FUNDADA POR una curiosa mezcla formada por condenados y soldados británicos a finales del siglo XVIII, Sídney ha experimentado una transformación vertiginosa que la ha llevado a convertirse en una ciudad cosmopolita y vibrante, en el motor económico de Australia y en un destino turístico de gran importancia, aunque sean las mismas antípodas, no existan vuelos directos desde España y todo funcione al revés que aquí, tal y como explicaba Javier Bardem en Los lunes al sol (“Allí tienes curro, aquí no…”, entre otras frases míticas). Así, la colonia penitenciaria fundacional se convirtió en un pueblo típicamente inglés –con sus casas victorianas y su Hyde Park– que poco a poco fue creciendo y evolucionando. El resultado fue una ciudad moderna, bañada por el sol, abocada a sus playas y con un skyline reconocible, gracias sobre todo a los modernos rascacielos del Central Business District (en la foto) y al Opera House, edificio construido en 1973 por el danés Jorn Utzon. La versión oficial afirma que se trata de una construcción basada en una estructura orgánica en forma de velas de barco con azulejos blancos. Otra explicación más subterránea apunta a que el arquitecto se inspiró en unos gajos de naranja mientras estaba desayunado. En cualquier caso, es una de las visitas obligadas, ya sea a pie o en algunos de los numerosos cruceros que atraviesan la bahía y que también ofrecen una vista única del Harbour Bridge, un puente con un solo arco de 500 metros que conecta las orillas norte y sur, que tiene el honor de ser otro de los símbolos de la ciudad y de recibir el apelativo cariñoso de El perchero por parte de los sydneysiders o ciudadanos de Sídney. En el 2000, los Juegos Olímpicos difundieron por todo el mundo la imagen de la piscina descubierta construida al abrigo de este inmenso puente. Es muy recomendable atravesarlo a pie o en bicicleta y desde allí contemplar el espectáculo de las embarcaciones a vela surcando la bahía. PRIMER ASENTAMIENTO Al otro lado del Harbour Bridge se levanta The Rocks, el primer asentamiento de la ciudad, que gracias a sucesivas construcciones conserva los antiguos edificios de los auténticos fundadores del continente. Algunas, incluso, tienen todavía las ventanas pintadas sobre las paredes, reflejo singular de una época marcada por la escasez de cristales. Estatuas y placas conmemorativas conviven ahora con nuevos centros comerciales construidos aprovechando la estructura de viejas fábricas en un ambiente puramente turístico, algo que queda patente en los precios de sus bares y restaurantes. Muy cerca de este punto queda Circular Quay, otra de las zonas más conocidas de Sídney, punto de salida de los transbordadores y espacio abigarrado donde se juntan músicos callejeros y vendedores ambulantes. En toda ciudad existen puntos habituales para los turistas, los que salen en las guías y los que se deben visitar casi por obligación. Luego está el resto de zonas, que explican cómo es realmente la forma de vida de sus ciudadanos. Algo que solo se puede conocer caminando y caminando, a veces prescindiendo de los mapas y confundiéndose con los lugareños. Una vez completado el circuito habitual de los escenarios principales de Sídney, quedan sus barrios. Como el imprescindible Chinatown, similar al de Nueva York, que transporta en décimas de segundo al visitante hacia la que podría ser una de las calles de Pekín, a juzgar por sus casas, comercios, restaurantes y vecinos. A unos tres kilómetros del centro se encuentra Paddington, lleno de casas de estilo victoriano renovadas para convertirse en testigos de la renovación del barrio, con un aire cosmopolita y siempre a la última, plagado de tiendas cool y de bares de moda, sobre todo a partir del eje de Oxford Street. La vida nocturna también tiene espacial relieve en Kings Cross, una zona anteriormente utilizada por los ciudadanos más adinerados para const r u i r sus villas, que con el crecimiento de la ciudad se convirtió en un espacio conquistado por jóvenes y bohemios deseosos de crear de día y divertirse de noche. La encrucijada formada por Glebe, Forest Lodge y Broadway es otra de las zonas donde el ambiente está impregnado de un espíritu joven, que se nota por la elevada presencia de estudiantes y artistas que se cuentan en su población y en el gran número de tiendas, librerías, restaurantes y galerías que se levantan en sus calles. MEZCLA DE ORÍGENES La mayoría de estos barrios nacieron como territorio destinado para la clase obrera. La evolución económica comenzaba a dejar desiertos estos espacios –como pasa en tantas otras ciudades–, que fueron ocupados por los más jóvenes gracias a sus precios económicos y sus posibilidades. Es el caso también de Surry Hills. Otras zonas, como Redfern, Waterloo y Cleveland Street, fueron tomadas por los inmigrantes o la población aborigen. De hecho, Sídney destaca por la mezcla de orígenes y culturas presente entre sus más de cuatro millones de habitantes. Capítulo especial merecen las playas, sobre todo las de Bondi y Manly. La primera es la más frecuentada por los ciudadanos de Sídney, gracias a que se encuentra a apenas 20 minutos en transporte público. No obstante, a veces bañarse es bastante difícil, ya que hordas de surfistas ocupan todo el espacio en busca de su gran ola. Algo similar pasa en Manly, una península situada en la parte noreste del puerto que alberga 18 playas, calas y ensenadas. Como en toda la costa, algunas disponen de una infraestructura turística explotada casi al límite y otras están casi desiertas. Ventajas de una gran isla. De esta manera, tanto en el litoral como en el centro de la ciudad, cada uno puede construirse Sídney a su medida. Tiempo habrá para moverse por sus alrededores y descubrir el continente australiano en todo su esplendor. Pero ahora toca perderse en una ciudad que responde eficazmente a quien quiera marcarse un circuito turístico básico de un par de días, pero que también ofrece más de una cara para quien quiera tomarse en serio lo de convertirse en un sydneysider de pro.