NO HAY CONSTANCIA

de que nin- guno de los dos vampiros vinculados a Rumanía haya puesto un pie en Sibiu, flamante Capital Europea de la Cultura 2007, que se muestra orgullosa de la reciente incorporación del país a la UE. Ni el temible Vlad Tepes, más conocido como el empalador o como Vlad Draculea, ni el truculento vampiro fruto de la imaginación de Bram Stoker –que jamás pisó tierras rumanas–, dejaron huella en esta ciudad medie- val, un día capital de Transilvania. Sin embargo, solo son necesarias unas pocas horas de estancia en Sibiu para que aparezcan en la conversación.

 Es cierto que a pocos kilómetros está la preciosa ciudad de Sighisoara, un antiguo burgo sajón como Sibiu, patrimonio de la humanidad, antigua parada obligada del Orient Express y, sobre todo, supuesto lugar de nacimiento en 1431 de Vlad el empalador. Y también es cierto que no muy lejos está Bistrita, cuyo casi único mérito es ser el lugar donde Bram Stoker sitúa por primera vez al conde Drácula dando la bienvenida a Jonathan Harker, protagonista de la novela. Si Sighisoara fue la ciudad natal del Drácula real, Bistrita lo es del conde imaginario. Penetrar en Sibiu, puerta de entrada a Transilvania, es zambullirse en la edad media, con sus casas de fachadas en colores pastel, las banderolas de hierro que anuncian comercios y artesanos, las escaleras que comunican la parte alta y la baja, las pequeñas placitas, los patios interiores… Y los tejados, que te miran. Buhardillas con unas extrañas venta- nas en forma de ojo humano, con su párpado, sus pestañas y una mirada que persigue al visitante a cualquier parte. La observación se hace inquisi- dora en la plaza Mayor, donde abun- dan estos tejados, el lugar obligado de reunión de los jóvenes de Sibiu.

HISTORIA Penetrar en la ciudad es zambullirse en la edad media

 A partir de ella, se puede continuar la ruta alrededor de la plaza, siguiendo el an- tiguo trazado de la muralla, parte de la cual todavía se conserva. Vale la pena penetrar en algunos de sus muchos patios, donde con frecuencia se des- cubre un mundo decadente, auténti- co, cautivador. Otro de los rincones más pintores- cos de Sibiu es el denominado pasa- je de las Escaleras, del siglo XII, que conduce a la catedral en la parte baja de la ciudad.

 Distintos tramos de es- caleras, barandillas de hierro forjado llenas de flores y arcos y fachadas de tonos pastel desvaídos, que dan a las casas un aire nostálgico y romántico, configuran un escenario mágico. Representativa para la ciudad es la Torre del Consejo, construida en los siglos XIII y XIV. Fue destruida por el te- rremoto de 1568 y reconstruida en 1588, aunque la forma actual es de 1826. Desde su parte superior, se apre- cia una perspectiva de la ciudad que vale la pena no perderse. Junto a ella, se alza una iglesia evangélica. Construida sobre los restos de una basílica romana, está dedicada a la Virgen María. Y en su interior existe un maravilloso fresco de la crucifixión, que constituye la mayor pintura mural de toda Transilvania, pintado en el año 445 por Johannes de Rosenau. Además de esta, la ciudad está plagada de otras muchas iglesias, también católicas y or- todoxas, que muestran parte del carác- ter tolerante de Sibiu. Ese que vigila celosa desde los tejados.

ANTIGUA COLECCIÓN DE ARTE

Aunque la mejor actividad en la ciudad es pasear por sus calles y plazas o disfrutar de una cerveza rumana en una de las terrazas o en sus bode- gas centenarias, hay que encon- trar tiempo para visitar el Museo Bruckenthal, un monumento ar- quitectónico de estilo barroco. El barón Samuel von Brukenthal, que fue go- bernador de Transilvania hacia 1777, ordenó la construcción del palacio en 1787. Aficionado al arte, coleccionó pinturas de artistas flamen- cos, holandeses, alemanes y franceses, libros ilustrados, con un patrimonio de aproximada- mente 300.000 volúmenes, entre ellos casi 400 incunables, y otras obras de arte.