POCOS SON LOS QUE en su relato de vacaciones en Praga añaden un fascículo que incluya los alrededores. No es que la capital checa precise de complementos de lugar para presentar su candidatura a destino turístico recomendado. Pero es justo reconocer que es un punto de partida brillante para descubrir desde parajes naturales hasta castillos medievales. A solo 35 kilómetros de Praga, el rey Carlos IV mandó construir, entre 1348 y 1355, el castillo de Karlstejn, pensado para guardar los archivos del Estado y las joyas de la corona checa. Reza una leyenda que en los bosques que rodean la fortaleza rondaban dos diablos que vivían de los aldeanos de la región, a los que asaltaban en los zigzagueantes caminos que conducen al castillo. No teman, la misma leyenda cuenta que un campesino mató a los demonios de un empacho de guisantes que los hizo explotar. Una curiosa manera de combatir el mal. Río arriba, no muy lejos de allí, se encuentra el castillo de Krivoklat, construido en el siglo XII por la realeza checa como palacete de caza. Esta fortaleza, que fue usada como prisión y atacada en numerosas ocasiones, contiene una valiosa biblioteca con más de 52.000 tomos, así como una interesante colección de pinturas y esculturas góticas. También pueden visitarse unas estancias que guardan algunos de los enseres de tortura que se empleaban con los presos que no seguían el dogma. Compitiendo en grandiosidad, el castillo de Frydlant (en la imagen superior derecha) es otro de los atractivos turísticos a los que uno puede llegar desde Praga. Construido por la poderosa familia Ronovec, muchas de las habitaciones aún conservan la decoración noble que convirtió esta fortaleza en paradigma de la prosperidad de la región. Como dato curioso, el castillo incluye una muestra de 100 pipas.

SANTUARIO DE MARÍA
El culto religioso también ha creado grandes bellezas arquitectónicas en la República Checa. Un claro exponente es la Colina Santa de Pribram, lugar de peregrinación dedicado a la Virgen María. La historia de este santuario se remonta al año 1260, cuando se construyó una pequeña capilla como señal de respeto hacia la madre de Jesús. A lo largo de los siglos, distintas congregaciones religiosas fueron instalándose en la zona y, hoy en día, esta montaña es considerada como el castillo de la Virgen María. A 90 kilómetros al oeste de Praga se puede visitar la ciudad de Pilsen, cuyas calles aún mantienen el urbanismo de sus inicios. Destacan los edificios que fueron levantados en el siglo XIX, como el Museo de Bohemia Oeste o el Gran Teatro. De obligado cumplimiento es la visita a la fábrica de cerveza de la firma Pilsen, que además de mostrar el proceso de producción del producto, alberga un restaurante muy recomendable.