SIN CONTAR SI ES para bien o para mal. Lo importante es dar que hablar. Y sin duda, la película de Ron Howard lo está logrando. Pocos días después de su estreno mundial, El Código Da Vinci no deja impasible a nadie, generando fuertes discusiones en el seno de la iglesia católica y llegando a ser una preocupación en la agenda de algunos gobiernos, que incluso se habían planteado la posibilidad de prohibir su exhibición. Tanto revuelo no puede ser en balde. Esta historia de sociedades secretas, romances, símbolos esotéricos, asesinatos, teorías conspiratorias y manifiestos espirituales está siendo, ante todo, una inagotable fuente de ingresos. Parte de ello se queda en Gran Bretaña, importante escenario de la película, basada en el superventas de Dan Brown y protagonizada por los actores Tom Hanks y Audrey Tautou. La búsqueda del Santo Grial por parte de los especialistas Robert Langdon y Sophie Neveu empieza por error en la londinense Temple Church, en Fleet Street, la emblemática calle donde tenían su sede rotativos como The Times, el Daily Telegraph o la agencia Reuters. La iglesia fue el epicentro de los templarios en Gran Bretaña, y de ello dan fe las nueve estatuas de caballeros yacentes que hay en el interior. Fue consagrada en 1185, por lo que es una de las más antiguas de la capital y la única con forma circular que ha llegado a nuestros días. En la misma Fleet Street se encuentra King’s College, una de las universidades más antiguas de Londres y tradicional semillero de literatos y premios Nobel como John Keats y Desmond Tutu. En la película, los dos protagonistas se dirigen al departamento de teología y estudios religiosos para descifrar un misterioso pergamino. La pista se desvela: “En la ciudad de Londres, enterrado por el Papa, reposa un caballero”. Y el tipo en cuestión resulta ser Sir Isaac Newton. Por eso, la acción se traslada a la abadía de Westminster, donde se encuentra la tumba del descubridor de la teoría de la gravedad y, según Dan Brown, miembro como Leonardo de la supuesta sociedad secreta del priorato de Sión. La caída de una manzana de un árbol, que según la leyenda popular inspiró la teoría de Newton, resulta la clave para abrir la cripta que guarda el mapa del lugar donde se encuentra protegido el sagrado cáliz. Pero los responsables de Westminster no consideraron muy respetuoso llenar su abadía de focos y cámaras, por lo que el equipo de rodaje tuvo que conformarse con recrear la situación en la catedral de Lincoln, la tercera más grande de Gran Bretaña y uno de los edificios góticos más impresionantes de Europa. Los miles de turistas que la visitan cada año buscan invariablemente la irreverente figura del diablillo que se encuentra en el coro.

EL PLATO FUERTE
Si se trata de generar habladurías, la capilla de Rosslyn, unos diez kilómetros al sur de Edimburgo, se lleva la palma. Denominada con frecuencia la catedral de los enigmas, este es el lugar a donde Langdon y Neveu se dirigen para encontrarse con el Santo Grial. Una colegiata del siglo XV que desde siempre ha intrigado a los investigadores por su extraña y esotérica decoración, que incluye relieves de plantas americanas esculpidas cien años antes de que Colón descubriera América. La iglesia fue construida por la familia de los Saint Clair, relacionada con los templarios, y durante siglos la leyenda ha sostenido que entre sus muros se esconde un importante secreto para la cristiandad. ¿Serán los rollos perdidos del Mar Muerto con nuevas revelaciones sobre las enseñanzas y la vida de Jesucristo?¿O la cabeza de San Juan Bautista, traída por los templarios desde Jerusalén?¿Tal vez el Santo Grial? De momento, es hablar por hablar. Aunque nunca se sabe. Quizás un día el decorado de una película se convierta en el escenario real de una noticia que remueva los contrafuertes de nuestra civilización.