POCOS VIAJEROS se atreven con Siria. Limítrofe, entre otros, con Irak, el Líbano e Israel, país con el que aún mantiene una contienda alrededor de los Altos del Golán, tanto los informativos como el Ministerio de Exteriores desaconsejan visitarla. Por eso, al pasear por las concurridas calles de su capital, al perderse por sus laberínticos mercados o al tratar de esquivar el tráfico de taxis y minibuses que se acumula en las calles en un concierto de bocinas y gritos, el visitante –occidental, turista– tendrá la impresión, al mirar a su alrededor, que está solo. No deja de sorprender que en un lugar como Damasco, cuyo solo nombre evoca misterio y exotismo a partes iguales, haya tan pocos turistas. Que en Aleppo, con uno de los zocos más hermosos de todo Oriente Medio y una ciudadela que es una joya de la arquitectura militar medieval, la inmensa mayoría de los visitantes procedan de otros países árabes. O que Palmira, el oasis de palmeras, parada obligada de las caravanas que recorrían la ruta de la seda, cuyas ruinas aún permiten adivinar el esplendor del que gozó el imperio de la reina Zenobia, no haya alcanzado la fama internacional de su vecina jordana Petra. Envelada como muchas de sus mujeres, Siria esconde su carácter y belleza legendarios detrás de una basta capa de polución y edificios prefabricados. Y solo aquellos –los menos– que ven más allá del velo pueden admirar su verdadero rostro.

LA VIEJA DAMA
Amante de los múltiples imperios que pasaron por sus tierras dejando su semilla de templos, palacios y fortalezas, la vieja Damasco es también madre de todas las comunidades que habitan dentro de sus muros, ya sean árabes, judíos, cristianos, kurdos o armenios. Símbolo de esta convivencia ancestral de culturas y religiones es la mezquita de los Omeyas, obra cumbre de la arquitectura islámica, construida en el siglo VIII sobre un templo dedicado a Júpiter. Muy cerca de la tumba de Saladino, el enemigo de los cruzados, descansa el sepulcro de san Juan Bautista. Adentrarse en la Ciudad Vieja es abandonarse en los maternales brazos de la vieja dama y dejarse seducir por ella. Aunque este abandono comporta ciertos riesgos que una agencia de viajes nunca aprobaría, como saciar la sed con zumos y batidos de fruta en puestos callejeros, vagar por las estrechas calles de noche o acabar durmiendo sobre uno de los colchones que los hoteles, por un precio muy reducido, ponen a disposición de los viajeros en sus azoteas.

RIVALIDAD HISTÓRICA
Como una segunda esposa, Aleppo se disputa con Damasco el honor de ser la ciudad más antigua siempre habitada del mundo. Llamada la Blanca por el color nacarado de sus edificios, el aroma de flor de azahar de su famoso jabón se mezcla a lo largo de los siete kilómetros de zocos abovedados con el picante de las especias que forman la base de la gastronomía de la región. Alejada de las bulliciosas urbes, en medio del desierto, se yergue Palmira. Aunque los restos de su mítico esplendor yacen semienterrados por la arena, vale la pena visitar este enclave histórico, aunque solo sea para pasear por la avenida de las columnas que aún se mantienen en pie, orgullosas, y admirar la valentía de Zenobia, la reina guerrera que se atrevió a retar a los romanos en una lucha suicida que acabó con su imperio.