color como verde, tan fragante como fé- tido, tan caluroso como lluvioso. Allí, la vi- da y la muerte se superponen sin cesar.

EXPEDICIONES EN PIRAGUA

Desde Iquitos y después de la visita op- cional al lago Quistaocha y la selva cir- cundante, el turista puede iniciar diversos recorridos. En esta zona se encuentra el Corredor Turístico del río Amazonas que ofrece la posibilidad de disfrutar de la biodiversidad y realizar expedicio- nes en crucero o en piragua, inclu- yendo visitas al nacimiento del río o a la reserva nacional Pacaya Samiria, con sus dos millones de hectáreas de selva baja, o visitar las comu- nidades bora, yahua y witoto. La visión de la selva desde un puente colgante tendido sobre la copa de los árboles es otra posibilidad. Si se desea visitar la selva me- ridional, el camino comienza en Cusco. Desde allí, entre otras op- ciones, se llega al Parque Nacional del Manu, una zona realmente vir- gen situada en el departamento de Madre de Dios, con una su- perficie de 1,8 millones de hec- táreas que acoge la selva lluvio- sa (pluvisilva) con mayor biodi- versidad del planeta, incluidas más de 1.000 especies de aves.

la ciudad Iquitos, capital amazónica

Iquitos, habitada por distintas tri- bus y comunidades, fue fundada por los jesuitas en 1757 con el nombre de San Pablo de los Na- peanos, convirtiéndose en el pri- mer puerto fluvial del río Amazo- nas. Durante décadas la ciudad vivió intensamente la fiebre del caucho, que impulsó grandes for- tunas y propició la construcción de grandes y fastuosas mansiones. De esta ápoca son la plaza de Ar- mas, el Malecón Tarapacá, el ba- rrio de Belén con sus casas flo- tantes y la Casa de Fierro, dise- ñada por Eiffel. Iquitos es hoy una ciudad que ha recuperado parcial- mente su vitalidad gracias al tu- rismo ya que, desde ella, se entra en contacto con la selva amazóni- ca, es posible internarse hacia los albergues situados en plena jungla o iniciar el camino hasta los par- ques y reservas naturales.

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