NO HAY QUE ESPERAR a San Pedro para abrir las puertas del paraíso. Pregunten a un dominicano. Pondrá todos los juegos de llaves a su disposición sin necesidad de hacer antes examen de conciencia. La República Dominicana es un paraíso abierto al público los 365 días al año. Un paraíso con palmeras, arena blanca, agua transparente, peces de colores, arrecifes de coral y una de las mayores colonias de ballenas jorobadas del mundo, que ofrecen uno de los espectáculos más impresionantes que se pueden contemplar. Allí el cielo tiene ascendencia colonial, suena a merengue y bachata, sabe a piña colada y pone color a la vida con pinceladas de arte naif. Allí está la primera ciudad del Nuevo Mundo. Sigan los pasos de Cristóbal Colón y desembarquen al norte de la isla. Como Colón, en Puerto Plata descubrirán un nuevo mundo. Tendrán que hacer verdaderos esfuerzos para salir del complejo turístico, de sus playas de ensueño y de su todo incluido. Pero háganlo. Merece la pena acercarse al pueblo. De día, prueben a hacerlo al estilo dominicano. Acuerden un precio y súbanse a un motoconcho. Es el medio de transporte más económico. Y toda una odisea. Pueden llegar a subirse en una misma moto hasta cinco personas. Con los pies otra vez en tierra, descubran los contrastes de Puerto Plata. Hay casas descoloridas y coloridos cuadros a la venta, exóticos bares al aire libre con la luz al mínimo y las notas salseras de Gilberto Santa Rosa a todo volumen. También hay edificios de estilo victoriano, iglesias que recuerdan siglos pasados, fuertes plagados de leyendas y hasta un gigantesco Cristo Redentor con los brazos extendidos, a imagen y semejanza del Corcovado de Río de Janeiro. Para ver la estatua de cerca, cojan el teleférico. Llegarán a la cima del monte Isabel de Torres. Las vistas prometen ser espectaculares. De vuelta al pueblo, visiten el Museo del Ámbar, donde se muestran los ejemplares más raros de esta piedra semipreciosa hecha a base de resina fósil. Y regálense un recuerdo. Están en la Costa del Ámbar. SOUVENIRS EN LA PLAYA No se vayan del pueblo sin entrar en un supermercado. Allí podrán comprar a precio económico ron, puros y mamajuana, una bebida dominicana que, según dicen, sube algo más que el ánimo. El resto de souvenirs se pueden comprar a pie de costa, sin moverse de la hamaca. Lleven dinero a la playa. Recibirán un sinfín de ofertas de vendedores acreditados. Y regateen a gusto. Es una práctica aceptada. De noche, vuelvan al pueblo y saboreen la cerveza Presidente en algún bar al aire libre. No se vayan sin entrar en La Barrica. Y no se asusten cuando les dirija a la mesa un camarero con linterna. En Puerto Plata, la intimidad es un bien preciado que se conserva a oscuras. Y pequen a su gusto. Ya están en el paraíso.