DIGÁMOSLO SIN AMBAGES:

 Rumanía es un país lleno de sorpresas agradables, muy distinto a lo que tantos años de ais- lamiento han hecho imaginar. Aquella cor- tina infame que durante más de cuatro dé- cadas separó a Europa, desde el Báltico al Adriático, ocultaba unos paisajes, una historia y unas gentes que ahora redes- cubrimos con asombro y satisfacción. La primera sorpresa que aguarda al via- jero en Bucarest es la avidez de los jóve- nes por hablar español, una lengua que no les resulta nada extraña. Pero no sería justo atribuir este mérito únicamente a la buena labor del Instituto Cervantes, por- que el fenómeno se debe más bien a la plaga de telenovelas suramericanas que copan las pantallas de la TV rumana. Aunque Rumanía es un país joven, que nace en 1918 de la unión entre Valaquia, Moldavia y Transilvania, los rumanos son un pueblo viejo y singular, hijos del amor entre los legionarios de Roma, que ocu- paron aquellas tierras por más de siglo y medio, y las bellas doncellas dacias. Du- rante siglos fueron acosados por los tur- cos otomanos desde el sur y dominados por el imperio austrohúngaro desde el nor- te. Los Cárpatos fueron siempre la fron- tera. En Valaquia, la región meridional que desciende desde la cordillera central al Danubio, pueden verse muchos rostros morenos que denotan el ascendente lati- no, mientras que en Transilvania, al norte de las grandes montañas que dividen el país, son más frecuentes los cabellos ru- bios y los ojos azules que revelan la he- rencia centroeuropea. Orgullosos de su li- naje, los rumanos nunca quisieron otra lengua que no fuera la latina y, rodeados de eslavos, crecieron mirando a Roma.

la capital rumana tesora numerosos dificios históricos culturales

La llegada al moderno y pequeño ae- ropuerto de Bucarest nos pone en con- tacto con una realidad impensable hace solamente unos pocos años: la luz, las tiendas, el talante, son los propios de una próspera ciudad europea. Fundada en 1459 por el conde Vlad Dracula, el Em- palador, casi nada queda hoy del asen- tamiento original. Bucarest se nos pre- senta como una ciudad bien trazada, de am- plios bulevares arbolados, magnífi- cos parques y escaso tráfico. Entre sus habitantes hay una preocupación obsesi- va por resaltar su parecido con París. La verdad es que un Arco del Triunfo en una plaza donde convergen grandes avenidas hace pensar de inmediato en la capital de Sena, pero a esta ciudad tranquila y agra- da-ble le sobra personalidad para no te- ner que parecerse a nadie. RECONSTRUCCIÓN Tras el terremoto de 1977, el entonces omnipotente Ceaucescu decidió llevar a cabo una reconstrucción faraónica. Ex- propió las casas de la zona menos afec- tada y allí erigió el mayor edificio del mun- do, después del Pentágono, cuyos pisos superiores estaban destinados a ser ocu- pados por él mismo, y trazó la especta- cular avenida Uniri, donde vivirían todos los altos cargos afectos al régimen. Hoy, la Casa del Pueblo alberga casi todos los ministerios y departamentos gubernamen- tales y Uniri se ha convertido en la aveni- da más elegante de Bucarest. Junto a ese monumento al ego que eri- giera Ceaucescu, Bucarest atesora nu- merosos edificios históricos, culturales y religiosos. Destaca por su belleza el Ate- neo Romano, un elegante edificio neoclá- sico donde puede escucharse a la Or- questa Filarmónica George Enescu.

Nadie debe perderse la visita al Museo de las Al- deas, una reproducción en escenarios na- turales de todas las casas típicas de las diversas regiones y épocas. Allí se encuen- tran logradas muestras de las famosas iglesias de madera, típicas del norte de Transilvania. La catedral ortodoxa y el Pa- triarcado constituyen un apreciable con- junto arquitectónico en un país que ha vuelto rápidamente a sus raíces cristianas. Pero lo más destacable de esta apa- cible ciudad es la enorme vitalidad que la lleva a transformase y recrearse constan- temente, tal como atestiguan las impor- tantes obras de remodelación de Curtea Veche, el antiguo barrio judío que fue abandonado después de la segunda gue- rra mundial y ocupado por gitanos y cla- ses bajas. La espléndida recuperación de ese barrio antiguo, de casas bajas, que aún conserva los restos del palacio voivo- dal de Vlad Tepes y un caravasar de la edad media en perfecto estado, está lo- grando que en sus estrechas calles pea- tonales se instalen numerosos bares y co- mercios de última moda.

 

TEXTOFRANCISCO LÓPEZ-SEIVANE