Ultramodernidad en la capital nipona.

El 11 de Marzo del pasado año, el cuarto terremoto más intenso del que se tiene constancia –y su correspondiente tsunami– azotaron la costa este de Japón. Las imágenes de las gigantescas olas adentrándose en el país y arrasando con todo lo que encontraban a su paso dejaron boquiabierto al resto del mundo. Por suerte, el pueblo japonés sabe de sacrificio, trabajo y superación. Y poco más de un año después, trata de mirar adelante.

Tokio, la capital, asume la responsabilidad de encabezar la recuperación. Por eso, reitera que su país se siente ahora más fuerte que nunca y suplica que no se le dé la espalda. De entrada, desde el punto de vista turístico. Por eso, la ciudad –que se ha convertido en una de las urbes más pobladas del planeta, con más de 13 millones de personas– se muestra activa en la captación de visitantes, con el objetivo de alcanzar los 8,6 millones de turistas que percibió en el 2010.

Una de sus grandes bazas es la perfecta convivencia entre tradición y modernidad. En los barrios de Asakusa y Ryogoku todavía perdura el aroma del periodo Edo (pese a darse por concluido en 1868), y en los pintorescos templos y los bulliciosos mercados algo queda del viejo pueblecito pesquero que un día fuera Tokio, hace solo 400 años.

En el extremo contrario, la urbe ha hecho de su arquitectura uno de los principales signos de modernidad. Como principal reclamo destaca la flamante Tokio Sky Tree, la torre de telecomunicaciones más alta del mundo, con 634 metros, cuyo diseño está inspirado en las construcciones tradicionales japonesas. Otras de las novedades arquitectónicas son el 21_21 Design Sight, espacio museístico ideado por el famoso arquitecto Tadao Ando; la boutique de Prada en Aoyama o el nuevo edificio del Museo Nezu, diseñado por Kengo Kuma, que recrea la atmósfera de una casa de té tradicional.

La antítesis a este afán constructivo son las islas de Ogasawara, que el año pasado fueron catalogadas como Patrimonio de la Humanidad, viendo reconocida su excepcional variedad de flores, peces, cetáceos y estructuras de coral. Se encuentran en una ubicación remota, a 1.000 kilómetros del centro de la ciudad, e invitan a practicar el buceo, el baño entre delfines, el piragüismo, el senderismo o el avistamiento de aves.

Según presupuestos. Cualquiera que nos haya precedido en nuestra visita a Tokio coincidirá en su apreciación: no es una ciudad precisamente barata. Sin embargo, existen multitud de formas de supervivencia económicas. Solo hay que conocerlas. Podemos disfrutar, por ejemplo, de una experiencia tradicional –como es la ceremonia del té, conocida como sado– por lo equivalente a 4,5 euros: un complejo ritual en el que la contemplación y la conversación son tan importantes (o más) que el refrigerio propiamente dicho.

Otras grandes (y económicas) experiencias son recorrer la bahía de Tokio sobre un ómnibus acuático, disfrutar de un combate de sumo (las localidades más baratas cuestan 31 euros), acudir a un espectáculo teatral de estilo kabuki (por 20 euros podemos estar en la tercera planta) o tomar un baño cálido en un balneario (onsen), entre los que destacan Seoto-no-yu, Moegi-no-yu y Tsurutsuru Onsen.

A la hora de comer, la opción más barata es detenerse en algún yatay (puestecillo callejero), que suelen estar abiertos desde primera hora de la mañana y hasta la madrugada. En ellos se encuentra desde sushi a pollo yakitori, tempura (verduras o marisco rebozados), soba (fideos finos) o cerveza. Si además queremos sentarnos, no hay que descartar las cadenas de comida rápida Sukiya u Ootoya, que ofrecen bocados deliciosos e inmediatos. Y para degustar el ramen (sopa de tallarines), una buena opción es Tokyo Ramen Street, calle especializada ubicada en la misma estación.

Ahora bien, si el presupuesto no es asfixiante, se recomienda celebrar una cena típica japonesa, por ejemplo en Toufuya-Ukai, licorería con más de 200 años de antigüedad donde el tofu es la base de la mayoría de platos. Otro local recomendable es Kinryu, establecimiento donde el capítulo gastronómico va a la par de las danzas clásicas japonesas y el sonido de instrumentos musicales como los shamisen, de solo tres cuerdas. Además, en la ciudad hay multitud de restaurantes temáticos, donde el cliente puede acabar sintiéndose como un recluso, un vampiro o un personaje de Alicia en el país de las maravillas. No hay que olvidar que, de acuerdo con la clasificación de la Guía Michelin 2012, la ciudad es además líder mundial en restaurantes gurmet, con 331 estrellas repartidas en 247 negocios.

La misma variedad gastronómica es la que existe en cuanto a fórmulas de alojamiento. Desde hoteles a la última –como el Palace Hotel Tokio, un histórico establecimiento de primera clase que acaba de reabrir– hasta 1.300 ryokan, nombre por el que se conocen los alojamientos de tipo japonés.

Puntualidad. Los transportes públicos en Tokio están a la altura del perfeccionismo de sus habitantes. Desde el aeropuerto de Haneda, el tren lleva a los pasajeros hasta el centro de la ciudad en solo 13 minutos. Si por el contrario nuestro vuelo aterriza en el aeropuerto internacional de Narita, lo mejor es tomar la nueva línea Narita Sky Access, que nos dejará en la metrópolis en 36 minutos. Además, desde Narita existe un servicio para traslados de lujo mediante limusinas o helicópteros.

Al mismo tiempo, las redes de metro, tren y autobús son muy convenientes y, sobre todo, hiperpuntuales. Es la mejor forma para desplazarse por una ciudad en cuyo nivel cero los vehículos y las personas se mueven como hormigas, masivamente pero bajo una estricta y a la vez espontánea organización. Aun así, el tráfico es considerable, por lo que el suburbano se impone para saltar desde Akihabara –centro de la cultura pop, del manga y el anime–; al barrio de Shinjuku, con sus modernos rascacielos; a los museos de Ueno; o al templo de Senso-ji, en Asakusa.

Entre una visita y otra, se descubren diversos oasis urbanos, como el Jardín del Palacio Imperial o el de Rikugien, con más de 6.000 árboles y un lago con carpas. Ambos son un auténtico remanso de paz. Y de eso, en Tokio, no van precisamente sobrados.

Texto Alberto González