JUNTO AL LECHO del río Aragón, en plena montaña y entre dos valles del término municipal de Canfranc, se construyó una casona a finales del siglo XIX para albergar a los carabineros de la cercana aduana francesa. Aquel edificio es hoy el Hotel Santa Cristina, cuyo nombre proviene del antiguo monasterio de Santa Cristina de Somport (de la primera mitad del siglo XI), cuyas ruinas se encuentran a cuatro kilómetros, en Candanchú, y que llegó a ser uno de los tres hospitales albergues de peregrinos más importantes de la cristiandad que atendía a los caminantes que iban a Santiago de Compostela. De hecho, el camino serpentea junto al hotel. Además de esta ruta, los aficionados al senderismo también pueden hacer un tramo del GR 11 –el sendero de gran recorrido que atraviesa todo el Pirineo–, conocer los lagos del deshielo o perderse por el parque nacional de los Pirineos. Este espacio formidable y singular ha sido puesto al día por Fernando Iranzo, un joven empresario que ha trabajado con dos objetivos: reinventar el Hotel Santa Cristina y convertirlo en un destino deseable para un cliente urbano y profesional, nostálgico de la naturaleza y de las sensaciones auténticas y, en segundo lugar, hacer del hotel un referente en la zona de Aragón como lugar para albergar seminarios, jornadas y encuentros profesionales. A tal efecto se han habilitado cuatro salas, en las cuales es posible instalar todos los medios audiovisuales y tecnológicos necesarios para satisfacer cualquier exigencia corporativa. Las instalaciones interiores del Santa Cristina también han sido absolutamente renovadas. El arquitecto Ignacio Arzubialde y el artista plástico Vicente García Plana han sabido equilibrar calidad y autenticidad en su proyecto. Además de sus 56 habitaciones, el hotel ofrece nuevas zonas fitness y spa, piscina climatizada, así como conexión wi-fi en zonas de planta noble y cuatro salones acondicionados para reuniones empresariales. El restaurante del hotel, El Boj, es otro atractivo en sí mismo. Convertido ya en un referente gastronómico de la zona, ofrece una carta abierta en la que no faltan los platos típicos de la cocina pirenaica. Aunque, para percibir el sabor más auténtico, lo mejor es perderse en pequeñas excursiones por los pueblecitos cercanos, para degustar la cocina de sus fondas, austera y sabrosa, acercarse a Francia y sus rutas del queso, catar los vinos autóctonos, los Somontano y Cariñena aragoneses, y el Jurançon francés.