LO MÁS ESQUEMÁTICO que podría- mos decir de Portugal es que posee po- tencial suficiente como para ser decla- rada patrimonio universal por la Unesco. No en vano ostentan ese honor la ciu- dad de Guimaraes por su centro histó- rico, al igual que Oporto, la segunda ca- pital del país; el paisaje cultural de Sintra, con sus siglos de historia y, por supues- to, Lisboa, cuyo Monasterio de los Je- rónimos entró en la lista de patrimonios de la humanidad en 1983. Pero vayamos por partes. Constitui- ría un delito pasear por las conservadas callejuelas y por las coloristas plazas de Santiago y Largo de Oliveira sin pararse a observar sus pintorescas casas típi- cas, así como sus edificios góticos, a saber, un templete y la iglesia de Nues- tra Señora de Oliveira. Después de co- mer en la impagable (porque la calidad supera con muchas creces al irrisorio precio) Quinta de Castelaes, ideal para celebraciones por todo lo alto al más pu- ro estilo tradicional a base de bacalao gratinado, exquisito solomillo y riquísi- mo vinho verde, se impone una visita al Museo de Arte Sacro de Guimaraes, si- tuado en un antiguo convento. Por su parte, Oporto hay que patear- lo, como mínimo, desde su Baixa, esto es, el centro repleto de tiendas y de eventos culturales como los que alber- ga el neurálgico Coliseum. De ahí se desciende hacia la Ribeira do Douro, el barrio antiguo y colorista, que ahora se encuentra en recuperación. El Casi da Ribeira lo pueblan restaurantes como el Chez Lapin o el O Tonho, uno más típi- co y con una colección de adornos in- creíbles y otro que combina la cocina tradicional con la vertiente más creativa en un espacio moderno. Pero ambos frente por frente a Gaia, esa nueva villa que se está convirtiendo en otra ciudad alternativa a Oporto, con sus pubs, sus restaurantes y, sobre todo, con las bo- degas del archiconocido Porto, como la Ramos Pinto, que merece un recorrido exhaustivo desde sus salones hasta sus bodegas seculares, hasta dar con la de- gustación. Imposible dejarse el Lágrima o el Vintage de 30 años. El tranvía o el edificio de la Bolsa dan un estilo sin igual a esta ciudad que en 1999 incorporó a su patrimonio cultural la Fundaçao Serralves, un museo de ar- te contemporáneo proyectado por el ar- quitecto Álvaro Siza, que aúna obras de vanguardia con la Casa Serralves, ro- deada de 18 hectáreas de naturaleza en medio de la capital.

EL CORAZÓN LUSITANO

La primera capital portuguesa no se que- da atrás en ningún aspecto. Basta ad- mirarla desde el mirador de San Sebas- tián, entre Barrio Alto y el Chiado, para darse cuenta de que uno podría per- derse por Lisboa y no querer encontrar- se nunca más. Partiendo de su Praça do Comércio, en concreto del restau- rante Terreiro do Paço, un must para el mediodía como el BBC o el Bica do Za- pato lo son a la hora de la cena, porque después ofrecen copas y cócteles en- tre los lisboetas más selectos, se pue- de ir en tranvía o en bus hasta Belém, a disfrutar del arte clásico del Monaste- rio de los Jerónimos y de la Torre del Be- lém; del más actual Monumento a los Descubrimientos o del Museo del Dise- ño, en el Centro Cultural de Belém, con un mobiliario retro espectacular de los mejores diseñadores de la historia. Si los niños piden una atención particular, na- da mejor para hacerles felices que el Oceanario, en el Parque de las Nacio- nes reutilizado después de la Expo 1998. El fado, por descontado, formará parte del programa nocturno, preferiblemen- te en la Alfama, por donde merece la pe- na dejarse las suelas en el empedrado. Y para culminar este viaje cultural, es imprescindible Sintra, con sus palacios superpuestos de distintas épocas, dife- renciados sus estilos por sus colores, antigua residencia real bien conservada y, más que nada, castillo donde cual- quier dama desearía esperar a su ca- ballero observando el paisaje natural que lo rodea, las imponentes 23.000 hectá- reas del Parque Natural de Sintra-Cas- cais. En todo el municipio, el mercado artesanal de San Pedro de Sintra, los segundos y últimos domingos de cada mes; en el centro de Sintra unas casitas tan alegres como el arco iris; y, en la par- te nueva, el Centro Cultural Olga Cada- val, ideal para terminar la velada con un concierto o una obra teatral, después de cenar en el típico Tacho Real, sor- prendente por su cazón y sus postres a base de huevos. No es posible descri- bir más. Portugal hay que probarlo, en todas sus manifestaciones culturales.

TEXTO ELISABETH G. IBORRA

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