JOAQUÍN SABINA canta que si pu- diera elegir entre todas las vidas po- sibles, se quedaría con la de ese pi- rata cojo, con pata de palo, parche en el ojo y cara de malo que surcaba los mares del Caribe bajo bandera ne- gra con dos tibias y una calavera. Y no es mala idea. Sobre todo si los re- fugios elegidos donde esconderse de la ley, como en el siglo XVII, son las islas puertorriqueñas de Culebra y Vieques, que mantienen la misma temperatura veraniega durante todo el año y albergan varias decenas de playas paradisíacas de arenas blan- cas y aguas cristalinas. Ya no protegen tesoros ni huelen a ron clandestino, pero sí conservan la pureza que han perdido muchas zo- nas del Caribe en aras del turismo y el desarrollo económico. Ambas es- tán situadas en la costa este y se ac- cede a ellas tanto en avión como en transbordador. Vieques es la isla de mayor extensión. Es geográficamen- te independiente, pero políticamente forma parte de Puerto Rico, que a su vez es un estado libre asociado a Es- tados Unidos, con quien comparte la moneda, el mercado, la política ex- terior y la ciudadanía. Sin embargo, tiene su propio gobernador y no vo- ta en las elecciones presidenciales estadounidenses.

IDENTIDAD PROPIA

Estructura política al margen, Vieques tiene el sentir propio de una isla que no apareció en ningún mapa hasta 1527. Sin apenas tráfico y con 9.000 habitantes, es uno de esos lugares donde olvidarse de la ruidosa y aje- treada vida occidental. Isabel II es la población más grande y Villa Espe- ranza, el lugar donde se concentra una tranquila vida nocturna volcada hacia la playa, las tabernas y los lar- gos paseos nocturnos. A medio camino entre los dos pue- blos aparece Sun Bay, una larga pla- ya de arenas blancas y calmadas aguas de color esmeralda. En la cos- ta sur aparece la preciosa Esperan- za. Ya en Isabel II, punto de llegada de los transbordadores, el antiguo for- tín español Conde Mirasol alberga ahora el Museo de Artes e Historia y los Archivos de Vieques. Pero el tesoro más espectacular de la isla sólo aparece por la noche, y nada tiene que ver con el oro tan an- siado por los piratas. En Bahía Puer- to Mosquito el mar puede estar más oscuro que una noche sin luna y, de repente, encenderse con miles de di- minutas lucecillas. Este fenómeno responde al nombre de bioluminis- cencia y está generado por organis- mos microscópicos que habitan en el agua y que activan este mecanismo de autodefensa cuando detectan a sus depredadores habituales cerca suyo. Según algunos científicos, el objetivo es iluminar el agua para que identifiquen a otras presas. La técni- ca no es demasiado solidaria, pero el efecto es espectacular para los que no corren el riesgo de ser devorados por un pez mucho más grande.

EL AZUL MÁS PURO

Al norte de Vieques se encuentra un trozo de tierra todavía más pequeño y con nombre mucho más apropiado para una historia de filibusteros y cor- sarios: Culebra. Formado por una is- la principal y 23 islitas adyacentes, es la sede de Flamenco, unas de las pla- yas más atractivas de toda América. Una milla espectacular de puras y blancas arenas de coral, rodeada por áridas colinas tostadas por el sol y bañadas por asombrosas aguas que oscilan entre el azul y el verde más puro e intenso. No obstante, el paisaje de postal queda matizado por un hecho surrea- lista. Hasta 1975, las playas vírgenes de Culebra fueron escenario de ejer- cicios militares. Como consecuencia, el área oeste de Flamenco está sal- picada por la presencia de algunos tanques abandonados. Quizás no hace falta hacerse pi- rata o militar para disfrutar de las es- pectaculares playas de estas dos is- las puertorriqueñas. También se pue- de optar por náufrago ocasional o marino extraviado. O por ahorrador disciplinado, ya puestos. Sea como sea, quedan pocos paraísos en la tie- rra para ignorarlos. Llegar amparado por una bandera negra o por el vue- lo regular de una aerolínea es ya de- cisión de cada uno.