MONTE DO GOZO. Satisfacción, alegría, deleite. Todo porque, después de unas cuantas jornadas rozando los límites físicos, el promontorio ofrece la ansiada imagen de Santiago de Compostela. Pierde consistencia el peso de la mochila, el escozor de las llagas en los pies, la sed y el terrible cansancio. Solo un par de kilómetros separan al peregrino de su destino, de su reto personal. Ilusión en las caras frente a la victoria final. Durante el último descenso uno toma conciencia de que el mismo desgaste muscular es el del propio camino, ruta milenaria que desde el siglo IX transformó este paraje del finis terrae en punto de encuentro de la fe y el pensamiento del mundo occidental. Santiago de Compostela, capital administrativa, social y comercial de la comunidad autónoma de Galicia, es una aparición de piedra anidada entre los verdes bosques del noroeste español y las cercanas rías gallegas. Comenzó por ser lugar de paso junto a una vía romana, pero el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago la convirtió en ciudad santa, y el destino hacia el que toda Europa se echó a andar, en espera de la gracia de la absolución plenaria. Allí emergió una catedral románica a la que el transcurrir de los siglos quiso añadir la sobriedad del renacimiento y la majestuosidad del barroco, que terminó por trazar la imagen monumental de la urbe, hecha del granito de sus monasterios, los hospitales de peregrinos, las numerosas iglesias, las casas señoriales y unas plazas (como la plaza do Quintana, la plaza Praterias o la do Obradoiro) en las que el tiempo se quedó adormecido.

EL LEGADO
La tradición continúa viva y la espiritualidad del continente sigue mirando hacia Compostela, como demostraron los últimos años santos de 1993 y 1999, y como probarán sin duda las citas jubilares de 2010 y 2021. La ciudad guarda para los visitantes sus tesoros, que se exhiben en trece museos, y la sorprendente riqueza de su arquitectura contemporánea, firmada por Eisenman, Hejduk o Siza, alrededor de la cual se extiende la más importante dotación de parques y jardines de toda Galicia. En este escenario brotan con fuerza las manifestaciones culturales, desde las fiestas populares hasta los festivales anuales de música, cine y teatro, exposiciones permanentes e itinerantes, de la mano de una iniciativa pública y privada liderada por la cinco veces centenaria Universidad de Santiago, cuyas aulas añaden 30.000 estudiantes a una población estable de cerca de 100.000 compostelanos. Durante todo el año, además, se suman a ellos varios millones de visitantes. Los que llegan exhaustos por devoción; los que acuden llamados por el prodigio monumental o los que eligen Compostela como lugar para sus eventos profesionales: todos acaban integrándose en la celebración permanente que es la vida en la ciudad, especialmente durante las Fiestas del Apóstol, que se celebran cada año durante la segunda quincena de julio, y que han sido declaradas de interés turístico internacional. Para su bienestar despliega Santiago una red de alojamientos que supera las 10.700 plazas –3.500 de ellas en hoteles–, además de 5.000 plazas disponibles en infraestructuras específicas para reuniones y congresos, y una oferta gastronómica capaz de satisfacer todos los paladares y todos los bolsillos. No en vano, es desde hace más de mil años una tierra de acogida universal, un punto de llegada y encuentro nacido para el ejercicio cotidiano de la hospitalidad.