SÍMBOLO DEL ALMA RUSA, el Volga es el protagonista de numerosas canciones y poemas. Musa de artistas y banda sonora de un país marcado por el oro de los zares y el telón de acero. Máximo Gorki (1868-1936) –autor de La Madre– pudo comprender la hermosura de este mar caudaloso, a veces triste y sonoro, a veces alegre y contundente, navegando a bordo de un viejo vapor mientras deambulaba sus sueños de escritor río arriba, río abajo. Paisajes, pequeños pueblos cerca de los márgenes del río, iglesias y naturaleza desfilan ante los ojos de los pasajeros que deciden conocer Rusia desde otro punto de vista: embarcándose en un crucero por el río más largo de Europa. El Volga nace a unos 400 kilómetros de Moscú, en la meseta de Valdai, y finaliza su sinuoso viaje en Astracán. Desde arriba, la silueta del río es como un gran árbol, un árbol genealógico que conecta regiones y aldeas que albergan la esencia de Rusia. Es por ello que se le llama La Madre Volga. Muchos de los afluentes y canales que conectan con el río son navegables, por lo que hoy se puede hacer un recorrido desde Moscú a San Petersburgo sin bajarse del barco. El viajero inquieto, que huye del turismo masivo, agradecerá desembarcar en lugares como Uglich, Yaroslav, Goritsy, Kizhi o Mandroga. Una matrioska de matices, de historias, de leyendas, de emociones, descansan en sus márgenes. Un viaje en barco tiene todas las ventajas de un hotel, pero goza de la tranquilidad de una cómoda tumbona contemplando el paisaje, el amanecer y el atardecer en todo su esplendor, las entradas espectaculares a las grandes ciudades de Moscú y San Petersburgo, gozar del lento transcurrir del tiempo y de las facilidades de un viaje perfectamente organizado.

LLENA DE LEYENDAS

Rusia está llena de leyendas donde la belleza y la crueldad se dan la mano. Un ejemplo: detrás de los capiteles de caramelo de los que parece estar hecha la catedral de San Basilio se esconde una leyenda aterradora. Dicen que Iván el Terrible, después de contemplar la belleza de la construcción, ordenó arrancarle los ojos al arquitecto que la construyó, para que asegurarse de que nunca haría algo tan bello. A lo largo del curso del río, se descubrirán sugerentes historias, muchas reales, que transportarán al viajero a un mundo fascinante. Iván el Terrible está presente en la mayoría de ellas. De hecho, es una figura clave de la historia de Rusia. En Uglich –primera parada obligatoria tras salir en barco desde Moscú– el Terrible estableció su base de operaciones en sus ataques a los tártaros. Esta es una de las ciudades más antiguas de Rusia, fundada en el siglo X. Hoy se puede recorrer a pie la fortaleza y la iglesia de San Dimitri Ensangrentado (del siglo XVI), construida para conmemorar el asesinato del hijo de Iván El Terrible. Otra de las ciudades bañadas por el Volga es Yaroslav. Fundada en 1010 por el príncipe de Kiev, Yaroslav el Sabio, quien se halagó a sí mismo poniendo su nombre a la ciudad. Hoy día, la ciudad ha crecido de tal manera hasta convertirse en un importante puerto sobre el Volga, con una población de más de 700.000 habitantes. Cuando los orgullosos comerciantes de Yaroslav se hicieron ricos con sus negocios –en los siglos XVI y XVII– rivalizaron entre ellos para construir iglesias más grandiosas que las de la capital, Moscú. Muestra de ello es la iglesia del profeta Elías, donde se pueden apreciar frescos pintados por uno de los iconógrafos más destacados del siglo XVII. Siguiendo con la ruta de los pueblecitos rurales, hay que hacer parada en Goritsy, uno de los centros de peregrinación más importantes de la religión ortodoxa de Rusia. La arquitectura de madera es muy típica en el curso del Volga y ha alcanzado gran desarrollo durante siglos. Hermosas iglesias de madera fueron trasladadas de lugar para ponerlas a salvo de las inundaciones causadas por el aprovechamiento energético del río. En Kizhi, atravesando el lago Onega, se puede visitar el museo de arquitectura de madera al aire libre, declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Antes de llegar a San Petersburgo también se puede hacer un alto en Mandroga, una aldea artesana con construcciones de madera y donde tienen lugar representaciones folclóricas. Los talleres de artesanía que proliferaron durante la Revolución para proveer al régimen de iconos y monumentos ideológicos, se han reconvertido hoy para fabricar objetos decorativos y turísticos, como las famosas muñecas rusas o vistosas composiciones en oro y colores vivos sobre una base negra. El crucero termina en San Petersburgo, antigua capital rusa, conocida como la Venecia del Norte por sus espectaculares canales: el museo del Hermitage, la catedral de Kazán, la iglesia de San Nicolás, la figura ecuestre de Pedro el Grande… y más visitas están incluidas en este calidoscópico viaje. Una panorámica de bosques, catedrales de cuento y una historia intrigante. Una oportunidad para ver el país con otros ojos, para disfrutar del tiempo que transcurre entre ciudades y pueblos y dejarse llevar por el río y el halo de romanticismo que envuelve a La Madre Volga.