PRAGA es una de esas ciudades que no hay que dejar de visitar. Y no una sola vez, porque siempre hay cosas que descubrir y admirar. Aunque para el viajero más experimentado, el simple placer de pasear por el puente Carlos al atardecer es la excusa perfecta para volver una y otra vez.

La ciudad ofrece un sinfín de lugares con un encanto único, fruto de ese pasado medieval que parece llenar cada rincón de la ciudad vieja, y que se va descubriendo poco a poco mientras uno se adentra en sus estrechas y desordenadas callejuelas. Y es que el que visita Praga por primera vez no puede dejar de asombrarse por sus iglesias góticas, torres defensivas, bellas fachadas e imponentes monumentos. Y por las enormes dimensiones de su famoso castillo, construido sobre los restos del palacio de Sobeslav, el antiguo Palacio Real, que fue residencia de reyes y príncipes hasta el siglo XVI. Este extenso recinto alberga hoy edificios del gobierno, la espectacular catedral de San Vito y algunas curiosidades como el Callejón del Oro, o el Salón de Vladislav, una impresionante nave de estilo gótico donde se celebraban justas de caballos, banquetes y coronaciones.

Otra de las visitas que todo turista que viaje a Praga debe hacer es Josevof, el barrio judío de la ciudad. Sus pequeñas calles y casas y sus seis sinagogas transmiten, aún hoy, esa atmósfera inquietante del que fue uno de los guetos judíos más importantes de Europa durante la segunda guerra mundial. El cementerio judío, con sus más de 12.000 lápidas, es uno de los lugares más visitados, y aunque su aspecto desordenado pueda asombrar al visitante, tiene una explicación: la falta de espacio les hizo optar por hacer el cementerio a capas.

Sobre las aguas del Moldava, y uniendo las dos zonas más visitadas de Praga, se encuentra el emblemático puente de Carlos, el monumento más concurrido de la ciudad, y en el que más fotos se disparan. Este magnífico puente de piedra fue el primero en atravesar el río, uniendo Malá Strana con la ciudad vieja, y es hoy el puente más viejo de Praga y el segundo más antiguo de la República Checa. Tiene casi 520 metros de longitud a lo largo de los cuales, los visitantes pueden admirar hasta 30 estatuas de santos, reyes y emperadores que, al caer la noche se tiñen de un negro infinito dotando al viejo puente de un aspecto romántico a la par que inquietante.

Espectaculares vistas.

Siguiendo el mismo itinerario trazado por el puente de Carlos, y siguiendo la calle de Karlova, se llega hasta la plaza de la ciudad vieja, con la imponente iglesia de Tyn, y la famosa Torre del Reloj Astronómico. Esta obra medieval fue construida en 1410 y, con una precisión perfecta, sigue indicando la hora y la posición del sol, la luna y Venus, a la vez que, a cada hora, la figura del esqueleto, que representa a la muerte, tira de la cuerda y hace tocar la campana, dejando ver a los 12 apóstoles con San Pedro a la cabeza. Desde lo alto de la torre se pueden apreciar algunas de las vistas más espectaculares de Praga, y por qué no, descubrir alguna terraza en la que disfrutar de una cerveza bien fría. La ribera del Moldava abraza a una ciudad única, que esconde bellos secretos como el Teatro Nacional, el museo de Kafka, la iglesia del Niño Jesús de Praga, o la Casa Danzante, un edificio deconstructivista, diseñado por Frank Gerhy y que, por su semejanza con una pareja de bailarines, es también conocida como Ginger y Fred.

 

Más Infomación:

www.czechtourism.com
www.iberia.com

Texto: Carlos Vidal