Diversidad vitivinícola, Las rutas de enoturismo permiten profundizar en un territorio que transita entre la tradición y la vanguardia

ALGUNOS TERRITORIOS varían sensiblemente su personalidad según la época del año, por lo que es imposible obtener una imagen completa con una única visita. En el caso de Rioja Alavesa no solo intervienen elementos paisajísticos, sino que la actividad humana es completamente diferente dependiendo del mes que marque el calendario. En otoño, tras la vendimia de septiembre, las cepas peladas se agazapan para resistir el frío, mientras que las bodegas se dedican a preparar la crianza de los vinos extraídos de las uvas de la última cosecha. Un momento idóneo, por lo tanto, para sumergirse en los secretos de la elaboración de la mano de los propios bodegueros.

Esto es lo que proponen las diferentes actividades de enoturismo que se organizan en la región, unidas a visitas por las instalaciones y la participación en catas, degustaciones y maridajes con una cocina excepcional. Todo ello acompañado de un paisaje en el que el verde ha dejado paso a los múltiples tonos del marrón, así como de unos pueblos medievales llenos de cultura e historia, como Laguardia, Labastida, Elciego, Lapuebla de Labarca, Elvillar, Oyón, Peñacerrada

Rioja Alavesa es un pequeño territorio de unos 316 kilómetros cuadrados, una población de 11.000 habitantes aproximadamente y una actividad económica volcada en el mundo del vino. Pero, a pesar de ello, sorprende por su diversidad, siendo capaz de transitar entre la tradición y la innovación en un corto espacio de tiempo. Eso sí, siempre con los viñedos como denominador común, símbolo de pasado y futuro del territorio.

Dos trazados.

De esta forma, el aficionado al vino puede trazar dos tipos de rutas diferenciadas, o bien combinarlas, según las características de las diferentes bodegas de la zona. Algunas apenas han cambiado, reflejando en su fuero externo su conexión con los métodos más tradicionales de la elaboración del vino. Otras, en cambio, muestran en sus estructuras la modernidad y los nuevos tiempos, fusionándose con el paisaje de la mano de la arquitectura contemporánea. Eso sí, no todo es lo que parece, porque las bodegas más tradicionales han sabido adaptarse a las nuevas tecnologías, igual que las más contemporáneas no han perdido nunca de vista sus orígenes.

Las bodegas familiares son el lugar idóneo para observar cómo el trabajo en viñedo se convierte en vinos llenos de cariño y amor por la tierra. Unos vinos que luego forman parte de las diferentes catas que se organizan o bien acompañan algunas de las recetas populares de la región como las patatas a la riojana o las chuletillas de cordero. Una buena dosis de energía para descubrir las villas medievales y el patrimonio que esconden. En el caso de Laguardia, por ejemplo, se conserva casi intacto su trazado medieval, su muralla y sus cinco puertas de entrada, además de sus bodegas soterradas, símbolo de la localidad.

La cara más vanguardista está representada por bodegas como Ysios, obra de Santiago Calatrava, que encontró la inspiración para sus formas onduladas en la sublimación de las líneas de una hilera de barrica. Se puede visitar su interior innovador y llevar a cabo una degustación de sus afamados vinos mientras se disfruta de las imponentes vistas. Elciego esconde otra de las joyas arquitectónicas, en este caso, el hotel y la ciudad del vino de Marqués de Riscal, obra de Frank O. Gehry. Una construcción de cuidados colores que se funde con el paisaje y refleja los tonos del vino: el rosa del tinto, el oro de la malla de sus botellas y el plateado de las cápsulas de las botellas. Por su parte, Viña Real de CVNE, diseñada por Philippe Mazières, se levanta a modo de barrica en lo alto de una loma.

Ya para finalizar, solamente queda sentarse de nuevo a la mesa, aunque esta vez toca dejarse seducir por alguna de las propuestas innovadoras que renuevan la tradición de la cocina vasco-riojana. Diversidad, una vez más.

 

Texto Eduard Palomares

 

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